La historia de las visitas pontificias a la Argentina está marcada por dos escenarios políticos y sociales diametralmente opuestos. El 11 de junio de 1982, en plena Guerra de Malvinas y apenas tres días antes de la capitulación en Puerto Argentino, Juan Pablo II realizó un viaje de emergencia de 31 horas para llevar consuelo al pueblo y orar ante la Virgen de Luján. Aquel primer contacto con una dictadura militar en retirada sentó el antecedente para su retorno cinco años más tarde, en abril de 1987, concebido ya no como una misión de auxilio en el dolor, sino como un respaldo explícito a la democracia restaurada bajo la presidencia de Raúl Alfonsín.
El día que la fe abrazó a la democracia: la histórica gira de Juan Pablo II por la Argentina en 1987
Con un despliegue maratónico que incluyó 26 discursos y recorrió diez provincias, la segunda visita de Juan Pablo II en abril de 1987 movilizó a millones de argentinos. Desde el fervor obrero de 300 mil trabajadores en el Mercado Central de La Matanza y la bendición en la Patagonia, hasta la misa de un millón de jóvenes frente al Obelisco, la gira marcó la mayor manifestación de fe en la historia nacional.
Aquel segundo viaje, desarrollado entre el 6 y el 12 de abril de 1987, se convirtió en una epopeya logística y humana sin precedentes en la región. Durante seis jornadas de ritmo vertiginoso, el Papa polaco recorrió diez provincias, ofreció 26 discursos y reunió a más de 4 millones de personas. Hoy, mientras la nación se alista para recibir al papa León XIV y poner fin a una prolongada inasistencia pontificia de casi cuatro décadas -que ni Jorge Mario Bergoglio llegó a romper durante su papado-, la reconstrucción de aquella histórica travesía de 1987 revela la magnitud de un evento que cruzó reclamos laborales, debates legislativos y el umbral de la crisis militar carapintada.
De la diplomacia por el Canal de Beagle al histórico recibimiento en la Casa Rosada
La visita de Juan Pablo II en 1987 representó el coronamiento de una intensa diplomacia vaticana iniciada en diciembre de 1978. En aquel año, cuando las dictaduras de la Argentina y Chile se encontraban al borde de una contienda armada por la soberanía sobre las islas Picton, Nueva y Lennox en el Canal de Beagle, Wojtyla envió con urgencia al cardenal Antonio Samoré para mediar entre ambas partes. La paciente labor de la Santa Sede fructificó en el Acta de Montevideo de 1979 y desembocó en la firma del Tratado de Paz y Amistad de noviembre de 1984, ya durante la gestión democrática de Raúl Alfonsín y con la ratificación del canciller Dante Caputo.
El agradecimiento institucional por la resolución pacífica del diferendo fronterizo propició la organización de la extensa gira pastoral de 1987. El plan operativo, coordinado de forma conjunta por la Cancillería argentina y la Casa Militar de la Presidencia, incluyó la puesta a punto del avión presidencial T-02 y la preparación de papamóviles blindados a partir de camionetas Chevrolet C-30 y Ford F-350 modificadas por el Automóvil Club Argentino para garantizar la seguridad del Pontífice.
El lunes 6 de abril a las 16, el avión de LAN Chile que trasladaba a Juan Pablo II desde Antofagasta tocó tierra en el Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires. Al descender la escalerilla, Wojtyla, de 67 años, besó suelo argentino ante la mirada emocionada del presidente Alfonsín y del arzobispo Juan Carlos Aramburu. Tras una emotiva oración en la Catedral Metropolitana junto al clero local, el Santo Padre abordó la caravana oficial con destino a la Casa Rosada.
En el Salón Blanco de la sede de Gobierno, ante ministros, legisladores y jueces de la Nación, el Papa ofreció un trascendental discurso donde afirmó que la autoridad política debe orientarse a la realización del bien común y a la tutela insoslayable de los derechos humanos sin caer en la tentación de responder a la violencia con la violencia. En respuesta, Alfonsín le obsequió un rosario esculpido en plata y rodocrosita -la piedra nacional-, tras lo cual ambos líderes se asomaron al balcón histórico de la Plaza de Mayo para saludar a miles de ciudadanos que vitoreaban la paz.
El raid federal por la Patagonia, Cuyo y el corazón de Córdoba
El martes 7 de abril comenzó la travesía por el interior argentino con una precisión cronométrica. A las 9.30, el Papa aterrizó en Bahía Blanca, epicentro del sector agropecuario, donde 130.000 personas se congregaron junto al "Cristo del Camino" para escuchar su homilía sobre la vida rural y la solidaridad campesina. A las 13.30 pisó suelo patagónico en Viedma, recibido por el gobernador Osvaldo Álvarez Guerrero y el obispo Miguel Hesayne ante 25.000 fieles. La escala en Viedma tenía un fuerte simbolismo político, ya que era la ciudad donde Raúl Alfonsín proyectaba refundar la Capital Federal; entre los presentes caminaba un joven sacerdote jesuita llamado Jorge Bergoglio.
A las 16.45 la comitiva papal arribó a Mendoza. En el Predio de la Virgen, ante 400.000 cuyanos y homenajeado por un coro de 250 personas que interpretó una canción de cuna polaca, el Papa oró por la paz e instó a la sociedad a rechazar la droga, el aborto, la tortura, el terrorismo y el divorcio. Por la noche voló a Córdoba, donde protagonizó una célebre anécdota: ante la multitud que a la medianoche cantaba eufórica frente a la Curia, el Papa se asomó al balcón para preguntar entre sonrisas si en Córdoba de noche no se dormía, rematando con un simpático "pero el Papa es normal y sí duerme".
El miércoles 8 de abril por la mañana, tras visitar a 300 enfermos en la Catedral cordobesa, Juan Pablo II encabezó una misa multitudinaria ante 300.000 personas en los predios de la Fábrica Militar de Aviones (FAdeA). En ese marco, y en pleno debate parlamentario en el Congreso Nacional sobre la Ley de Divorcio Vincular, el Pontífice pronunció su prédica más firme en defensa de la indisolubilidad del matrimonio y los valores de la familia tradicional.
Esta intensa jornada en el centro del país demostró la capacidad de convocatoria de la visita en cada provincia. La presencia masiva de fieles en cada escala consolidó el carácter federal de la gira y reafirmó el enorme impacto que la figura de Wojtyla generaba en todas las capas de la sociedad argentina durante aquellos años de reconstrucción institucional.
Del Norte profundo a la Mesopotamia: la fe popular entre la lluvia litoraleña
Durante la tarde del miércoles 8 de abril, el periplo continuó hacia el Norte argentino. El avión papal aterrizó en el Aeropuerto Matienzo de San Miguel de Tucumán, donde 80.000 personas aguardaban bajo una inmensa cruz de hierro en la histórica "Cuna de la Independencia". Posteriormente, al volar hacia Salta, la aeronave sobrevoló la provincia de Santiago del Estero, un acontecimiento que los pobladores locales inmortalizaron con la construcción de un monolito conmemorativo en el Parque Aguirre.
En Salta, la recepción alcanzó picos de emotividad en el Hipódromo de Limache del Jockey Club, donde 500.000 fieles celebraron el V Centenario de la Evangelización de América Latina. Entre la multitud destacaban delegaciones de los pueblos originarios quechuas, tobas y matacos. Tras alojarse en la Curia y recibir como obsequio el tradicional poncho salteño de manos del gobernador Roberto Romero, Wojtyla rezó ante las veneradas imágenes del Señor y la Virgen del Milagro antes de emprender viaje hacia el Litoral.
El jueves 9 de abril, bajo una lluvia torrencial, Juan Pablo II llegó a la ciudad de Corrientes. Ante 100.000 personas reunidas en la Avenida 3 de Abril y al pie de la imagen de la Virgen de Itatí, el Papa conmovió a los fieles al pronunciar pasajes de su mensaje en idioma guaraní ("Ché rohaihú, pendé aipó hagüeicha..."). Horas después voló a Paraná, donde fue recibido por el arzobispo Estanislao Karlic y dirigió un discurso ante 250.000 personas enfocado en la historia de la inmigración y la integración cultural.
El sábado 11 de abril, el Pontífice completó su recorrido por el interior con un masivo encuentro en el Monumento a la Bandera de Rosario. Allí, ante decenas de miles de santafesinos, abordó la misión del laicado en la construcción de una sociedad más justa, cerrando así un despliegue por diez provincias que marcó un hito de cobertura territorial jamás repetido por un visitante ilustre en el país.
El histórico discurso obrero en La Matanza y la marea del Obelisco
De regreso en el Gran Buenos Aires, las actividades del 10 al 12 de abril concentraron las mayores demostraciones populares de la gira. El viernes 10 de abril, tras celebrar una misa para 30.000 religiosos en el Estadio de Vélez Sarsfield, Juan Pablo II protagonizó un acto histórico en el Mercado Central de Buenos Aires, ubicado en Tapiales, partido de La Matanza. La inclusión del predio concentrador de alimentos en la agenda había sido una gesta del obispo de San Justo, Rodolfo Bufano, quien invocó la figura del líder sindical polaco Lech Wasa -emblema del gremio Solidaridad y amigo personal del Papa- para destrabar la negativa inicial del protocolo vaticano encabezado por Piero Marini.
Ante una marea de 300.000 trabajadores que colmaron las instalaciones de Tapiales y en presencia del histórico líder de la CGT Saúl Ubaldini —quien leyó una oración visiblemente emocionado—, del gobernador Alejandro Armendáriz, del dirigente peronista Antonio Cafiero y del ministro de Trabajo Carlos Alderete, Wojtya pronunció un contundente discurso sobre la dignidad del trabajo humano. En su alocución, advirtió contra los sistemas económicos orientados exclusivamente al afán de ganancia desmedida y exhortó a mantener viva la solidaridad obrera frente al consumismo deshumanizante.
El clímax espiritual y de convocatoria masiva se alcanzó el domingo 12 de abril, Domingo de Ramos, en el cierre de la II Jornada Mundial de la Juventud, una iniciativa concebida a nivel global por el cardenal argentino Eduardo Pironio. Cerca de un millón de personas desbordaron la Avenida 9 de Julio entre la Plaza de la República y la calle Santa Fe, convirtiendo al Obelisco en el marco de la primera Misa de Ramos celebrada por un Papa fuera de Roma. Acompañado por Raúl Alfonsín y ante la imagen original de la Virgen de Luján, Wojtya entregó cinco crucifijos a jóvenes de los cinco continentes bajo las estrofas del himno «Un nuevo sol».
Tras hablar en el Teatro Colón resaltar la tradición de la educación laica y gratuita en la Argentina y de inaugurar la sede de la Conferencia Episcopal, Juan Pablo II se despidió en Ezeiza a las 19.30 del 12 de abril. Sin embargo, el clima de concordia se vio sacudido dramáticamente apenas tres días después: el Jueves Santo 16 de abril comenzó el alzamiento militar "carapintada" liderado por Aldo Rico en Campo de Mayo. Aquella mítica gira de seis días por diez provincias quedó así inmortalizada como el último gran abrazo papal del siglo XX, sirviendo hoy de referencia histórica ante el anunciado arribo de León XIV.
Mirá el resumen de los seis días de Juan Pablo II en Argentina en 1987
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