A la hora de escribir una novela, la autora "convive" diariamente con los personajes en su cabeza. "Después cuando toda esa gente que parece real, se empieza a convertir en palabras y en palabras que están bien o están mal, lo tenés que matar a uno, lo tiras, no sirve más", explicó.
En esa línea, intentó describir como es ese proceso que muchas veces la agobia y la interrumpe en todo momento, mientras realiza cualquier actividad, en su cabeza: "En Nuestra parte de noche me acuerdo que yo quería la tercera parte de la novela quería que el personaje fuese contado por diarios, cartas, una cosa bien victoriana, pero ella no hablaba. Las cartas eran horribles, los fragmentos de diario eran todos iguales, todo aburrido, hasta que yo también sentía la presión de ella, como: 'Dejame hablar'. Un día dije 'dale', empecé a escribir en primera persona y salió entero en dos días".
Mariana Enríquez y su fascinación por los fantasmas
En diálogo con Diego Iglesias, la autora explicó que desde chica tuvo una curiosidad por los fantasmas pero en realidad sobre la idea después de la muerte: "Si hay fantasmas quiere decir que hay algo después de la muerte, es casi un alivio del agnosticismo", señaló.
Durante su explicación, la idea metafórica de los fantasmas, es lo que más le llama la atención ya que siempre están padeciendo el mismo trauma. "Pero en realidad si vos lo pensás, vuelve porque no se alivia nunca, no es que nadie se lo pudo solucionar previamente", afirmó, la idea del trauma personal o social, es un aspecto que se puede explorar e interiorizar dependiendo del contexto y la cultura que lo rodea.
Sin embargo, de pequeña su abuela fue la figura que la inició en el mundo del miedo y del terror, ya que le contaba historias de santos paganos, historias macabras y fantasmas.
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En ese sentido, contó que lo que más recuerda era el efecto que le provocaba ya que "volvía muerta de miedo y no podía dormir".
"A mí me gustaba vivir en ese mundo cómplice donde alguien me asustaba y lo pasaba bien y mal", recordó pero también señaló que el escritor estadounidense Stephen King fue y es otro de sus maestros a lo largo de su vida.
Frente a ello, Enríquez aseguró que de King copia sus mecanismos "que no quiere decir que le copie el estilo, la operación es la misma, que es la operación del género a partir del 70. Lo importante es poder determinar cuáles son aquellos miedos que movilizan a las personas en el contexto donde viven".
No es lo mismo escribir para Argentina y Latinoamérica, que lo que normalmente se escribe en el terror anglosajón. "Tenés que adaptarlo en más de un sentido, entonces yo lo que hice fue esta operación que hizo este tipo de agarrar miedos sociales y llevarlos al terror, yo tengo que hacer lo mismo con los miedos sociales nuestros", precisó la escritora.
En cuanto a la muerte, detalló que le impresiona más la muerte sobre ella que sobre los más cercanos y reflexionó: "No me gusta la muerte mía para nada, los rituales de muerte me parece que cuanto más habitados son, cuanta más relación con los muertos, es más sano. Por eso me gustan los cementerios".
En este sentido, un episodio histórico que la marcó fue las desapariciones que ocurrieron durante la dictadura militar, donde ella era adolescente: "La idea perversa de haber quitarlo al cuerpo, no decirle donde está y haber construido fantasmas que no envejecen y están como un fantasma perpetuamente pidiendo justicia, que son los mismos que cuando se murieron y nunca los van poder reconstruir de otra manera, esa idea es fantasmagórica".
El paso del tiempo, su decisión de no ser madre y la música
Según la autora, el terror puede habitar en cientos de lugares cercanos a las personas, cuánto más cercano es equivalente al miedo que puede causar. Para ella, uno de los miedos que transita en la actualidad es no reconocerse en su propio cuerpo.
"No reconocerme en mi cuerpo era terrorífico, era como una película. De tres meses para otro pasó tal cosa, te secas, no hay mucha información sobre el tema, lloras por cualquier cosa pero yo no lloro tanto, en el Mundial o cuando veo una película arriba de un avión", analizó sobre los síntomas que transita su cuerpo frente a la menopausia.
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En ese sentido, criticó la falta de información sobre el tema, ya que si bien hay muchos tutoriales para saber cómo maquillarse "no vas a encontrar historias de Instagram sobre la osteoporosis o sobre la grasa abdominal".
"Todo lo que te parecía que te quedaba bien, de repente es horrible, no me llevo bien con el paso del tiempo, supongo que me voy a llevar bien cuando se termine este momento de transición", aclaró Enríquez.
También volvió a remarcar su idea de no ser madre, aunque si bien "cuando era más chica es como te estás perdiendo algo, pero uno decide perderse cosas", lo que significó para ella una elección que no era para ella ya que "hay muchas experiencias que no querés tener, te dicen que nunca vas a sentir un amor así, no se si está bueno eso: la idea de algo de lo que dependa tanto que si le pasa algo se terminó mi vida".
En cuanto a la música, la autora define a este tipo de arte como algo diferente a lo que es la escritura, principalmente porque la música no tiene una "existencia física". Por ello, si bien "la palabra está escrita vos la podes leer en voz alta, en voz baja una detrás de la otra. La música tiene algo más místico".
La escritora define a la música como el éxtasis y la literatura o la palabra escrita tiene el lugar de la plegaria o el conjuro. "¿Qué está por sobre encima de cada cosa? Para mi el éxtasis, porque es el efecto, una cosa es escribir terror y lo que te causa en el cuerpo eso es el momento lo que está funcionando", explicó.
Si en el hipotético caso que se hubiera dedicado a la música, a autora argumentó que "puede conformarme con ser una escritora maso menos, pero si fuera música si no fuese muy buena, creo que si me diera cuenta lo dejaría del plan irme a Alaska".
—¿Cómo describirías el viaje de Mariana Enríquez hasta hoy?
—Raro, fue llegar a un lugar y volver al origen, en todo sentido. Nací en Lanús, me fui cuando tenía 10 años a La Plata, cambió la intensidad, era la niña gótica todo eso terminó en una novela. Después empecé a trabajar, pasaba todo más estable, yo lo mido con los libros, como con los Mundiales. Es un viaje como si el avión carretea tiempo muy largo, después sube y llega algún lado. Ahora estoy carreteando, siempre que estás corrigiendo un libro estás carreteando.