La misión Voyager de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), lanzada en 1977, sigue siendo una de las exploraciones espaciales más notables y continúa ofreciendo valiosos descubrimientos. Las sondas Voyager 1 y Voyager 2 fueron pioneras en la exploración de los planetas exteriores, proporcionando datos e imágenes inéditas sobre Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
En particular, la Voyager 2, que pasó cerca de Urano en 1986, sigue siendo la única nave en realizar un sobrevuelo de ese planeta. Aunque han pasado casi 40 años desde esa histórica misión, los datos recabados continúan ayudando a los científicos a entender mejor los sistemas planetarios exteriores.
Cuál es el misterio clave de Urano que resolvió la NASA
En su histórico sobrevuelo de Urano, la sonda Voyager 2 no solo reveló que el planeta gira casi de lado, sino que también descubrió un fenómeno intrigante: un cinturón de radiación extremadamente intenso que no parecía tener una fuente clara.
Tras analizar los datos obtenidos, la NASA determinó que la causa de este fenómeno era un viento solar excepcionalmente fuerte que distorsionó la magnetosfera de Urano, comprimiéndola y expulsando plasma mientras inyectaba partículas energéticas en los cinturones de radiación.
Este hallazgo fue crucial porque, hasta ese momento, no se sabía de ninguna fuente interna o luna activa que pudiera alimentar esa radiación.
Al igual que la Tierra, Urano posee una magnetosfera que lo protege de las partículas solares, pero este evento extremo alteró temporalmente su estructura y composición. Este fenómeno también resultó en la eliminación del plasma habitual que rodea al planeta, creando un entorno de radiación más intenso y peculiar.
Antes de este descubrimiento, se consideraba que las lunas de Urano eran geológicamente inactivas. Sin embargo, la interacción con el viento solar planteó nuevas preguntas sobre el sistema de lunas de Urano, que podrían tener más actividad de la que se pensaba originalmente.