La puesta en marcha del subte en Buenos Aires en 1913 no solo transformó la vida cotidiana de la ciudad, sino que también posicionó a la capital como pionera en toda Iberoamérica. Fue un acontecimiento que incluyó tanto innovación, planificación urbana, como una visión de futuro inusual para la región.
Pionero en Latinoamérica: cuándo fue la inauguración del subte en Argentina y por qué marcó una época
En su primer día transportó a miles de personas, marcando una nueva etapa en el crecimiento de la ciudad.
El primer tramo de la línea A comenzó a funcionar entre Plaza de Mayo y Plaza Once, y en su primer día operativo ya transportó a miles de personas, convirtiéndose en uno de los sistemas más modernos del mundo en ese momento. La magnitud de la obra, la tecnología implementada y el impacto social hicieron que este medio de transporte se destacara frente a otras grandes ciudades, incluso europeas.
Mucho más que un tren bajo tierra, el subte porteño marcó una nueva etapa en el crecimiento de la ciudad y dejó una huella indeleble en su desarrollo urbano y cultural.
Cómo fue el primer subte de Argentina y por qué fue clave para la época
La inauguración del primer subterráneo de Buenos Aires se realizó el 1° de diciembre de 1913, cuando seis vagones apodados “las brujas” comenzaron a circular entre Plaza de Mayo y Once. Esta obra monumental convirtió a la ciudad en la primera de Iberoamérica con un sistema de transporte subterráneo, adelantándose incluso a Madrid, cuya red se estrenó en 1919. En su segundo día en funcionamiento, el nuevo servicio ya movilizaba a 170.000 pasajeros, ubicando a Buenos Aires entre las 15 ciudades del mundo con este tipo de infraestructura.
El proyecto fue liderado por Giuseppe Pedriali, al frente de la Compañía de Tranvías Anglo-Argentina. Gracias a un acuerdo entre esta empresa y el Ferrocarril del Oeste, ambas de capital británico, se pudo avanzar con rapidez. Aprobado por el Congreso en 1909 mediante la Ley 6700 y respaldado por una ordenanza municipal, se inició una ambiciosa obra que utilizó el método de excavación a cielo abierto, con zanjas profundas que luego se cubrían. El primer pozo se cavó en 1911, con la presencia del presidente Roque Sáenz Peña. Más de 1.500 trabajadores participaron en la construcción, de los cuales seis murieron por un derrumbe.
En sus primeros tiempos, las formaciones contaban con seis coches y alcanzaban los 50 km/h. Tenían ventanillas amplias, cortinas y asientos para 40 personas. Estaban diseñados para operar como subte y también como tranvía en superficie: entre 1915 y 1926 algunos coches recorrían desde Primera Junta hasta Floresta, gracias a una rampa especial.
Las unidades originales, fabricadas en Bélgica por La Brugeoise, estuvieron activas por casi un siglo, hasta que fueron retiradas en enero de 2013 por razones de seguridad. Su estructura de madera, con chasis de acero y componentes alemanes, las convirtieron en íconos del transporte porteño. Algunas fueron replicadas localmente en el Taller Polvorín y se conservan como parte del patrimonio histórico.
Además de su impacto práctico, la llegada del subte reflejó una Buenos Aires en expansión, con una planificación urbana avanzada. Su desarrollo resolvía el problema de la saturación de tranvías en superficie y ofrecía una alternativa eficiente para una población que crecía a gran ritmo.
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