Entre 2017 y 2025, los suicidios registrados en la Argentina crecieron un 57,7%, pasando de 3.304 casos anuales a 5.209. Se trata del valor más alto de toda la serie analizada por el Observatorio de Política Criminal a partir de datos del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). El suicidio también se convirtió en la principal causa de muerte violenta entre adolescentes y adultos jóvenes: desde 2022 ocupa el primer lugar entre las personas de 15 a 24 años y en 2024 volvió a encabezar las causas de deceso entre quienes tienen entre 25 y 34 años, desplazando a los accidentes de tránsito.
Centro de asistencia al suicida: qué pasa del otro lado del teléfono cuando una persona pide ayuda
¿Cómo trabajan los voluntarios ante cada llamada? ¿Qué situaciones aparecen con mayor frecuencia? Por qué la prevención requiere escucha, acompañamiento y espacios de encuentro.
A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año. El organismo señala que se trata de un fenómeno multicausal, atravesado por factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. En la Argentina, la problemática también está atravesada por distintos factores. En la última década, la pandemia y sus consecuencias sobre los vínculos y la salud mental, las crisis económicas, el deterioro de las condiciones de vida y los cambios en las formas de relacionarse a partir de las redes sociales y las plataformas digitales modificaron los escenarios de vulnerabilidad.
En ese escenario aparece también la necesidad de políticas públicas sostenidas para detectar situaciones de riesgo, garantizar atención en salud mental y acompañar a quienes atraviesan una crisis. Las organizaciones de la sociedad civil ocupan otro lugar dentro de esa red. Entre ellas se encuentra el Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires, una asociación sin fines de lucro que trabaja en prevención a través de la escucha.
Actualmente, el CAS cuenta con 25 voluntarios y mantiene la atención telefónica entre las 8 y las 24 horas. La organización tiene dos grandes áreas: los operadores que reciben las llamadas y la comisión directiva junto con el equipo profesional, que desarrolla tareas institucionales, actividades de difusión, charlas, talleres, asesorías y participación en congresos. Todos trabajan de manera voluntaria, aunque con distintas funciones y responsabilidades.
Al frente de la institución está la psicóloga Fernanda Azcoitía, quien la preside desde hace más de una década y lleva más de 40 años vinculada a la prevención del suicidio. “Lo que me atrapó fue el voluntariado, ver personas de distintos ámbitos unidos por un objetivo común que es donar horas para escuchar a otro abierta y generosamente”, explicó Azcoitía en diálogo con C5N.
Cuando comenzó a trabajar en la temática, hablar de suicidio todavía estaba atravesado por un fuerte tabú. “La temática es fuerte, más hace 45 años. Hoy se habla abiertamente de suicidios, en ese momento hasta era difícil mencionar la palabra”, recordó. En su propio entorno, contó, le advertían que estaba “loca” por dedicarse a una actividad que consideraban desgastante.
Con el tiempo, la escucha se convirtió en el eje de su trabajo. “La formación que se da en el CAS es muy buena y completa. Es un modelo de escucha empática, compasiva, sin juicios, donde se escucha al otro abiertamente y con el agregado del anonimato, que hace que la gente se abra y confíe”, sostuvo.
Azcoitía recordó que, durante sus primeras experiencias como voluntaria, le llamó la atención el nivel de confianza que las personas depositaban en alguien a quien no conocían. “Me llamaba la atención cómo la gente confiaba cuestiones y experiencias, desde las insólitas hasta las más duras y difíciles de relatar. Y las contaban en el teléfono porque sentían esa empatía y sentían que nadie iba a vulnerar esa confidencialidad”, relató.
Para la presidenta del CAS, el suicidio es prevenible y existen posibilidades de intervención en distintos ámbitos. “Hay mucho que se puede hacer para prevenirlo en lo individual, en lo grupal, en lo comunitario”, afirmó.
Y sintetizó el principio que atraviesa su trabajo: “Hablar sana, la escucha ayuda a los demás y la presencia de un otro es buena para el que está sufriendo ese dolor psicológico insoportable como el que se vive en una crisis suicida”.
El suicidio en Argentina: un fenómeno multicausal que se agravó en los últimos años
Para Azcoitía, el aumento de los suicidios no puede explicarse a partir de una sola causa. La tendencia, sostuvo, comenzó a crecer aproximadamente hace una década, en un escenario donde se combinan dificultades económicas y laborales, problemas en los vínculos, aislamiento, violencia y abusos, consumos problemáticos, discriminación, acoso, conflictos familiares, enfermedades y dificultades para acceder a tratamientos. La pandemia profundizó varias de estas situaciones. La hiperconectividad en la era digital modificó también las formas en que muchas personas atraviesan momentos de vulnerabilidad.
Dentro de ese conjunto, las dificultades económicas ganaron presencia en los llamados que recibe el CAS en los últimos años. Sin embargo, Azcoitía remarcó que ese factor no explica por sí mismo las crisis ni se limita a un sector social determinado. "Hay un aumento de llamados que tienen que ver con lo económico, con la pérdida de trabajo, con no poder acceder a tratamientos. Pero no todos los llamados se vinculan con esa realidad. El factor económico está entre las problemáticas de los que llaman, pero no es el único ni es absoluto", afirmó.
La multicausalidad también atraviesa las edades, los niveles educativos y las condiciones sociales: "Se suicidan los jóvenes, los adultos, los ancianos, los ricos, los pobres, los de mayor educación, los de menor educación. El suicidio no distingue personas".
Frente a este escenario, la prevención no comienza únicamente cuando aparece una crisis: también supone detectar cambios, hablar de lo que sucede, pedir ayuda y prestar atención a los procesos propios y de las personas cercanas. "La prevención tiene que ver con el hablar, el anticiparse, pedir ayuda, escuchar a otros", sostuvo.
Azcoitía destacó además la importancia de recuperar espacios de encuentro: clubes, escuelas, organizaciones sociales y religiosas pueden funcionar como lugares donde los jóvenes establezcan vínculos y encuentren acompañamiento, en un contexto que, según su mirada, se volvió cada vez más complejo. "Hay que empezar a simplificarla un poco, con una llegada más humana", resumió.
Qué sucede cuando suena el teléfono
Cuando el teléfono del CAS suena, el voluntario no sabe quién está del otro lado. Puede tratarse de una persona de cualquier edad, género o situación familiar. Por eso, el primer contacto se realiza de manera neutra, sin presuponer quién llama ni cuál es el motivo de la comunicación.
“Quien llama puede ser un hombre, una mujer, una persona trans. Puede ser un niño, un joven, un anciano. Una persona solitaria o un padre o madre de familia. Lo atendemos de forma neutra pero le decimos que estamos para escucharle”, explicó Azcoitía.
A partir de allí, la persona comienza a contar qué le sucede. El operador utiliza las herramientas adquiridas durante su formación para realizar preguntas que permitan conocer la situación. “El voluntario va haciendo preguntas que ayudan a la persona a contar qué es lo que le está pasando. El objetivo es contener, orientar, buscar alternativas”, señaló.
Las llamadas también pueden producirse durante situaciones de crisis. Azcoitía explicó que, en esos momentos, la persona puede percibir que no existen alternativas frente al problema que atraviesa. “La crisis hace que la persona entre en un túnel oscuro donde no se ven alternativas. Poder conversar con otro permite abrir posibilidades”, sostuvo.
No todas las llamadas tienen el mismo nivel de urgencia. Dentro del trabajo del CAS también existen los llamados considerados de emergencia, cuando la persona atraviesa un intento de suicidio o manifiesta que está a punto de realizarlo. En esas situaciones, el operador debe mantener la calma, evaluar lo que sucede y orientar la conversación hacia la interrupción de la conducta y la búsqueda de asistencia.
“El llamado de emergencia es cuando hay un suicidio en curso con la persona diciendo que lo piensa cometer. En ese caso el voluntario tiene que estar muy calmo, evaluar la situación y empezar a guiar al consultante”, explicó.
Cuando la persona autoriza al CAS a intervenir y proporciona el lugar en el que se encuentra, los operadores pueden comunicarse con los servicios de emergencia para solicitar asistencia. Según detalló Azcoitía, en esos casos se da aviso al SAME o al 911.
Las situaciones que llegan a la línea son diferentes entre sí: algunas personas llaman para hablar sobre problemas que atraviesan, otras lo hacen durante una crisis y algunas cuando existe un riesgo inmediato. En todos los casos, el punto de partida es el mismo: escuchar qué está ocurriendo del otro lado del teléfono y, a partir de allí, actuar sobre la situación.
El impacto de las llamadas en los voluntarios
La tarea de atender a personas que atraviesan situaciones de crisis también genera un inocultable desgaste entre quienes reciben las llamadas. Las conversaciones pueden tocar experiencias personales y dejar un impacto que no necesariamente termina cuando finaliza la comunicación.
“Los llamados te atraviesan, te pueden tocar fibras personales. También tienen sus complejidades y sus desgastes. No vamos a romantizar el tema”, advirtió Azcoitía.
Ese impacto también obliga a los voluntarios a reconocer sus propios límites. Quienes se incorporan al CAS lo hacen con la intención de ayudar, pero esa disposición puede llevarlos a sentir que deben encontrar una solución para cada persona que llama, algo que no siempre es posible.
“En esta tarea hay que estar muy conectado con uno mismo y muy consciente. Hay dos cosas que son la omnipotencia y la impotencia que tenemos que prestarle atención. Las personas que se ofrecen para ese tipo de tareas son personas que quieren ayudar a otro y entonces sienten de alguna manera que pueden solucionar todo. Hay que aprender que eso no es posible. A veces la ayuda no es solucionar la vida del otro sino escucharlo, estar presentes”, sostuvo.
Frente a ese desgaste, el CAS cuenta con distintas instancias de acompañamiento entre sus voluntarios. Una vez por semana, se reúnen para revisar llamados, analizar cómo fueron abordadas determinadas situaciones y hablar sobre lo que les sucede durante la tarea.
“Confiamos en esto de que el compartir y el hablar aliviana la carga”, explicó Azcoitía. Además, cada voluntario tiene un padrino o una madrina a quien puede recurrir cuando una llamada o una situación particular lo afecta. La figura funciona como otro espacio para procesar lo ocurrido durante una guardia. “Hay mucha colaboración, comunicación y contención mutua”, señaló la presidenta del CAS.
El cuidado de los propios voluntarios también contempla la posibilidad de interrumpir temporalmente la actividad cuando sienten que no pueden continuar. “El voluntario tiene que cuidarse a sí mismo y cuidarnos entre nosotros. Si alguien en algún momento siente que no puede, es válido que lo diga y conviene que se tome un descanso”, afirmó.
Por encima de las complejidades y el desgaste que puede implicar la tarea, la vocación de ayudar a otra persona es lo que lleva a los voluntarios a sostener su participación en el CAS. La gratificación aparece cuando sienten que haber estado detrás del teléfono tuvo un significado concreto para quien llamó. Azcoitía contó que en algunas oportunidades integrantes de la organización pensaron que no podrían realizar una guardia, pero finalmente lo hicieron y recibieron una llamada que terminó reforzando el sentido que encontraban en esa tarea.
“El voluntario siente que tuvo sentido haber estado ahí. Hay una sensación de gratificación y de que tiene sentido lo que hacés y que fue bueno haber estado ahí para ayudar a otro”, completó.
Dónde pedir ayuda
Si una persona atraviesa una crisis emocional, siente que no encuentra una salida o teme por su integridad, puede comunicarse con el Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires a través de la línea 135, gratuita desde Capital Federal y Gran Buenos Aires, o al (011) 5275-1135 y 0800 345 1435 desde cualquier punto del país. La atención es personal, confidencial y anónima. El servicio funciona con voluntarios y opera desde las 8 a las 24 horas. Si la línea está ocupada, se solicita esperar y volver a llamar.
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