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Quién venció a Hitler y la "necesidad" de las bombas atómicas: nuevos debates a 80 años del fin de la Segunda Guerra

Cuando se cumple un nuevo aniversario del final del enfrentamiento más brutal de la historia, los especialistas ponen en tensión cosas que dábamos por sentada: el rol del ejército soviético en el derrumbe del sueño imperial nazi y las polémicas declaraciones del historiador Anthony Beevor acerca de lo que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki.

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  • Nada menos que 80 años han pasado del día en que acabó oficial y definitivamente el enfrentamiento más brutal que ha protagonizado el género humano. El 2 de septiembre de 1945, después de experimentar en carne propia el efecto de dos bombas atómicas, Japón firmó su rendición incondicional ante los Aliados, poniendo punto final a la Segunda Guerra Mundial. La ceremonia tuvo lugar en la cubierta del acorazado estadounidense USS Missouri, anclado en la bahía de Tokio, una mañana en el que todo el planeta volvió a respirar.

    Aquel momento sellaba el fin del conflicto global más devastador de la historia. Un enfrentamiento que había comenzado seis años antes, en septiembre de 1939, con la invasión alemana de Polonia, y que se había extendido por Europa, África, Asia y los océanos Atlántico y Pacífico. Su saldo fue estremecedor: más de 60 millones de muertos, ciudades arrasadas, genocidios y desplazamientos masivos.

    En la memoria colectiva de gran parte de Occidente, el final de la guerra suele asociarse a imágenes muy concretas: el desembarco aliado en Normandía el 6 de junio de 1944, la liberación de París, las fuerzas estadounidenses avanzando hacia Berlín, o el izamiento de la bandera en Iwo Jima. Estas escenas, reforzadas durante décadas por el cine de Hollywood y por la narrativa de la Guerra Fría, han fijado una versión de los hechos en la que Estados Unidos aparece como el protagonista indiscutido de la victoria sobre el nazismo y el militarismo japonés.

    Pero esa imagen está lejos de reflejar toda la complejidad del conflicto. En los últimos años, el debate historiográfico ha crecido en torno a una pregunta incómoda: ¿fue realmente Estados Unidos el principal responsable de la derrota de Adolf Hitler o el peso mayor recayó en la Unión Soviética?

    El frente oriental: la guerra en su escala más brutal

    Cuando Alemania invadió la URSS en junio de 1941 con la Operación Barbarroja, se abrió el frente más vasto y sangriento de toda la guerra. El territorio soviético se convirtió en escenario de batallas colosales que marcaron el curso del conflicto. Ciudades como Leningrado resistieron asedios de más de dos años; Stalingrado fue escenario de combates cuerpo a cuerpo durante meses, y Kursk albergó la mayor batalla de tanques de la historia.

    La magnitud del enfrentamiento en el este fue descomunal. Según estimaciones de diversos historiadores, entre el 70 % y el 80 % de las bajas militares alemanas ocurrieron en combates contra el Ejército Rojo. Para 1943, la ofensiva soviética había logrado recuperar vastas áreas y empujar a la Wehrmacht hacia el oeste, debilitando decisivamente la capacidad militar nazi mucho antes del desembarco aliado en Normandía.

    En términos humanos, el costo para la URSS fue demencial: más de 20 millones de muertos entre civiles y militares, ciudades enteras destruidas y un territorio devastado. Por comparación, Estados Unidos sufrió alrededor de 400.000 bajas en toda la guerra, aunque su esfuerzo industrial y logístico fue clave para sostener a los Aliados en varios frentes, incluido el oriental.

    Hollywood, la Guerra Fría y la narrativa dominante

    Tras el fin del conflicto, Estados Unidos desarrolló una narrativa centrada en su papel como “libertador” de Europa y vencedor del fascismo. Excelentes películas y series como Salvar al soldado Ryan o Hermanos de sangre han reforzado la imagen de un frente occidental decisivo, con el Día D como punto de inflexión.

    Esta visión, obviamente comprensible desde la óptica cultural estadounidense, también respondió a un objetivo político: en plena Guerra Fría, minimizar el papel soviético en la victoria era funcional a la confrontación ideológica con Moscú. Así, en gran parte del mundo occidental, la memoria de la “Gran Guerra Patria” —como llaman los rusos a su lucha contra el nazismo— quedó relegada, cuando no distorsionada.

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    Soldados americanos sostienen una bandera nazi capturada en el frente occidental.

    El británico Anthony Beevor, unánimemente considerado como el gran historiador de la Segunda Guerra, deja ver en libros como “La caída de Berlín” y “Stalingrado” que, si bien el triunfo de los Aliados solo pudo ocurrir como una empresa colectiva, fue sin lugar a dudas en los territorios de la Unión Soviética donde se decidió la suerte de la Alemania nazi.

    Según detalla Beevor -al igual que muchos otros de sus colegas- el impulso arrollador de los sueños imperiales de Hitler duró hasta que los soviéticos se recuperaron del golpe inicial y comenzaron a dar forma a la contraofensiva. La brutalidad con la que los nazis habían invadido el este, provocó que la marea de revancha se convirtiera en una fuerza imparable. En “La caída de Berlín”, el historiador británico revela cómo los mandos militares estadounidenses y británicos no pudieron hacer otra cosa que ceder a los soviéticos el “privilegio” de conquistar la capital del Reich, algo que los generales alemanes querían evitar a toda costa.

    Allí se tomó otra de las grandes imágenes de la Segunda Guerra, una que poco vimos de este lado del mundo: la de un soldado del ejército rojo colgando la bandera con la hoz y el martillo en la cúpula del Reichstag de Berlín, sede del Parlamento alemán, tras la toma de la ciudad en la que Hitler acababa de suicidarse, al entender lo inevitable de su derrota.

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    La polémica Beevor: la “paradoja moral” de Hiroshima y Nagasaki

    En las últimas semanas, Anthony Beevor fue protagonista de una de las últimas polémicas sobre la Segunda Guerra y que tiene que ver con el sentido y las consecuencias de las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre territorio japonés.

    En el teatro del Pacífico, la guerra contra Japón se había intensificado tras la batalla de Okinawa, que dejó un saldo altísimo de víctimas civiles y militares. Sin embargo, el golpe final llegó en agosto de 1945, con dos hechos que se produjeron con apenas días de diferencia: el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y la declaración de guerra de la Unión Soviética a Japón.

    En este marco, las declaraciones recientes del historiador británico han reavivado un debate que es histórico y ético a la vez. Beevor sostiene que la decisión del presidente Harry S. Truman de usar armas nucleares no fue principalmente para forzar la rendición inmediata de Japón, sino para evitar la sangrienta invasión planificada bajo el nombre de Operation Downfall.

    El plan contemplaba dos fases: la toma de Kyushu y luego la de Honshu, la isla principal. Los combates en Okinawa habían sido una advertencia: casi una cuarta parte de la población civil pereció, y las bajas aliadas fueron altísimas. La interceptación de comunicaciones japonesas reveló que el Estado Mayor nipón preparaba una defensa desesperada, incluyendo 18 millones de civiles armados con lanzas de bambú, cargas explosivas improvisadas y tácticas suicidas.

    Los cálculos aliados eran tremendos: al menos 100.000 bajas propias en la primera etapa y hasta 250.000 en la segunda, sin contar millones de víctimas japonesas. A esto se sumaba el riesgo de que Japón empleara armas biológicas desarrolladas por la tristemente célebre Unidad 731 en Harbin, responsable de experimentos letales con prisioneros.

    Para Beevor, aquí reside la “gran paradoja moral”: las bombas atómicas, que mataron instantáneamente a decenas de miles, pudieron haber salvado un número mucho mayor de vidas —tanto japonesas como aliadas— al evitar una invasión anfibia más grande que el Día D.

    Sus palabras no han estado exentas de críticas. Algunos historiadores argumentan que Japón ya estaba debilitado y que la entrada soviética al frente asiático habría forzado la rendición sin necesidad de usar armas nucleares. Otros consideran que el fanatismo del alto mando japonés y su disposición a sacrificar millones de civiles justificaban la decisión.

    A 80 años de aquel 2 de septiembre, el aniversario no solo invita a recordar el fin de la guerra, sino también a reflexionar sobre cómo la historia se construye y se disputa. El papel de la URSS en la derrota de Hitler, la necesidad real del uso de las bombas atómicas, la importancia de la ofensiva soviética en Asia y la magnitud del esfuerzo colectivo de los Aliados son temas que siguen generando controversia ocho décadas más tarde.

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