- Como jugador tiene tres: fue campeón en 1972 con los Lakers y llegó a la definición con los angelinos en 1973 y con los Suns en 1976.
- Como asistente, a una: con los Lakers logró el anillo en 1980, siendo Paul Westhead el DT.
- Como head coach suma otras nueve: se coronó en 1982, 1985, 1987 y 1988 con los Lakers, además de ser finalista en 1983 (cayó con Philadelphia), 1984 (Boston) y 1989 (Pistons). Con los Knicks también llegó a la definición, en 1994 (cayó con los Rockets). Como DT del Heat fue campeón en 2006.
- Como directivo en Miami suma seis: ganó los anillos en 2012 y 2013, además de sus llegadas a la definición en 2011, 2014, 2020 y 2023.
¿Cómo lo hizo? Para empezar a entenderlo hay que arrancar con su época de jugador, donde siempre se ganó la vida como un obrero que entendió exactamente lo que los equipos necesitaban de él. Primero, en la Universidad de Kentucky (fue subcampeón de la NCAA en 1966) y luego, durante nueve años, en la NBA, incluso siendo parte de uno de los mejores equipos de la historia, los Lakers campeones en 1972, ganadores de 81 de los 96 partidos con Gail Goodrich, Jerry West y Wilt Chamberbain. Riley siempre supo su rol: un suplente que entraba a defender y hacer cada pequeña cosa que requería el equipo para ganar. Promedió muy discretos 15 minutos y 7.4 puntos en los 528 partidos que disputó entre 1967 y 1976.
Retirado en 1976, a los 31 años, seguiría con una convicción que llevaba marcada a fuego desde su época con pantalones cortos: ser entrenador. Así fue que en 1979 se sumaría como asistente principal de Paul Westhead en los Lakers. Nada menos que en la temporada que llegaría Magic Johnson y los angelinos serían campeones…
A comienzos de la 81-82 reemplazaría al cesanteado Westhead y siendo rookie llevaría a los Lakers a otro anillo, éxito que repetiría en 1985, 1987 y 1988. Fue el arquitecto de una forma de juego que revolucionaría la NBA: el Showtime, aquel estilo rápido y lujoso que comandaba un base de 2m06 (Magic) que rompía con todo lo establecido y generaba una atracción especial. Un juego seductor que, sumaba con la gran rivalidad con los Celtics de Larry Bird, ayudaría a salvar a la NBA, a sacarla de una crisis de popularidad que había amenazado durante los años 70 y 80. Sin embargo, cuando vino al país, Riley llamó la atención de todos cuando desestimó su valor en aquel equipo. “Yo me formé como entrenador en los Knicks, porque a los Lakers los podían dirigir cualquiera de ustedes. Ese equipo, con Magic, Kareem (Abdul-Jabbar) y James Worthy, lo tenía todo y era muy sencillo ganar”, opinó para sorpresa de los periodistas que una tardecita estuvimos con él en una habitación del hotel de Buenos Aires.
Lo que seguramente Riley quería decir que, como entrenador, había hecho un mejor trabajo en NY, aunque no haya sido campeón. O, al menos, que aquellos Knicks habían reflejado mejor su forma de ser y dirigir. En la 90/91, los neoyorquinos habían tenido un récord perdedor (39-43) y, con la llegada de Riley, no sólo ganaron 12 partidos más (51-31) sino que se convirtieron en la gran amenaza del Este a partir de una dureza física y mental que impuso Riley. Pat entendió la época. Los Chicos Malos de Detroit habían instaurado una rebelión contracultural, una revolución en el juego y ese ejemplo le sirvió a Pat para sentar las bases de su éxito en Nueva York.
Como había pasado con los Pistons, los Knicks tenían menos talento y recursos que los favoritos, en este caso los Bulls. Y la clave, entonces, era imponer una áspera estrategia defensiva, un juego de roce, que llevara al límite –física y mentalmente- a Chicago. Aquellos Knicks tuvieron ese adn, con guerreros –desde lo físico y lo mental- como Charles Oakley, Anthony Mason, Mark Jackson/Doc Rivers, John Starks, Gerald Wilkins/Xavier McDaniel y Greg Anthony. Así fue que, entre 1991 y 1995, Riley instauró formas diametralmente opuestas a aquellas de los Lakers, ganando un promedio de 56 partidos y siempre siendo animador en playoffs. NY cayó en la final del Este de 1993 (tras estar 2-0) ante los Bulls y, cuando Jordan se retiró, llegó a la final NBA que perdió en un recordado Juego 7 ante Houston. Pero sin olvidarse que estuvo a un tiro de ganar el anillo: la recordada tapa de Hakeem Olajuwon a John Starks en la agonía del Juego 6 no lo permitió…
En 1995 sintió que su etapa estaba cumplida en NY y presentó la renuncia. Quería tener mayor injerencia en las decisiones gerenciales y el dueño no pensó lo mismo, extendiéndole el contrato al presidente David Checkettts, con quien Pat no coincidía en nada. Así se armó una novela que incluyó al Heat –interesado en Pat- y al mismísimo el comisionado David Stern, quien tuvo que mediar para que el Padrino pudiera salir de NY. Miami, para evitar una sanción y lograr su objetivo, debió pagar -como resarcimiento- un millón de dólares y un pick de draft que, como casi siempre, los neoyorquinos malgastaron... Riley se fue, abriendo la etapa de la peor gestión deportiva de una franquicia en el deporte en USA –Knicks- e inaugurando una de las más exitosas y coherentes que se recuerden, en Miami. Para eso, el dueño Mickey Arison le dio todo. Y más, incluido el 10% de las acciones de la franquicia y un porcentaje ampliable al 20%, si se quedaba más de diez años.
Riley encontró en el Heat todo lo que necesitaba para un acto fundacional. Una franquicia que tenía apenas siete temporadas de vida y estaba queriendo ser más que un partenaire –nunca había clasificado a playoffs y en solo una había logrado récord positivo-, que estaba dispuesta a entregarle las riendas de todo, del equipo y de las decisiones en las oficinas. Así fue que, con decisiones en todos los ámbitros, Riley empezó a sentar las bases de su reinado.
Dentro de la cancha, supo que debía aplicar la misma receta deportiva que en los Knicks –juego lento, físico y con gran predominio de la defensa- y afuera ir más allá en su fórmula de exigencia y disciplina, ya que en una franquicia en ciernes, sin la presión popular y mediática que existía en la Gran Manzana, era mucho más realizable. En Miami estaba todo dado para sembrar, para construir a su imagen y semejanza, a partir del poder que le habían otorgado. Y así lo hizo. Lo primero que hizo fue obligar a que el Heat mejorara sus instalaciones de entrenamiento y la logística de sus viajes. Pidió avión privado y hasta que el equipo se alojara en lujos hoteles. Quería todo lo mejor, como tenían los mejores equipos, a los que pensaba ganarles. No quería que los jugadores tuvieran excusas cuando él les exigiera lo máximo, como tenía pensado.
A Pat, claro, no le tembló el pulso en las oficinas y, en apenas dos meses, metió dos canjes que potenciarían mucho al equipo. En noviembre, mandó a Glen Rice, la estrella del Heat (22.3 puntos), hacia Charlotte por Alonzo Mourning, dejando claro que otra vez, como en los Knicks con Ewing, iba a construir alrededor de un centro dominante. Y, en febrero del 96, dio a Kevin Willis y Bimbo Coles por Chris Gatling y Tim Hardaway, un base supertalentoso, ofensivo, que aún era una estrella a los 29 años. Tim y Zoo se convertirían en las nuevas figuras de Miami y en los dos primeros jugadores en la historia de la franquicia en ser elegidos para un All Star.
A ellos los potenció con una identidad fuera de la cancha y con un sistema adentro bajado en la disciplina táctica, la dureza física, la intensidad y una competitividad extrema. Lo que mamó en el secundario Linton y ratificó en Kentucky, lo que entendió cuando dirigió a la sombra de estrellas míticas y que pudo aplicar en su estancia en Nueva York. Así fue que, en 1997, logró el tercer premio de Mejor Coach, cuando saltó a la friolera de 61 triunfos, cuando había tomado al Heat con apena 32… “El éxito de Miami se baja en gran medida en Hardaway”, admitió en aquella charla en Buenos Aires. La derrota ante los Bulls, en la final del Este, no opacó una gran temporada, pero le dejó claro a Riley que le faltaba talento para competir contra el mejor equipo de la historia.
Las dos tempranas eliminaciones en primera ronda de playoffs, nada menos que ante los Knicks, fueron golpes demasiados duros, sobre todo la del 99, cuando Miami era el #1 del Este y fue sacado por el #8, en un Juego 5 en casa y tras estar arriba 2-0 en la serie. El equipo, con una identidad muy marcada, siguió teniendo mucho éxito en fase regular pero, a la vez, se mantuvo el karma en playoffs. Los fantasmas volvieron a ser los neoyorquinos, en la semi del Este (4-3) del 2000, y el golpe de nocaut llegó en el 2001, con un 0-3 ante Charlotte en la rueda inicial. En 2002 y 2003 el equipo no llegó a la postemporada y Riley, tras una horrible temporada de 25-57, renunció al cargo, manteniendo su puesto en la gerencia. Fueron los años oscuros de El Padrino. Algo estaba fallando, tal vez demasiado sistema y poco talento. Por eso Pat decidió concentrarse en las oficinas, en buenas decisiones para que Miami volviera a tener más recursos individuales y la proyección como equipo que había perdido…
Y ahí fue cuando el Jefe acertó un pleno. En el draft del 2003 eligió a Dwyane Wade, el que tal vez sea hoy el jugador más importante en la historia de la franquicia. Esa selección sería el comienzo de una segunda etapa, la estrella para reconstruir su alrededor. Otros dos fichajes fueron decisivos para que sentar las bases colectivas, de filosofía de juego y social. El primero fue de un ignoto Udonis Haslem, un limitado ala pivote que venía de Francia pero, de a poco, en base a entendimiento de su rol y de sus limitaciones, resultaría la bandera de los obreros y de la cultura Riley. Hoy sigue en el equipo, tras 20 años.
Sacar de la galera a un jugador no elegido en el draft, lo que con el tiempo se convertiría en una especialidad de la casa. El otro resultó la contratación de Stan van Gundy, un DT a su estilo: duro, exigente, muy enfocado en la defensa y con un gusto por el juego lento y paciente. Pero Pat, fiel a su estructura mental, sabía que algo le faltaba: un pivote dominante, como siempre había tenido en sus equipos. Así fue que en julio del 2004 mandó buena parte de lo que tenía (Lamar Odom, su goleador, Brian Grant, Caron Butler y dos picks de draft) a los Lakers para quedarse con Shaquille O’Neal, aprovechando que el centro estaba peleado con Kobe.
Shaq, a los 32 años, ya no era el mejor de la NBA pero sí lo suficientemente determinante (23 puntos y 10.4 rebotes) como para potenciar a Wade. La derrota en el Juego 7 de la final del Este sólo demoró el desenlace un año más. Para la 05/06, Riley entendió que tenía rodear a Wade -una auténtica estrella- con veteranos y así fue que Shaq, Mourning, Gary Payton, Antoine Walker y Jason Williams resultaron muy valiosos para que DWade se consagrara como MVP (34.7 puntos, 7.8 rebotes y 3.8 asistencias) en la victoria ante Dallas en la final. Antes, claro, Pat le había hecho caso a una corazonada: que debía tomar el timón del barco. Así fue que despidió a Van Gundy y volvió a dirigir, sin dejar la gerencia. La movida le salió perfecta, una vez más.
Riley siguió dos temporadas más al frente del equipo, sin poder sostener el éxito pero dejando listo el cargo para un joven talentoso (38 años) que venía ascendiendo y sorprendía a El Padrino con su talento y carácter: Erik Spoelstra, quien arrancó en el puesto más bajo del staff -coordinador de video- y hoy, tras 15 años, ya es uno de los cinco mejores coaches de la historia.
Con él, Miami se mantuvo compitiendo con una identidad diseñada desde la gerencia aunque, es cierto, sin poder llegar lejos. Riley sabía que necesitaba más talento y así fue, que en el 2010, pergueñó un plan que cambiaría la NBA y la historia –y que le valdría ser elegido el Mejor Ejecutivo del Año-… En un hecho sin precedentes, que pocos vieron venir, Pat sedujo a LeBron y lo convenció que dejara su ciudad, su equipo, el que había prometido llevar a la gloria por primera vez en la historia, para sumarse a su proyecto… Era el 8 de julio cuando James le anunció al mundo, en un programa especial de TV que se llamó La Decisión, que firmaría con Miami y formaría un Big 3 que marcaría una tendencia en los años venideros. El Rey junto a Wade y Chris Bosh. Nada menos.
Parecía un robo. Pero, claro, el camino no fue de rosas desde el comienzo. A las estrellas les costó encontrar la química de equipo y, en especial, la relación con Spoelstra. Un video de LeBron chocando al DT se hizo viral luego de una derrota ante Dallas, el 27 de noviembre del 2010, y los reportes sobre las dudas de los jugadores se hizo público. Riley, entonces, decidió tomar las riendas y citó a las tres figuras a su oficina.
-LeBron: No la estamos sintiendo bien… ¿A vos no te pica el bichito?
-Riley: ¿De qué?
-LeBron: De volver a dirigir.
Estaba claro. James quería a Riley en el banco. Por Spoelstra. Pero el Padrino no tenía dudas: no se dejaría presionar ni siquiera por el jugador más poderoso de la NBA. Y menos si estaba convencido del camino.
-No, no me pica el bichito.
LeBron no hizo más preguntas, “ni yo le ofrecí más respuestas”, admitió Riley en el libro Soul of Basketball del periodista Ian Thomsen. El Padrino sabía que su sombra era muy grande, más sobre un joven coach con pocos pergaminos y sin experiencia con figuras de este calibre. Pat tenía claro que no debía dejar dudas sobre el camino que había tomado. Así fue que, de forma pública y privada, bancó cada temporal. “Me habrían despedido varias veces si estuviera en otro equipo. Pero aquí me dieron una oportunidad para crecer, para aprender”, admitiría Spo algunos años después.
Riley ni siquiera dudó cuando aquella primera temporada del Big 3 terminó de la peor manera: con una dolorosa derrota en la final ante unos Mavs que tenían una sola superestrella real (Dirk Nowitzki). Una figura había podido contra tres. Un señal, un aprendizaje que el Heat necesitaba capitalizar. Las críticas arreciaron (“Nowitzki y Dallas les dieron una lección de cómo se juega en equipo”, fue la que más se escuchó) y aquella experiencia marcaría al Big 3. Un baño de humildad que les serviría para aprender. Y para preparar la revancha.
A partir de ese dolor, fue impactante ver cómo las estrellas cedieron protagonismo para formar un equipo granítico que se consagraría en 2012. Es verdad que, al año siguiente, Miami estuvo a un segundo, a un tiro, de perder otra final -contra los Spurs-, pero no fue casualidad que ahí estuviera Ray Allen, otro veterano que entendía su rol… Bombazo, suplementario, triunfo en el Juego 6 y un definitorio partido que amaría la fiesta en South Beach.
Aquel equipo, con la filosofía de Riley y la capacidad estratégica de Spo, fue además precursor en el estilo porque apostó a alineaciones más chicas, gracias a la polifuncionalidad de sus jugadores, y a una defensa con el sello de El Padrino. Pero, además, se impuso la mentalidad Riley, la ambición de ir por todo. Ese Miami era una máquina demoledora, como lo sufrió nuestro Manu en las Finales 2013, las peores que jugó en su carrera. La venganza texana, en 2014, supuso el punto final de aquella experiencia que duró menos de lo esperado. Las raíces le tiraron a James y el 11 de julio del 2014, el Rey volvió a shockear al mundo cuando anunció el regreso a Cleveland para cumplir con aquella promesa y sacarse esa espina de ganar un título en su casa. Cuatro años después, todo era al revés: en Ohio se festejaba el regreso de su hijo pródigo y en la Florida sufrían la partida del hombre que les había devuelto la gloria.
Riley quedó devastado y admitió que no se la vio venir. “Sentí una tremenda rabia que me duró varios días. Sentí como todo mi plan se destruía… Estábamos hablando de un equipo que podía lograr cinco o seis anillos en diez años y, de repente, vi esa ilusión volar por la ventana. Pero bueno, con el tiempo, entendí la decisión de LeBron, de su vida... Fue lo mejor que pudo hacer. Sabía que nunca más podría volver a su tierra si no regresaba para intentar ganar ese esquivo título nacional”, reflexionó. La decisión del Rey enojó a Riley y no le fue fácil superarla. Incluso admitió haber estado dos años para dirigirse a su ex estrella. Fue horas antes de que James ganara el anillo en 2016, con los Cavs, cuando le mandó un mensaje de texto.
-Gana este juego y sé libre por siempre.
LeBron, molesto por algunas palabras de Riley, nunca le contestó y Pat, cuando quisieron acercarlo al Rey, lo evitó. Por eso esta final que comenzará el miércoles tendrá un plus, una rivalidad silenciosa, oculta, entre dos de los protagonistas más poderosos de las últimas décadas.
El Padrino es alguien de la vieja escuela, duro, áspero, casi sin sentimientos, que no se queda mirando hacia atrás sino que está planeando lo que viene. Alguien que, además, no vive en el pasado ni en el futuro. “Yo vivo en el presente Voy a seguir adelante, no voy a parar”, dijo cuando le consultaron. Y así que, en vez de seguir el camino de otras franquicias, que apostaron por reconstrucción totales, soportando malas campañas y nutriendo su equipo con pick altos de draft, Riley eligió el camino del reciclado para siempre ser competitivo y esperar la chance de dar esos golpes de timón que le diera un candidato al título. Y así lo hizo en Miami, desde el día que James anunció su sorprendente decisión.
Claro, no le fue fácil, pese a que Wade y Bosh se quedaron. Pero, de a poco, con su ojo clínico para captar talento, con su personalidad para convencer y con una cultura de trabajo instaurada, lo fue logrando. Cuando todo parecía encaminado para volver a ser candidato en el Este, dos obstáculos se sucedieron en 2016 para detener el crecimiento: la discusión con Wade sobre su nuevo contrato empujó a la histórica estrella hacia Chicago y una repentina enfermedad descubierta a Bosh lo dejó sin la otra figura –retirado-.
Parecía la debacle, pero de alguna forma Riley se recicló, una vez más, y encontró piezas que sostuvieron el barco a flote: encarriló al polémico Dion Waiters, sacó de la galera al pivote Hassan Whiteside y sumó a un rookie rendidor como Tyler Johnson. Pero, está claro, el sistema, el adn y la cultura eran la base de todo. Todo fluía a partir de esa consistencia en las decisiones, de los lineamientos y la disciplina que imponía Riley desde la cima de la franquicia.
Las piezas que faltaban las empezó a apilar como ladrillos de una pared. En el draft 2017 eligieron a Bam Adebayo (pick 14), un pivote versátil, capaz de hacer de todo, con un estilo de juego ideal para estos tiempos, quien todavía hoy es el gran ladero de Butler. En febrero del 2018, Riley hizo las paces con Wade y lo recuperó, en un canje con los Bulls. Luego sumó a Derrick Jones y sorprendió con dos pibes que pocos tenían en carpeta y hoy son muy valiosos, como Duncan Robinson y Kendrick Nunn. La frutilla del postre en esta película que podría llamarse “viendo lo que otros no ven” llegó con la selección de Tyler Herro en el draft 2019 (pick 13), otro producto de Kentucky, su alma mater. Y si faltaba algo, con el objetivo de rodear bien a estos pibes con potencial, fue sumar veteranos que conocen su rol, como un siempre codiciado Andre Iguodala, ese veterano-talismán que estaba en el sillón de su casa y terminó sumándose para llegar a la final en 2020.
Pero, claro, nada hubiese sido posible sin una nueva estrella y Riley, tras fracasar en las llegadas de otros agentes libres top como Kevin Durant, logró lo que pocos creyeron posible: conseguir a Jimmy Butler, aquella figura que había brillado en Chicago pero luego no se había sentido cómodo en Minnesota ni Philadelphia, relegado a roles no tan protagónicos como él, su juego y su ego, deseaban. Sus acciones habían bajado y tal vez por eso Riley lo consiguió sosteniendo una idea que parecía improbable: no dar ni una pieza del núcleo joven que tanto lo esperanzaba.
Fue en una operación brillante, apuntala por una maestra ingeniería salarial que ideó el general manager Andy Ellisburg: incluyó cuatro equipos y le permitió, además de sumar a una estrella, sacarse de encima a algunos jugadores que habían empezado a dejar de tener tanto valor por distintos motivos, como pasó con Whiteside, un pivote que ya no era tan determinante por los cambios en el juego y que le costaba aceptar, por su ego, esta nueva realidad. Butler llegó feliz, por los 142 millones que le dieron pero, sobre todo, por sentirse importante, con nuevo embajador de la filosofía Riley, la misma que antes habían reflejado otras míticas estrellas como Hardaway, Mourning, Wade, LeBron y Bosh. Hoy, como Jimmy como el líder y otros obreros -siete no elegidos en el draft-, como Caleb Martin, Gabe Vincent, Max Strus y Duncan Robinson, entre otros. Misma operatoria, mismo resultado.
Miami sufrió en gran parte de la temporada. Terminó séptimo en el este con el porcentaje de triunfos más bajo (54%) para un finalista en 32 años. Para colmo, perdió el Play-in con Atlanta y recién cuando se aseguró el boleto ante los Bulls, entró a playoffs. Como el octavo y último de su conferencia. Nadie daba nada por ellos y en la casa de apuesta pagaban 150-1 su llegada a una hipotética final. Claro, en la fase regular había terminado último (30°) en puntos anotados, 27° en rebotes, 25° en pases gol, 25° en rating ofensivo y 21° en net rating. Pero, cuando arrancó la postemporada, fue otro, un equipo granítico, con oficio, muy peligroso. Así se cargó al mejor del Este (Milwaukee, el N° 1), después a los Knicks (N° 5) y en la definición al otro gran candidato, los Celtics (N° 2), nada menos que ganando el Juego 7 de visitante y tras perder los anteriores tres partidos. Otra prueba del carácter, la ambición, determinación y juego colectivo del equipo de los milagros.
Gran parte de la explicación está en la fórmula del éxito que instauró Riley. Porque los jugadores han cambiado, incluso los más importantes. Lo que se ha mantenido, sirviendo como base de cada éxito, ha sido el Padrino y su particular forma de perseguir el éxito. Un inquebrantable espíritu ganador que construyó durante estos 28 años, nada menos. Pat logró establecer un estándar de excelencia que hoy es reconocible en todo el deporte estadounidense, generando una marca a través de intangibles que luego, en la cancha, juegan tanto como el mejor jugador. No es casualidad que, en Miami, lo colectivo sea mucho más poderoso que lo que, supuestamente, indican la simple suma de las partes. Cada pieza, en este contexto, parece producir más de lo esperado y se busca hacer funcionar el talento, complementarlo, no sólo acumularlo...
En el juego, lo de Riley siempre fue contracultural. Sus equipos siempre han jugado más lento que casi todos, incluso cuando la moda hablaba de que el éxito sólo se conseguía con un ritmo vertiginoso, casi de correr y tirar. Miami no le escapa a las tendencias de usar más el tiro de tres puntos o las alineaciones chicas, pero nunca abusando de lo que considera un recurso. Riley es de la vieja escuela, un tipo capaz de aggiornarse, pero nunca perdiendo de vista la esencia del juego, el que mamó hace décadas y que, en definitiva, las cosas básicas no han cambiado tanto, pese a ser un deporte muy dinámico en sus modificaciones en el juego. Tal vez por eso casi siempre se espera menos de sus equipos, como que se los descuenta, que nadie cree que, cuando llega la hora de la verdad, los intangibles jugarán tanto como el talento.
Ha sido el mismo Riley quien ha resumido el gran motivo que está detrás de su éxito, el haber encontrado una forma coherente de hacer las cosas. “Desde que llegué a Miami hemos tenido al mismo dueño, al mismo presidente, sólo otros dos entrenadores y casi el mismo personal de apoyo, con muchos chicos trabajando con nosotros que antes jugaron para nosotros. Jugadores vienen y se van, grandes jugadores. Como LeBron, que vino y se fue. Pero nuestra cultura ha sido siempre la misma. Hemos tenido años altos y otros bajos, pero nunca hemos cambiado la forma de hacer las cosas. Y eso ha sido nuestra base”, reflexionó.
Para entender sus pensamientos y formas es necesario conocer algunas anécdotas y testimonios que Riley ha ido protagonizando con el tiempo. Las llaves para desnudar su exigente forma de trabajar. “Para dirigir un grupo de personas es fundamental la psicología. Yo he leído mucho al respecto y le he agregado mi experiencia. Tengo claro que no se puede ser amigo de los jugadores, aunque las muchas horas de trabajo y viajes te acerquen cada vez más. Eso hay que aprovecharlo para lograr confianza y afinidad, pero sin dejar de ocupar el lugar de la autoridad”, admitió cuando estuvo en nuestro país, dejando claro una forma de actuar que no muchas veces expresó en los medios de USA. En la Argentina, incluso, admitió ser difícil, áspero, en el trato con sus soldados. “Sí, incluso a veces insulto si lo creo necesario”, reconoció.
La extrema exigencia de Riley tiene mucho que ver con el profesionalismo y la capacidad física de sus jugadores. Y la aplica sobre cada jugador, dejando a las claras los standards de excelencia que existen en el Heat. Desde hace 25 años, el Padrino ha sentado las bases de un entrenamiento que está muy por encima al resto de la competencia. Físicamente, los jugadores deben estar afilados y sacar ventajas sobre el resto. Ahí comienza el éxito del sistema. Por eso el esfuerzo no se negocia. Dion Waiters y James Johnson admitieron que, cuando llegaron a Miami, creyeron que estaban “muy bien físicamente”. Eso pensaron. Y a las pocas semanas se dieron cuenta que no, que lo que pedía Riley era otra cosa. “A la segunda semana mi cuerpo estaba detonado y pensé que vomitaría en el cesto, como en las películas”, admitió Waiters.
Las pretemporadas del Heat ya son legendarias. Los jugadores pasan muchas más horas corriendo, saltando, haciendo ejercicios de fuerzas o pesas que en los otros equipos. Parece un servicio militar: carreras de velocidad empujando trineos, el trepar con sogas y voltear llantas son algunos de los ejercicios que han sorprendido a quienes llegan. “Cuando comenzó el campus de octubre noté diferencias. Otros equipos, generalmente, tienen veteranos y el ritmo se adapta a ellos. Acá no es así. Y no hay excusas. Todos tratan de hacerse un nombre y así todo se vuelve muy competitivo. Cada uno que iba al gym, por caso, no era para figurar sino para ser mejores”, comentó un jugador que prefirió mantenerse anónimo en la nota que armó Hoopshype.
Los jugadores, además de tener que llegar semanas antes del training camp, están obligados a someterse –por contrato- a sesiones de fotos para documentar cómo llegan al campus, cómo están a mitad de temporada y cómo la terminan. “Nunca me pasó algo así”, admitió Johnson. Todos los lunes los jugadores son pesados y se les mide su porcentaje de grasa corporal. Cada uno tiene objetivos específicos, pero el del equipo es que todos tengan menos del 10%. Quienes no lo logran, tienen multas. Por eso, años atrás, algunos tomaban laxantes para cumplir con los números que tenían como límites. Las multas son parte de la fórmula trazada por Riley. Las mismas que se aplican a aquellos jugadores que ponen poner las manos en las rodillas para tomar un respiro durante una práctica o un partido. El esfuerzo y el profesionalismo no se negocian.
En Miami, además, no hay beneficios especiales o privilegios para las estrellas. “Estás gordo”, le dijo Riley a Wade cuando la estrella llegó al campus con cuatro kilos de más, según aseguró el reporte del sitio Hoopshype. No fue el único. “Te vamos a poner en una forma de clase mundial. No en buena forma. No en gran forma. Forma de clase mundial. Danos una temporada y vas a ver”, le comentó el presidente al siempre díscolo Dion Waiters cuando se presentó en la franquicia. Así lo hicieron y el escolta, que le contó la anécdota a The Players Tribune, sorprendió a todos con su nivel en Miami. Y, como prueba, posteó en sus redes las dos fotos comparativas, cuando llegó al equipo y la siguiente, muy mejorado, tras el acondicionamiento físico que le había prometido Riley.
Todas estas situaciones explican por qué en lo físico siempre ha estado una clave de las campañas de Miami. Como se ve nuevamente ahora, en esta burbuja de Orlando… No sorprende que el PF, Bill Foran, sea del riñón de Riley y lleve 32 años en la organización, ahora flanqueado por su hijo Eric. El Heat es el equipo mejor preparado, más profesional y duro físicamente de la NBA. Claro, también es el menos egoísta, el más humilde. Y todo esto no es casualidad. Riley busca soldados así, profesionales al 100%, que no miran sus números sino el éxito del equipo, que tiene ambición, dureza mental y la suficiente caradurez y carácter para asumir riesgos y dejar sus egos en un rincón. Pat tiene un ojo clínico para detectar esas virtudes y, a la vez, es un maestro en mezclar talentos, en hacerlos funcionar. Hace 28 años, su fórmula establecida funciona. Y hoy, más que receta, es una cultura. La del Heat. O la del Padrino, simplemente.