Quién es H. H. Holmes, el primer asesino en serie de Estados Unidos: mató a 200 personas

Considerado como el primer asesino serial, era un estafador y un seductor que reconoció haber matado a 27 personas en el conocido como el Hotel de los Horrores.

Herman Webster Mudgett, mejor conocido como H. H. Holmes, es considerado uno de los primeros asesinos en serie de Estados Unidos. Su principal ámbito de actuación fue Chicago, donde asesinó a cientos de inocentes en el conocido como Hotel de los Horrores, donde llevó a cabo todo tipo de torturas.

Trampas, pasadizos secretos, cuartos insonorizados y habitaciones de castigo, estos actos sucedieron al mismo tiempo que Jack el Destripador realizó sus horribles crímenes en Reino Unido. Era un hombre seductor, de gran magnetismo y con un imponente poder de convencimiento.

Holmes nació en 1860 en Gilmanton, New Hampshire, y aunque era un alto y apuesto, con el tiempo se transformó en un perverso criminal. De chico sus familiares lo definían como problemático, solitario y que mostraba una excesiva crueldad con los animales y los niños pequeños.

H. H. Holmes

La historia del asesino y estafador H.H. Holmes

La infancia de Holmes estuvo marcada por los abusos que sufrió en la escuela. De más grande estudió medicina, y luego de graduarse en 1884, empezó a involucrarse en negocios turbios: robaba cadáveres de la universidad para experimentar con ellos y para defraudar a las compañías de seguros tras haberles cambiado la identidad.

Sus estafas eran de tal calibre que llegó vender una cura contra el alcoholismo o comercializar una máquina que convertía el agua en gas natural. Además, sedujo a mujeres ricas encantadas de poder "ayudarle".

Tras licenciarse en la Universidad de Michigan, Holmes abandonó a Clara Lovering, su primera víctima y con quien se casó y tuvo un hijo, e inició una relación con una joven y atractiva viuda propietaria de varios hoteles. En 1885, se trasladó a Chicago, donde siguió con sus métodos.

En esa época adoptó por primera vez el nombre por el que sería trágicamente conocido, Henry Howard Holmes. Luego de casarse con Myrta falsificó unas escrituras de propiedad y estafó 5.000 dólares a su recién estrenada esposa. En 1887, Holmes obtuvo la titularidad de una farmacia en Englewood convirtiéndose en amante y hombre de confianza de su dueña, una viuda rica. Un día, él se quedó con todo su dinero y ella simplemente "desapareció".

Su sueño era construir un gran hotel. En 1890 se iniciaron las obras del establecimiento, un edifico con aspecto medieval y que muchos dijeron que parecía una "fortaleza tenebrosa". Para su construcción, contrataba y despedía a empresas rápida y constantemente, y nunca llegó a pagarles. Fue inaugurado el 1 de mayo de 1893.

El edificio tenía tres plantas, más de 60 habitaciones, un sótano y 51 puertas. La planta baja estaba ocupada por negocios que le daban una apariencia de normalidad. Pero el sótano y los pisos superiores ya eran otra cosa. Aparte de colocar cientos de trampas, escaleras ciegas que no llevaban a ningún sitio, dormitorios secretos, cuartos sin ventanas, puertas correderas, laberintos y pasillos ocultos, Holmes había hecho instalar decenas de mirillas en las paredes, desde donde podía observar a escondidas el sufrimiento de sus prisioneros.

h.h. holmes

Para controlar todos sus movimientos, Holmes se valió de una instalación eléctrica ubicada bajo el parqué del suelo que detectaba todos y cada uno de los movimientos y sabía en todo momento donde se encontraban sus potenciales víctimas.

Así, sin saberlo, la vida de los clientes del hotel estaba enteramente en manos de un sádico y perverso asesino. Holmes podía acabar con sus vidas cuando quisiera. Con sólo abrir las espitas del gas podía asfixiar a los ocupantes de varias habitaciones a la vez.

Otras estancias tenían sopletes ocultos en las paredes tras unas planchas de hierro. Un montacargas y dos toboganes servían para trasladar los cadáveres a una bodega donde eran disueltos en ácido sulfúrico, reducidos a polvo en un incinerador o sumergidos en cubas llenas de cal viva.

Holmes también torturaba a sus víctimas antes de acabar con su vida. A veces las colgaba de los brazos y las bajaba lentamente hasta un pozo lleno de ácido o las encadenaba a una prensa rotatoria que poco a poco trituraba sus huesos, incluso practicaba autopsias sobre cuerpos vivos. Una de sus famosas habitaciones era la llamada "el calabozo".

Un hombre llamado Benjamin Pitezel, al que fichó como cómplice, debía contratar un seguro de vida con una compañía de Filadelfia. Más tarde, Holmes haría creer a la aseguradora que Pitezel había muerto y para ello mostraría un cadáver anónimo desfigurado por un accidente. Una vez realizado el engaño, la mujer de Pitezel cobraría la prima y la repartiría con Holmes.

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Pero Holmes lo quería todo para él, así que mató de verdad a su cómplice para hacerse con la totalidad de la indemnización. Semanas más tarde, Holmes también se deshizo de la esposa e hijos de Pitezel.

Cuando todo hacía suponer que el criminal se saldría con la suya, un antiguo compañero de celda llamado Marion Hedgepeth lo denunció a la policía por otro desfalco a una compañía de seguros. Holmes le debía 500 dólares de un antiguo trabajo y como sabía que nunca iba a cobrar, lo traicionó.

Cuando las autoridades empezaron a investigar se dieron cuenta de que Holmes no solamente había cambiado de identidad, sino que también había cometido infinidad de fraudes y asesinatos. Estos empezaron a salir a la luz cuando se descubrió el gran número de desaparecidos que hubo en Chicago mientras el Hotel de los Horrores estuvo en activo. Los investigadores se quedaron horrorizados al hallar cientos de restos humanos en su interior. La policía contabilizó un total de 200 muertos, mientras que Holmes sólo reconoció 27 durante los interrogatorios a los que fue sometido.

El juicio a Holmes duró seis días. No quiso ser defendido y se convirtió en su propio abogado. Pero su defensa no le sirvió de nada, y el 7 de mayo de 1896 fue condenado a morir en la horca.

Su muerte fue lenta y agónica tras estar colgando durante quince minutos de una soga. Para evitar la mutilación post mortem o que su cuerpo fuera robado, Holmes había pedido ser enterrado en un ataúd lleno de cemento.

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