Castruccio, el primer envenenador del Río de la Plata

En 1878, Luigi Castruccio llegó en un barco al Puerto de Buenos Aires sin dinero y con la ambición de ser millonario. Sin embargo, se convertiría en el protagonista de tenebrosas crónicas policiales de Buenos Aires.

Corría el año 1878 en Argentina, cuando Luigi Castruccio llegó en un barco desde Génova al Puerto de Buenos Aires sin dinero y con la ambición de ser millonario. Sin embargo, se convertiría en el primer envenandor del Río de la Plata.

Al poco tiempo se radicó en el país, Luigi transformó su nombre en Luis y se dedicó a hacer trabajos de albañilería. Se instaló en la incipiente ciudad de La Plata en busca de oportunidades laborales y reunió ahorros para luego regresar a la ciudad de Buenos Aires.

Sus sueños de convertirse en millonario no tardaron en esfumarse, pese al intento de mantener las apariencias, fue perdiendo todo su dinero. Esta situación lo llevó a pensar alternativas para poder conseguir plata y comenzó a coquetear con la muerte.

Desesperado en su miseria, el italiano entró en una profunda depresión que lo llevó a pensar terminar con su vida, incluso redactó un testamento. Pero luego lo sorprendió una idea que sería el inicio de un oscuro plan para poder conseguir dinero.

Esta nueva idea lo llevó a publicar un aviso en un diario en busca de un sirviente para su casa. Casi de inmediato, Augusto Bouchot Constantin, un francés recién llegado a la Argentina, acudió a su puerta con ilusión. En un principio, Castruccio trató al francés como a un hermano con el fin de ganarse su confianza.

Incluso le armaría una cama en su propia habitación, con el correr de los días, Luis convenció a Augusto de obtener un seguro de vida en la compañía "La Previsora del Hogar", donde el único beneficiario era Castruccio, a quien en el contrato figuraba como cuñado del francés.

Luego, comenzó la segunda parte del plan, todas las noches, Castruccio embebía cloroformo en un pañuelo y lo apoyaba en el rostro de Augusto cuando este se dormía. Augusto vivía adormecido y con malestar y, con el correr de los días, empezó a sumar pequeñas dosis de estricnina, un tóxico veneno, en los alimentos.

Para no levantar sospechas, ante los síntomas de su empleado, Castruccio llamó a un médico y compró remedios, todo era una farsa. El albañil continuaría envenenado al francés hasta las últimas consecuencias: Augusto Bouchot Constantin murió sin conocer jamás las verdaderas intenciones de su patrón.

Fue enterrado en el Cementerio de la Chacarita, y despedido en una ceremonia que, irónicamente, pagó su mismísimo asesino. Al poco tiempo, Castruccio reclamó el dinero en la aseguradora, pero para el inspector había un dato sospechoso: ¿realmente este italiano era el cuñado del difunto? Así comenzó la investigación.

Las autoridades tenían en la mira como principal sospechoso a Luis, su relato se llenó de contradicciones, sumado a que los investigadores encontraron una librera con anotaciones en código. Al revisarla comprobaron que se trataban de anotaciones en código donde el asesino dejó un detallado registro de los días de agonía que vivió el francés.

La Justicia halló culpable a Castruccio y lo condenó a muerte, en la mañana del 22 de enero de 1890, la Penitenciaría de la avenida Las Heras amaneció expectante. Castruccio aguardaba su destino sentado frente al pelotón de fusilamiento que acabaría con su vida, implorando piedad. El indulto del entonces presidente Miguel Juárez Celman llegaría justo a tiempo, Castruccio vivió el resto de sus días atormentado, en prisión perpetua, luego de enfrentar cara a cara a la muerte.