"No soy de aquí ni soy de allá": la voz olvidada de los hijos del exilio de la última dictadura

María, Carlos y Agustín: tres historias que reconstruyen la experiencia de los niños y niñas que crecieron en el exilio tras el golpe de 1976. Entre la pérdida, la adaptación y la construcción de identidades múltiples, los hijos del exilio narran cómo ese desplazamiento forzado marcó sus vidas más allá del tiempo y las fronteras.

A cinco décadas del inicio de la última dictadura militar, el exilio continúa siendo una de las heridas más profundas de ese período, sin dudas uno de los más oscuros de la historia argentina. Durante años, la narrativa pública se concentró en las experiencias de persecución, militancia y salida forzada del país de los adultos. Sin embargo, en paralelo, miles de niñas y niños crecieron atravesados por aquel desplazamiento que acabó marcando a fuego sus vidas.

Sus relatos permiten reconstruir una dimensión distinta: la del exilio como experiencia formativa, como territorio ambiguo entre la pertenencia y el desarraigo, pero también como espacio de construcción de nuevas identidades. Como tantas veces sucede con los más chicos, sus voces no han sido las más escuchadas en esta historia. Algo que, a medio siglo del golpe y con aquellas pibas y pibes peinando canas, vale la pena cambiar.

La identidad “argen-mex”

María Schujer tenía poco más de dos años cuando su familia fue empujada a salir de la Argentina rumbo a Suecia, primero, y a México después. Hoy, a los 50, esta editora de contenido pedagógico y vecina del porteñísimo barrio de Boedo, reconstruye aquel momento bisagra a partir de relatos familiares y algunos flashbacks propios. “Hasta donde sé, la decisión se dio cuando secuestraron a mi tía y a su marido, que siguen desaparecidos”, rememora. “Poco antes habían allanado nuestro departamento. Tenemos mucha gente cercana secuestrada y desaparecida, en la familia y prácticamente todos los compañeros de militancia de mis viejos. Aun cuando todo esto era evidente -las desapariciones, los allanamientos- muchas personas cercanas y queridas nos siguen preguntando hoy, con cierta desconfianza, por qué nos fuimos”.

Maria Schujer hijos del exilio
María Schujer, frente al icónico edificio de la Universidad Nacional Autónoma de México.

María Schujer, frente al icónico edificio de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El recorrido hacia el exilio fue complejo y fragmentado. “El proceso de salir del país incluyó un viaje por tierra hasta Misiones, de ahí a Brasil, documentos falsos y un toque de intuición cuasimilagrosa al elegir la fila para cruzar la frontera”, relata. Como en tantos otros casos, la familia se separó temporalmente: “Mi hermano y yo llegamos unos días después de la mano de mi abuela. No tengo idea cómo, sin celulares ni nada, nos encontramos en Río”. Tras seis meses en Brasil, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) les otorgó asilo en Suecia.

“Ahí sí tengo muchos recuerdos, todos lindos -señala María-, no tuve dificultades en aprender el sueco o para hacer amigos”. La infancia transcurrió entre la escuela, el aprendizaje del idioma y la vida comunitaria. La presencia de una colectividad latinoamericana organizada fue central. “En Suecia había una comunidad fuerte de exiliados argentinos, uruguayos y chilenos. La militancia escandinava era algo de todos los días y muy presente en mi casa. Esa organización ayudó a sacar de la cárcel a muchos presos políticos”, sostiene. “Durante los 5 años que vivimos en Suecia, nos mantuvimos comunicados por teléfono, muchas, muchas cartas y cassettes grabados y también vino mi abuela a visitarnos. Tengo muchos recuerdos de Suecia. La escuela, el barrio, la nieve. Mis viejos nos llevaban bastante a las protestas. También había reuniones tipo peña en las que se cantaba Mercedes Sosa ad nauseam”, bromea.

Tras cinco años en Suecia, la familia se trasladó a México, donde María configuró la que siente que es su principal identidad. “Es donde pasé casi 20 años, y fueron los más formativos en términos de identidad-argen-mex”, explica. A diferencia de otras familias, en su casa no predominaba la idea del retorno. “No era una casa especialmente cargada de componentes nostálgicos argentinos”, señala.

Su regreso a la Argentina estuvo atravesado por una decisión más azarosa que planificada. “Fue una decisión un poco fortuita porque la universidad en México estaba en huelga y no tenía mucho que hacer; vine de viaje y empecé a quedarme. Pero no niego que había algo acá que tenía ganas de conocer”.

Hoy, a 25 años del retorno, asegura que mucho de su personalidad y de su visión de las cosas tiene que ver con aquella experiencia. “Lo que creo que más comparto con otros argen-mex es haber aprendido a vivir extrañando y siendo una extraña, y que eso no represente un peso ni un hachazo ni una carencia”, afirma. “El exilio genera identidad, tiene muchas más respuestas que preguntas, te permite resignificar nociones aparentemente absolutas, como patria, familia, cultura… y yo creo que eso es positivo o al menos así lo vivo. Digo que es una identidad porque yo voy a ser argen-mex siempre, esté donde esté”.

Ni argentino ni español

La historia de Carlos Lerner tiene un montón de puntos en común a la de María, pero distintas geografías. También era prácticamente un bebé cuando se tuvo que ir del país y también las balas de la dictadura estaban picando muy cerca de su familia. “Cuando llegó el golpe, lo secuestraron y asesinaron a mi abuelo y casi enseguida lo secuestraron a mi viejo”, relata. Tras un período desaparecido, su papá fue liberado y expulsado del país. La familia se reunió en Italia y luego partieron juntos hacia Israel, donde estuvieron dos años, antes de desembarcar finalmente en España.

“Crecer en Madrid siendo argentino fue como natural para mí, no veía nada extraño ni particular en eso, como una marca de nacimiento que la tenés hasta que un día te enterás que no era algo normal”, explica. Sin embargo, el vínculo con Argentina persistía a través de pequeños gestos y objetos. “Las noticias llegaban por carta, por el boca a boca, ya que el teléfono, por supuesto, era carísimo. De repente aparecía un teléfono público “pinchado” y había una fila de exiliados que querían hablar con sus familias. Cuando llegaba una caja de alfajores o una lata de dulce de leche era como una gran fiesta patria”.

En la memoria de Carlos, los primeros años estuvieron marcados por la precariedad pero también por increíbles redes de solidaridad. “Todo el mundo andaba buscando trabajos, hacía changas y se pasaba datos sobre laburos”, señala. Su familia, como tantos otros exiliados latinoamericanos, tuvo durante un tiempo un puesto en El Rastro de Madrid. “Las familias se bancaban entre ellas y como que compartían nuestras crianzas. Hacíamos asados, guitarreadas y las fiestas se celebraban juntos. A medida que pasaron los años, todo eso se fue disolviendo. La gente se fue haciendo amigos de otros círculos, los chicos fuimos creciendo y todo aquello como que dejó de ser necesario y lentamente se convirtió en una vida como la de cualquiera, sin la excepcionalidad del exilio.”.

Tras la vuelta de la democracia, Carlos vivió una gran revelación en su primera visita a la Argentina. “Yo quería muchísimo conocer mi país, porque toda la vida me había considerado argentino. Pero fue llegar y decir: hostia, no soy argentino, pero para nada”, explica. “A los once años me cayó fuerte esa revelación: creía que era argentino, pero no lo era, y tampoco era español. Y ahí tomé conciencia de esta dualidad, de este no ser realmente de ninguno de los dos lugares. Y no me peleé con esa sensación, me parecía maravilloso tener código argentino y tener código español, ser parte de esas dos identidades. Y ahí empecé a tomar un poco más conciencia de lo que significaba realmente ser exiliado”.

De grande, Carlos vivió 12 años en la Argentina, muchos de ellos en una isla del Tigre, y hace un tiempo regresó a España, para que sus hijas estuvieran cerca de sus abuelos paternos. Allí, en su barrio, colabora activamente con Somos Acogida, una organización que trabaja con jóvenes migrantes en Madrid. “Son chicos mayoritariamente africanos, que vienen a Europa a buscarse la vida, que cruzaron un mar para venirse acá con la idea de mejorar y escapar de situaciones muy duras. Hacer esto es algo que le da mucha alegría y sentido a mi vida. Y creo que también tiene que ver con el exilio”, concluye.

Carlos Lerner hijos del exilio
Carlos, junto a dos inmigrantes en la sede la ONG Somos Acogida.

Carlos, junto a dos inmigrantes en la sede la ONG Somos Acogida.

“El verdadero exilio fue volver a la Argentina”

El recorrido de Agustín Vázquez Corbalán introduce otros elementos a esta trama, como el desgarro del retorno a un país que había sido idealizado desde el exilio pero que no necesariamente los estaba esperando con los brazos abiertos.

Agustín es actor y director teatral, vivió su infancia en México y retornó a la Argentina poco después del final del régimen militar. “Volvimos en el 84, yo estaba por cumplir 10 años. Y, desde entonces, siempre tuve la sensación de que el exilio nuestro fue volver acá. Al menos para mis hermanos y para mí”, afirma. “Durante años, mientras nos duró el acento mexicano, sufrimos mucho bullying y, en general, Buenos Aires nos resultaba un lugar muy hostil, comparado con nuestra vida en México. En ese momento, México era como mucho más liberal y relajado. Acá vinimos a una escuela primaria post dictadura donde nos hacían usar zapatos, camisa y corbata y llevar el pelo corto. Yo solía usar el pelo largo y jamás me había puesto un zapato en mi vida. Volver a acá fue medio volver a algo que te apretaba, algo que te que te oprimía”.

Agustín Vázquez Corbalán
El actor y director teatral Agustín Vázquez Corbalán, en La Paz, Bolivia, donde reside.

El actor y director teatral Agustín Vázquez Corbalán, en La Paz, Bolivia, donde reside.

Tras unos inicios duros en México (“Mi viejo iba a los supermercados con un camperón de cuero enorme a robar comida, hasta pollos se metía en los bolsillos”), la vida allí se fue convirtiendo en una confortable normalidad. “Los primeros años llegaba gente todo el tiempo y siempre había alguien parando en casa, había mucha solidaridad con los compañeros que se venían escapando de la dictadura. No pasó mucho hasta que mis viejos consiguieron buenos laburos, era una buena época de México y había muchas oportunidades y una gran sensación de bienestar”.

La identidad argentina también se sostuvo a través de la cultura. “En nuestra casa estaba presente lo argentino todo el tiempo: María Elena Walsh, Pipo Pescador, Les Luthiers, Mafalda, las historietas de Fontanarrosa… Teníamos muchos amigos argentinos, pero el exilio no era solamente de gente de militante. La gran mayoría, sí. Pero mucha gente se fue exiliada por el clima que había en la Argentina, porque no quisieron vivir esa mierda”, sostiene.

“Mi viejo siempre quedó muy añorando a la Argentina, con lo idea de volver apenas se pudiera, pero mi vieja no tanto, como que se adaptó más y creo que si es por ella nos hubiéramos quedado allá. Yo, de chico, no paraba de preguntar cuándo nos volveríamos a la Argentina, como que había creado todo un imaginario de un país que era el de ellos y que era el mío también, aunque no lo conociera”.

Aquella sensación de extrañamiento que sintió al volver se convirtió en una constante que lo acompaña hasta hoy. “Yo pienso que el que se fue al otro lugar y se inscribió en una en la nueva configuración cultural, lingüística, lo que quieras que sea, está va a quedar roto para toda la vida. Hay algo como que el jarrón se rompió. Mis hermanos, apenas pudieron, se fueron a vivir a fuera, unos con 19 años y el otro con 21, ahora vive uno en Francia y otro en Estados Unidos. Yo vivo ahora en Bolivia y antes estuve en Francia. Creo que nuestra pertenencia, de alguna manera, es ser extranjero, y eso debe venir del exilio”.

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