Apenas sonó la chicharra y fue oficial que los Nuggets eran campeones por primera vez en 46 años de historia, el gran responsable de la conquista ni siquiera hizo una mueca de festejo. Lo primero que quiso fue saludar a todos y cada uno (hasta a su compatriota Jovic) de los rivales, en un signo de respeto extremo luego de cinco batallas. Luego, cuando todos sus compañeros saltaban y se abrazaban, lo agarró la periodista de campo de juego y cuando le preguntó lo que sentía por este primer anillo a los 28 años, el gran protagonista lanzó una de las frases menos impactantes de la historia…
Fue lo primero que se le ocurrió decir a Nikola Jokic, dejando claro que el básquet es básicamente su trabajo, que está esperando regresar a Sombor, Serbia, para disfrutar con su familia, con los suyos, de su establo y sus caballos.
Cuando llegó al vestuario, abrazó a cada uno de sus compañeros, tiró a Jamal Murray, su gran ladero, a la pileta y ya en la conferencia de prensa, demostró por qué además es un personaje, con un humor tan simple como divertido. Consultado sobre Djokovic, si el campeón de Roland Garros le había escrito para saludarlo, se fijó en su teléfono y su reacción cuando vio la cantidad de mensajes que tenía, fue épica, no pudiendo creer lo que le esperaba en las próximas horas...
Nada de eso le interesa. Y, en realidad, le interesa todo en su justa medida. Jokic es único en su especie, un personaje entrañable que sólo quiere disfrutar de las cosas simples de la vida, sabiendo que el éxito y el fracaso son efímeros, que lo otro es lo verdaderamente importante. Justamente lo que vimos que disfrutó después, con su esposa e hija.
Hablamos de una estrella contracultural en la cancha. Y también afuera. Lo demostró anoche nuevamente durante su pico de fama.
Y lo que vimos afuera, también lo vimos adentro. Los Nuggets, los merecidos campeones de la NBA, están hecho a imagen y semejanza de su gran figura. Como perfil de equipo y como características de juego. Jokic style. Internacional style. Sin estridencias, un juego colectivo con el pase como gran herramienta, con los fundamentos del juego como base de todo. Sin espectaculares volcadas ni tiros a la carrera, tampoco con un juego alocado. Jugando el juego como equipo, desde la esencia, como Jokic mamó en los Balcanes y como Murray entendió en Ontario. Un reflejo de una época de la NBA, donde buena parte de las máximas estrellas vienen de otros países.
No parecía un potencial equipo campeón hace tres años, cuando Facundo Campazzo llegó a Denver, luego de que los Nuggets fueran subcampeones del Oeste. Pero si había algo claro: tenían a dos jugadores distintos, como Jokic y Murray, sólo les faltaba terminar de encontrar a los jugadores de rol y la química definitiva para ir por todo. Así lo fueron haciendo en estas temporadas y cuando Murray volvió de su grave lesión, en esta temporada, el técnico Mike Malone supo que tenía todas las piezas como para aspirar a ir por todo.
Y aquella sensación se convirtió en realidad durante la noche del lunes. Sin brillar, sufriendo más lo pensado, teniendo que superar el caos que propone el Heat, los Nuggets ganaron el Juego 5 en casa y se consagraron campeones. En su primera final. No jugaron bien, pero se mantuvieron ahí de un Heat que luchó, llevó el partido al terreno que más le convenía, pero su limitación en el talento, sobre todo en ataque, hizo que nunca pudiera escaparse. Denver lo dio vuelta en el útimo cuarto, supo sufrir en el final y se impuso 94-89 para cerrar la serie por 4-1 en Colorado.
Y otra vez todo giró en torno a Jokic (sumó 28 puntos y 16 rebotes para ser el apabullante MVP de la final). Un equipo con propuesta de juego moderno aunque con interpretes con características del pasado. Nikola es el reflejo de esta tendencia. Y el gran responsable de la conquista. Impensada si volvemos nueve años atrás, cuando el Joker, como le dicen, dormía en Sombor mientras era elegido en el draft de la NBA. Su hermano mayor lo llamó para avisarle que los Nuggets, que ni siquiera habían llegado a playoffs en la temporada pasada, lo habían elegido bien atrás en la segunda ronda (#41), lo que hoy, viendo los resultados, lo convierten en el mayor robo de la historia del draft.
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Mike Malone, el armador de Denver.
Pero, claro, en aquel momento era algo así como una apuesta. El serbio se destacaba, sí, pero hacía apenas un año, desde su llegada al Mega Vizura de Belgrado (11.4 puntos y 6.4 rebotes) y tenía una historia distinta a las demás joyas europeas: de chico no le gustaba entrenar prefería estudiar, jugar a la Play, andar a caballo (sulky) o tomar gaseosa -admitió consumir tres litros por día-. Nadie pensaba que aquel “gordito talentoso”, como lo definió su padre, se transformaría en el mejor jugador del mundo.
Hoy lo es. Domina desde hace tres años, siendo dos veces MVP en 2021 y 2022 y pudo lograr el triplete si no sería por la polémica elección de Joel Embiid en esta temporada. En estos playoffs, igual, quedó claro que es el mejor y lo más impactante cómo domina. En una liga cada dia más vertical en su juego, en la que la capacidad atlética vale más, Jokic impone sus otros talentos. El jugar y, sobre todo, hacer jugar. El pensar. El sabe qué cosa hacer en cada jugada. Nikola piensa primero en pasar y luego en tirar. Si lo hace es porque no encontró una mejor opción. Por eso es contracultural. Y porque no tiene un físico privilegiado, atlético, fuerte.
No es un volcador, tampoco un tirador… En realidad, es todo. Desde sus 2m13 no hay nada que no puede hacer. De hecho, cada noche, si quiere, puede hacer 40 puntos -promedió 30 en playoffs-. Pero elige que el resto también anote. Le encanta pasar la pelota y lo hace como el mejor base, con lucidez y creatividad (9.7 asistencias en playoffs). Puede lanzar como un escolta, llegando a 46% de triples en esta postemporada. También defiende, cuando le da la energía, como este lunes, cuando cubrió su zona, metió manotazos, sumó rebotes (13.5 en postemporada) y tapones. Estamos en presencia de una superestrella contracultural.
A su lado tiene el complemente perfecto, los Nuggets se ocuparon de eso. El mejor es Jamal Murray, un base explosivo, atlético, talentoso, caradura, que tiene muchos recursos para anotar. Demasiados. Otro que tuvo una crianza compleja, con un padre superexigente que, desde los 7 años, lo sometió a extremas sesiones de entrenamientos, en nieve, hielo… Le hacía tirar con los ojos vendados y el entrenamiento no terminaba hasta que no metiera 30 libres seguidos, sin importar la hora o el frío en Ontario. Pudo quemarlo, salió un crack que necesitó solo una temporada en la NCAA para saltar a la NBA y convertirse en el Robin del Joker. O de Batman. En estos playoffs promedió 26.5 puntos, 47 % de campo, 40% triples, 7 asistencias y 5.8 rebotes.
Ellos engranan el motor ofensivo pero no han estado solos. A Aaron Gordon lo despojaron de dos torneos de volcadas en 2016 y 2020, cuando era un gran enterrador de balones, pero hoy es mucho más y en esta final se vio lo determinante que es haciendo un poco de todo, un comodín en ambos costados del campo. Michael Porter Jr, otro portento físico, es el otro wing versátil, sobre todo por su capacidad anotadora. Luego Mike Malone y la dirigencia encontró jugadores de rol que buscó incansablemente para rodear a Murray y Jokic. En su momento, por caso, intentó con nuestro Campazzo, un chance que arrancó bien y terminó mal. No fue el único que se terminó yendo… Ese lugar lo ocupa un jugador que va más de la mano con lo que se necesita hoy: un polifuncional, el rookie Christian Braun. Bruce Brown y Caldwell Pope son los escoltas anotadores y versátiles, de buena defensa, que siempre son requeridos. Así está armado Denver.
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Cuando llegó a Denver el serbio se destacaba, pero era algo así como una apuesta.
No es un equipo que quedará en la historia. Por ahora. Pero ha sido el mejor de la temporada. En la fase regular, que terminó primero en el Oeste, algo que repitió en playoffs, ganando la primera serie por 4-1 a Minnesota, la otra 4-2 a los Suns, la final del Oeste por 4-0 a los Lakers de LeBron y por última esta serie al bravo Heat de Miami (4-1), un conjunto sin tanto talento individual pero con defensa, funcionamiento colectivo e intangibles (oficio, personalidad, conocimiento de los roles, una estrella guerrera como Butler, una cultura de trabajo arraigada hace décadas) que lo convirtieron en la gran sorpresa de los playoffs, siendo el segundo equipo clasificado N° 8 que llega a una definición de la NBA.
Llegó el momento de los Nuggets. Trras 46 años. Y de Jokic. A los 28. El triunfo de la construcción paciente. De una estrella distinta. Del pase como elemento esencial del juego. Y de un equipo moderno con interpretes que nos recuerdan a un juego de otra época.
Gracias Jokic, gracias por el básquet.