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Una cultura con pocos likes

Frente al avance de los recortes y el discurso oficial que busca reducir el Estado a su mínima expresión, un análisis profundo sobre el rol fundamental de la gestión cultural para combatir la desigualdad. Por qué la cultura no es un lujo exclusivo de las artes, sino la herramienta más eficaz para reconstruir el tejido social de los sectores más vulnerados.

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  • Latinoamérica es una de las regiones más desiguales y violentas del planeta. En Argentina una de cada tres personas es pobre y entre los menores uno de cada dos. Se supone que las políticas públicas, en su totalidad, deberían orientarse a mejorar estos índices por encima de cualquier otra meta.

    Una vieja definición de Cultura remitía a todo lo que hace el hombre. De esa etiqueta ultra abarcativa el Estado, con muy pocas excepciones, reduce el alcance de las gestiones del área de Cultura a las bellas artes o a las artes escénicas. Los desencuentros para el diseño de un proyecto de gestión cultural desde el Estado suelen tener algunos orígenes comunes.

    El primero es la distorsión de los alcances de la dimensión cultural. En el imaginario colectivo la palabra Cultura se asocia al arte y poco más. Este reduccionismo también alcanza a los jefes políticos de muchas jurisdicciones que tal vez suman a esa mirada otra destreza de Cultura: hacer más simpáticos los actos públicos.

    Hace ya muchos años, más precisamente en 1982 a través de la Declaración de México, la UNESCO se vio obligada a corregir esta distorsión, afirmando: que la cultura , en su sentido más amplio, puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias.

    En esa misma declaración se enfatiza que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.

    Ser pobre

    Ser pobre no es sólo no poder satisfacer las necesidades físicas y psicológicas básicas de una persona. Implica demás el secuestro de sus derechos a la educación, al desarrollo individual y a un proyecto de vida familiar tal como lo concebimos. La pobreza fragmenta y destruye familias.

    l Estado tiene el imperativo moral de contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de su población. Ese objetivo es consustancial a su naturaleza y razón de ser de su existencia.

    El papel de Cultura

    Si nos preguntáramos si Cultura es uno de los derechos primordiales a los que nos referimos deberíamos referirnos que no lo es.

    Primero la gente debe satisfacer sus necesidades básicas para la subsistencia física como alimentarse, tener salud, un techo. Pero hay que saber una cosa…es por la Cultura que tales derechos se instalan en una sociedad.

    Hablamos de nuestra sociedad violenta. En las encuestas una de las preocupaciones que aparece en primer grado es la inseguridad. Pero ¿cuál es el antónimo de inseguridad? Pues no es seguridad. El antónimo de inseguridad es convivencia. Y la convivencia no es un producto de la naturaleza. No lo cosechamos en el campo ni la pescamos en el mar. La convivencia es una ecuación pura y netamente cultural.

    Hay ejemplos sobrados que dan cuenta de la potencialidad de la gestión cultural desde Estado para reducir la violencia y propender a una sociedad más armónica.

    Acaso el más conocido sea el de Medellín en Colombia. En 1991 Medellín fue calificada como la ciudad más violenta e insegura del mundo al alcanzar los 381 homicidios por cada cien mil habitantes, esta tasa ha ido descendiendo y en en la actualidad es de 13 homicidios, la mitad de la cifra que exhibe Colombia entera.

    ¿Cómo lo hicieron?

    Para hacerlo echaron mano a herramientas culturales como mecanismo de equidad e inclusión social…y en barrios en los que no entraba la policía construyeron maravillosos centros culturales que fueron incorporando a la población vulnerada. El caso más conocido es el del barrio Moravia, que era una basural de muchas hectáreas habitado por 40 mil personas.

    Allí se construyó un centro cultural a un costo de varios millones de dólares aportados íntegramente por una fundación privada.

    Para cumplir con lo que se proponían sextuplicaron el presupuesto destinado a Cultura. Nosotros en cambio hemos ido bajándolo a medida que la crisis social se hizo más aguda. Y en los últimos tiempos directamente cerrando museos, centros culturales tales como el Instituto del Teatro o el achicamiento del Fondo Nacional de las Artes.

    Hay muchos más ejemplos. Podríamos evocar acá la genialidad del maestro José Antonio Abreu entrando con un cello a una villa de emergencia de Caracas. Fue ese el embrión del maravilloso programa de orquestas escuela que constituyen un antes y un después en la vida de los niños y jóvenes que ingresan a él en más de 70 países alrededor del mundo.

    ¿Adónde llegaríamos?

    ¿Resolveremos con programas de cultura la pobreza estructural de nuestro país? No. Pero habremos contribuido al diseño de una nueva realidad y a construir ciudadanía, defender los derechos humanos, favorecer el camino de la paz y procurar herramientas de movilidad social ascendente.

    Podrá decirse que es la mirada de un idealista, de un ingenuo. Me permito decir que no. He trabajado varios años con programas culturales en servicios penitenciarios, en institutos de menores donde están presos los menores en conflicto con la ley penal, en contextos de pobreza…

    Me consta lo que ha implicado en la vida de muchos de ellos haber integrado un programa de los que aquí les hablo. Niños y niñas sin familia, a la deriva, que de pronto se encuentran en una orquesta y acaso por primera vez reciben un halago constitutivo de su autoestima. He visto lo que ha implicado para jóvenes presos poder editar su primer libro. Son infinidad los ejemplos que no enumero para no cansar.

    ¿Podemos mirar para otro lado?

    Definitivamente la grieta no es la que suena en la vocinglería de la superficie cuando rivales políticos se insultan de una orilla a otra, sino que es social.

    La grieta es social no partidariarepetíamos no hace tanto. Hoy la mirada nos lleva a hacer foco en lo ideológico toda vez que desde el gobierno surgen iniciativas que desamparan a los ya vulnerados y fortalecen la concentración económica en pocas manos,

    Y como el mecanismo de la grieta es siempre definir al enemigo -y si no inventarlo- nos encontramos con que los que todavía no se han caído del sistema culpan a los vulnerados de ser un peligro…y los vulnerados señalan a las clases más acomodadas como los culpables de la situación que sufren.

    La segunda confusión

    Tal como mencioné al principio sobre el mal entendido en torno a la dimensión de lo cultural hay otra confusión que debe marcarse y tiene que ver con el destinatario final de la gestión cultural desde el Estado.

    Los actores de la cultura son una herramienta insustituible, irremplazable de la gestión cultural desde el Estado, pero no son sus destinatarios finales. La principal destinataria de la gestión cultural es la comunidad en su conjunto.

    Y he aquí la necesidad de que el funcionario que ocupa el área Cultural se convierta en la voz de los sin voz. Los actores de la cultura son personas que hacen oír sus demandas y militan su causa. Pero no ocurre así con quienes necesitarían ser asistidos por programas culturales. Es improbable que en un barrio periférico las madres de jóvenes preocupadas por las andanzas de sus hijos vayan a golpear la puerta del funcionario para que implemente un programa que los saque de la calle.

    Ahora que se intenta desde las altas esferas de gobierno instalar en la opinión pública la idea de que el Estado es basura y que consecuentemente hay que reducirlo a la mínima expresión, no dudamos en el carácter ideológico de aquello que separa las aguas.

    Lástima que para comprobar dónde está la razón debamos perder tanto.

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