Desde cuándo y por qué nos lavamos las manos

La relación entre la higiene y la salud no se consolidó hasta entrado el siglo XIX, cuando un descubrimiento permitió que se salvaran millones de vidas.

Entre otras cosas, la pandemia de Covid-19 que sacudió al planeta nos hizo tomar conciencia sobre la importancia de lavarnos las manos como forma de prevenir enfermedades. Sin embargo, es una práctica relativamente reciente, ya que en el pasado muchas personas morían por no observar esta sencilla acción cotidiana.

Algunas culturas como la musulmana le dan desde hace mucho tiempo una gran importancia a la cuestión de la higiene de las manos. Sin embargo, en Occidente, era más una cuestión de decoro que sanitaria. Y no siempre se cumplía.

En la década de 1840, el médico húngaro Ignaz Semmelweiz, quien trabajaba en el Hospital General de Viena, había observado que una gran cantidad de mujeres que daban a luz en ese hospital morían de una enfermedad llamada fiebre puerperal, una infección generalizada causada por gérmenes que ingresan al cuerpo de alguien que acaba de parir.

Y lo mismo ocurría en todos los centros de salud de la época. Hay fuentes que hablan de una mortalidad materna del 17%, otras del 30% y algunas llegan hasta el 90%. Hoy en día, esa cifra apenas alcanza el 0,2%, por lo que la situación mejoró enormemente.

De aquellos tiempos hay anécdotas muy ilustrativas de cirujanos que entraban al quirófano antes de una operación y se afilaban el bisturí raspándolo contra la suela del zapato.

En aquel momento todavía no se sabía sobre los gérmenes, conocimiento que llegaría una década más tarde gracias la investigación de Louis Pasteur. En aquel contexto, los médicos le atribuían las muertes maternas a otros detalles, como por ejemplo que las mujeres daban a luz de espaldas en vez de hacerlo de costado, que usaban ropa muy apretada o que "tenían mala predisposición".

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Semmelweiz observó que entre las mujeres que daban a luz en sus casas había una tasa mucho menor de muertes por fiebre puerperal que las que tenían a sus hijos en el hospital. Esto parecía indicar que el problema estaba en los centros médicos, algo que lo sorprendió, ya que se consideraba que la ciencia no podía ser perjudicial para las personas.

El húngaro siguió observando y se dio cuenta de que la mortalidad variaba según el ala del hospital. En el pabellón atendido solamente por mujeres no médicas, las comadronas, las muertes eran menores que en el sector donde trabajaban médicos.

Una de las principales diferencias era que el segundo grupo, compuesto enteramente por hombres, cumplía con otra tarea: la manipulación de cadáveres en la morgue, ya fuera para investigar alguna causa de muerte o como parte de su perfeccionamiento.

Y, como la práctica de lavarse las manos no estaba tan extendida, era frecuente que los médicos atendieran un parto luego de haber tocado cuerpos de fallecidos.

Semmelweiz empezó entonces a hacer pruebas y observó que el simple hecho de lavarse las manos antes de asistir a una parturienta dejaba de trasladar algo que él todavía no sabía qué era, pero que se trataba de gérmenes.

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Con esto, la tasa de fiebre puerperal bajaba muchísimo y era posible salvar miles de vidas. El médico fue corriendo a comunicar su descubrimiento a otros médicos, esperando palmadas de reconocimiento. Pero se encontró con rechazo y escepticismo. "Nuestras manos sanan, curan. ¿Cómo van a ser la causa de las enfermedades?", le planteaban, ofendidos.

La vida para Semmelweiz se convirtió en un infierno. La comunidad médica le dio la espalda y comenzó a marginarlo. Él, ajeno a las críticas, siguió alentando a sus colegas a que se lavaran las manos, algo que tenía más adhesión entre los jóvenes que entre los más experimentados y conservadores. Los resultados le daban la razón, pero costaba convencer al resto.

Ante el rechazo de sus colegas, la salud mental y física de Ignaz se deterioró y terminó en un hospital psiquiátrico, donde murió en 1865, a los 47 años. Final triste para el impulsor de una práctica que salvó a millones.

La versión oficial asegura que murió por una paliza de los guardias del manicomio. Pero durante mucho tiempo también circuló una leyenda que afirmaba que, para probar su teoría, había abierto un cadáver con un bisturí y luego se había hecho un corte, para mostrarle a todo el mundo que tenía razón más allá de que esto terminara significando su muerte.

Con el tiempo, la práctica se extendió a todos los hospitales y se salvaron millones de vidas. Luego, esto sería reforzado por la enfermera británica Florence Nightingale en los hospitales de sangre en la Guerra de Crimea y los descubrimientos de Pasteur y Joseph Lister, que demostraron la importancia de la higiene para la salud, algo que reafirmamos cada día cuando nos lavamos las manos.