El domingo 8, apenas aterrice, León XIV va a saludar a un hombre a caballo, el General Don José de San Martín, en la barranca de Retiro. Treinta y nueve años después de la última visita de un Papa, el sucesor de Pedro empieza por el Padre de la Patria.
El miércoles 11, el día en que se despide, Buenos Aires celebra a otro hombre a caballo. Es su patrono, San Martín de Tours. Un soldado romano que, en un invierno de la Galia, se cruzó con un hombre tiritando al costado del camino. Se detuvo, desenvainó la espada, cortó su capa al medio y le dio la mitad. En 1580, los vecinos de la ciudad de Garay sortearon el patrono, les salió ese santo francés que nadie conocía y volvieron a tirar. Salió otra vez. Le quisieron hacer una viveza criolla a Dios, y Dios no se dejó.
Un Papa puede tener poco poder, pero si tiene una autoridad enorme, y León deja claro de dónde le viene. En su primera encíclica pone a la persona humana en el centro y dedica un capítulo entero a lo que llama la cultura del poder y la civilización del amor. Por eso, con su sola presencia, va a interpelar a todo el arco de la dirigencia nacional. Al que gobierna y al que aspira a gobernar, al que toma decisiones sobre la economía y las finanzas, al que conduce un sindicato, una empresa, una organización o una parroquia. Lo dijo esta misma semana en la audiencia de los miércoles, después de ser el primer Papa en votar en una elección de su país, y en ese mismo hecho resaltar su poco reconocido origen estadounidense: el ejercicio de la autoridad política debe estar siempre orientado hacia el bien común.
Treinta y nueve años
La última vez fue en abril de 1987. Juan Pablo II encontró un pueblo que venía de una noche oscura y una democracia que todavía no cumplía cuatro años. En la Casa Rosada le dijo a Alfonsín que el poder político debía tener como finalidad el bien común. En el Mercado Central le habló Saúl Ubaldini, el otro padre de la democracia. En la 9 de Julio cerró, ante un millón de personas, la primera Jornada Mundial de la Juventud fuera de Roma, con la mano del Cardenal Eduardo Pironio en todo el viaje. A los pocos días, los carapintadas se levantaron en Semana Santa. Resultó que la casa no estaba tan en orden.
Lo que vino después en nuestra democracia, sobre los cimientos del Nunca Más, es también una historia de la autoridad, de cómo se gana, se gasta y se pierde. La hiperinflación, que dilapido la autoridad de la moneda y obligó a adelantar la entrega del mando. Los 90 con las luces de una autoridad tan avasallante como aplastante. El 2001 con una autoridad que nunca aterrizo, pero que despegó n helicóptero. Al “que se vayan todos” le siguió la transición que puso las bases de una autoridad política y económica. Sobre ella se asentó le legitimidad de la reconstrucción de quien llegó “con más desocupados que votos”. Los años de crecimiento y esplendor, a los que se sumó el desgaste de los años y de una grieta convertida en método. El concepto de cambio, cambio el ciclo hacia una autoridad de gerentes, prolija en el discurso, pero alejada del trabajo, que ni el salvataje de FMI pudo sostener. Luego la unidad que alcanzó para ganar pero no para gobernar, potenciado por fenómenos globales como la pandemia y la sequía. Hasta llegar a un electorado harto de promesas incumplidas que le dio el poder a una motosierra. Y es el mejor ejemplo de que puede tener poder, pero ¿hay autoridad?
En el medio, un argentino de Flores salió vestido de blanco al balcón de San Pedro. Francisco marcó a fuego su tiempo siendo continuidad y a la vez novedad. No visitó su tierra natal. Habrá habido razones de calendario, de prudencia y de profesionales del juego de la Argentina pendular que no ayudaron. Tampoco vale la pena excusar o reducir a Francisco a ese contrafáctico, como algunos de sus obstinados portavoces pretenden seguir explicando.
León, a días de una cirugía compleja, sí decide venir a una Argentina compleja. Un Papa convaleciente que visita un país convaleciente. También eso es una lección de autoridad, la que se hace presente cuando cuesta.
Un nombre que es programa
Un Papa no elige su nombre al azar. León lo tomó por León XIII, que con la Rerum Novarum afrontó en 1891 la cuestión social de la primera revolución industrial. Hoy la Iglesia ofrece su doctrina social ante otra revolución, la tecnológica y de la inteligencia artificial, que desafía la dignidad humana, la justicia y sobre todo el trabajo. Lo puso por escrito en Magnifica Humanitas, que se publico un 25 de mayo, por casualidad fecha muy preciada.
León es agustino. La noche de su elección se presentó con una frase de su maestro: “Con ustedes soy cristiano, para ustedes obispo”. Primero hermano, después autoridad. Y en esa línea, su encíclica retoma las dos ciudades de Agustín con nombres bíblicos. Muy llanamente nos dice que la humanidad está ante la elección entre construir Babel o reconstruir Jerusalén.
¿Cuál es la Babel y cuál la Jerusalén que contiene la Argentina? Babel es el poder que se encierra en la torre: la endogamia del palacio, la rosca, la especulación que gana sin producir. Jerusalén es la autoridad que se gana en el pedacito de muralla que a cada uno le toca. Producir, trabajar, educar, ser buen vecino. La dirigencia decide con su testimonio cuál fomenta, a cuál fortalece, cuál de las dos crece.
León no le tiene miedo a la técnica ni le rinde pleitesía, pero le dice algo más incomodo: que no es neutral. Porque en el fondo toma el rostro de quien la regula y la financia, y por eso arriesga tal vez la posición más osada. Dice que hay que desarmarla: romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Es otra forma de distinción entre poder y autoridad, llevada a la técnica. Desarmar no es frenar la automatización, pero si cuidar que nadie quede al costado del camino.
Ese mensaje llega a una Argentina muy concreta. Hace pocos días, en Nueva York, el Presidente prometió que el país no va a regular la inteligencia artificial y que se ubicará “en la vanguardia de la libertad”. La encíclica, que fue escrita para el mundo entero y por esa razón le responde, pide instrumentos normativos adecuados y advierte que ya no es posible confiar únicamente en la “mano invisible” del mercado. León propone también desarmar las palabras, en un país donde la violencia verbal se volvió estilo de gobierno, de poder, pero no de autoridad. Babel terminó en una confusión de lenguas.
El gaucho, a caballo
El martes 10 León estará en Córdoba, en el Día de la Tradición. José Hernández, que no sabía nada de algoritmos pero sí sabia algo de ritmos, escribió con guitarra y con verso el primer tratado argentino sobre la cuestión social. Martín Fierro es el tercer jinete, víctima de una modernización que llegó a los ponchazos y de un juez de paz que era la autoridad que no servía. En 1879, doce años antes de la Rerum Novarum, Hernández lo dejó escrito: “Debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos”. Es la misma intuición en dos idiomas, el de la pampa y el de Roma. Tradición viene de tradere, entregar. La cultura nacional, la tradición, es una capa que abriga al pueblo para que se cubra cuando una época lo deja a la intemperie.
Lo medular
Habrá quienes quieran usar a León contra el Gobierno, o al Gobierno contra León. Es la lectura pendular. La medular no solo es más sencilla sino también honda. Su agenda parece escrita con el capítulo 25 de Mateo: los enfermos del Cottolengo Don Orione, los presos de Devoto, los jóvenes de la vigilia, sindicalistas y empresarios como invitación al diálogo social. Luego Cordoba, tierra de campo e industria, ciencia y fe; con una misa en la Escuela de Aviación Militar donde se formaron los pilotos de nuestra Fuerza Aerea que defendieron las Malvinas. Por último Luján, capital nacional de la fe. A los pies de nuestra Madre, a donde caminan los enfermos, los presos, los jóvenes, trabajadores, empresarios, militares, el pueblo. Eso es lo medular, lo que es de todos y no admite grieta. Al pan, pan y al vino, vino.
Partir la capa
San Martín de Tours no regaló la capa entera. La partió al medio, se quedó con una mitad para seguir andando y le dio la otra al que tiritaba. Ahí hay una teoría entera de la justicia social, que no es distribucionismo sino que tiene más que ver con compartir que con repartir. Es autoridad con responsabilidad.
La dirigencia mira desde arriba casi por oficio, y no está mal. Lo imperdonable es usar la altura para mirar por encima del hombro. Nuestro campo también se acostumbró a ese vicio, y discute internas y lugares mientras a las pymes, a las universidades nacionales, a los jubilados y a los trabajadores les sacan la capa. Y ahora que la ola de las nuevas derechas muestra fisuras en la región, la tentación es querer almorzar la cena, querer encapsular a León, refritar un wokismo 3.0, confundir el voto de rechazo con un cheque en blanco. El pueblo lo ve. Siempre lo ve. Y anota.
León trae a la Argentina la misma pregunta que le hizo al mundo sobre Babel o Jerusalén. La cultura del poder o la civilización del amor. Con el gesto, cada vez que se incline desde el papamóvil para alzar a un chico o saludar, nos va a recordar para qué sirve la altura.
Autoridad viene del latín augere, que quiere decir “hacer crecer”. Tiene autoridad el que hace crecer a otro. La altura es eso, una capa que no es de uno, que se recibe para darla y que solo abriga cuando alguien se anima a partirla, a compartir, a iniciar procesos, a hacer crecer. Bienvenido León.