Adriana Roffi y su historia llena de incógnitas por no tener un diagnóstico certero
Adriana Roffi creció en un entorno familiar complejo que influyó en su autoestima y en la forma en que interpretó sus dificultades de aprendizaje, especialmente las relacionadas con la lectura en voz alta.
Durante años creyó que sus errores al leer y expresarse eran señales de falta de inteligencia, lo que reforzó el aislamiento y la dificultad para comunicar lo que pensaba y sentía.
El teatro apareció en su adolescencia como un espacio de contención y libertad, donde pudo canalizar su creatividad, animarse a la exposición y encontrar una voz propia sin sentirse juzgada.
El diagnóstico de dislexia recibido a los “30 y pico” le permitió comprender su historia, aliviar culpas y transformar aquello que vivió como una limitación en una herramienta de crecimiento personal y creativo.
Leer en voz alta frente a sus compañeros era, para Adriana Roffi, una experiencia angustiante que se repetía año tras año en el aula. Las dificultades para seguir el ritmo, pronunciar palabras con fluidez y evitar equivocaciones la marcaron desde la infancia, sin que nadie lograra ponerle un nombre a lo que le ocurría. Durante mucho tiempo, esos problemas fueron interpretados como falta de concentración o nervios frente al grupo, y no como la señal de algo más profundo.
Con el paso del tiempo, esas limitaciones escolares se trasladaron a otros ámbitos de su vida. Estudios, trabajos y situaciones cotidianas quedaron atravesadas por una incomodidad persistente, que lo obligó a desarrollar estrategias para ocultar o compensar sus dificultades. Aun así, las respuestas nunca llegaban y la sensación de estar “fallando” permanecía intacta. Recién a los 30 años, un diagnóstico preciso permitió reordenar su historia personal.
Qué diagnóstico recibió la mujer que tenía problemas para leer en voz alta
Adriana Roffi
Desde muy pequeña, Adriana Roffi se caracterizó por ser introvertida, callada y retraída. Hablaba poco, pero compensaba ese silencio con una imaginación desbordante que la llevaba a pasar horas jugando sola y creando mundos propios.
Creció en un contexto familiar complejo, con un padre alcohólico que atravesaba episodios depresivos y una madre que hacía lo posible por sostener la dinámica del hogar con tres hijos. En ese escenario marcado por carencias afectivas, Adriana terminó convencida de que los problemas para aprender eran una falla personal.
Leer en voz alta era una experiencia angustiante. Aunque disfrutaba profundamente de la lectura en privado, hacerlo frente a otros la enfrentaba a errores constantes, tropiezos y correcciones que rebajaron su autoestima. Con el paso de los años, esas dificultades la llevaron a sentirse intelectualmente inferior y poco capaz de alcanzar lo que consideraba un desempeño “normal”. Durante su infancia, adolescencia y buena parte de su adultez, no solo no sabía cómo superar esos obstáculos, sino que ni siquiera imaginaba que existiera una explicación concreta para lo que le pasaba.
En la adolescencia, su madre intentó ayudarla a salir del encierro emocional incentivándola a tomar clases de teatro en la escuela de Agustín Alezzo. Ese espacio artístico se transformó en un punto de inflexión: allí encontró contención, escucha y un ámbito libre de juicios. Aunque la exposición le generaba vértigo, el teatro y la lectura se convirtieron en canales esenciales para expresar su creatividad y comenzar a construir su propia voz. Actuar le permitió vincularse con los demás desde un lugar auténtico, transformando el escenario en un refugio emocional.
Recién pasada la década de los treinta, y ya siendo madre, un control médico de rutina marcó un antes y un después. Al poner en palabras lo que había vivido desde niña, recibió finalmente el diagnóstico de dislexia, un trastorno específico del aprendizaje de base neurobiológica.
Ponerle nombre a esa condición ordenó su historia personal, alivió culpas acumuladas y le permitió mirarse con mayor comprensión. Comprender su dislexia no solo disipó viejos miedos, sino que le dio la posibilidad de resignificar sus dificultades y convertirlas en una fuente de fortaleza creativa.