Para mucha, muchísima gente que creció con el Indio, llorarlo no es llorarlo solo a él sino también a las personas que fuimos. Es también el luto por esos chicos y chicas que fuimos una vez, y por esa fe que nos tocó y nos unió cuando nada más era capaz de hacerlo.
Aquel Indio de los años 80, entre la lucha por la independencia y la "traición" de tocar en Obras
En los años 80, en un país que aun se estaba sacando de encima a la dictadura, el Indio Solari encarnó, quizás involuntariamente, el rol de un líder generacional que sentó la idea de que se podía existir sin venderse a las grandes corporaciones y construyendo caminos propios, tanto en la música como en la vida.
La primera vez que lo vi fue en una disco llamada Satisfaction, que estaba a un costado de la autopista, en Constitución, en un momento en el que Buenos Aires todavía estaba sacándose a la dictadura de encima y los Redondos comenzaban a transitar el proceso que los llevaría desde el underground a la masividad.
Era 1988 y acaba de salir Un baión para el ojo idiota. En la escalera que llevaba a las aulas de mi colegio secundario alguien había escrito con marcador indeleble “El futuro llegó hace rato, todo un palo ya lo ves”. Ni siquiera estaba firmado. Pero esa incógnita, esa magia de conectar con algo sin tener que entenderlo del todo que propusieron siempre los Redondos, hizo su efecto por primera vez.
Lo de Satisfaction fue como uno de esos ritos de iniciación shaolines, que te tatúan la pertenencia con fuego y para siempre. Ahí ya estaba todo: los universitarios de izquierda con los malandrines de barrio, la elegancia medio árabe de Skay y, por encima de todas las cosas, la figura del Indio, un mesías de movimientos gatunos y gafas Lennon negras, que no sonreía ni decía una palabra porque parecía estar cumpliendo una misión sobre el escenario.
En aquel momento, el barrio estaba comenzando a coparle el terreno al público más clasemediero y culto que había acompañado los primeros años del Indio y los Redondos. En lugares como el teatro Margarita Xirgú y Cemento, se llegó a cantar La Internacional (el himno comunista) mientras se esperaba que la banda arranque a tocar.
Entre su absolutamente novedosa prédica por la independencia de las grandes compañías y ese espíritu comunal que venía de los inicios, enseguida todos quisieron (quisimos) ver algo más que una banda de rock and roll. Durante mucho tiempo, los Redondos fueron una historia que se contaba entre pocos. Un rumor que se propagaba en casetes TDK sobregrabados, el proselitismo de algo que en el fondo nadie quería que se hiciera muy grande .
Mientras (todas) las otras bandas buscaban lugar en la TV o en los diarios y las revistas y deliraban por un contrato -por desventajoso que fuera- con un gran sello discográfico, ellos parecían moverse en un territorio propio, gobernado por reglas que nadie terminaba de entender del todo. Pero que nos parecían increíblemente correctas.
Pero, por mal que nos pesara, el culto ricotero comenzó a crecer y en un momento fue a la velocidad de la luz. Lo que había nacido en los márgenes pateó las puertas del centro. Por eso la llegada al estadio Obras Sanitarias se volvió inevitable: ya no entraba la gente en los lugares de siempre. Y no fue solamente un cambio de escenario. Era la llegada de los Redondos al lugar que, entonces, funcionaba como espacio de legitimación y símbolo de status quo del rock argentino. Todo lo que juramos que nunca iba a pasar.
En las filas ricoteras (sobre todo entre los que se autopercibían de "primera hora") la cosa se sintió como una puñalada en la espalda. Los periodistas "del palo" que hasta entonces le habían dado visibilidad a los Redondos, les cayeron con toda la fuerza que puede salir de la decepción y el resentimiento.
Recuerdo que en uno de los primeros Obras, que se hizo en la cancha de rugby, al lado del estadio, el Indio dejó de lado su habitual hermetismo y le mandó un mensaje a Carlos Polimeni, que entonces comandaba el suplemento joven del ya desaparecido diario Sur. Le dijo por el micrófono: "Carlitos de Sur, genuflexo, arribista, aprendiz de yuppie... Me cago en tu puta boca, Carlitos de Sur."
Una maravilla de puteada, solo al alcance del Indio.
Muchos de los que estaban ahí consideraban que tocar en Obras implicaba abandonar parte de la identidad independiente que había distinguido a la banda desde sus comienzos. Yo no recuerdo que el tema me importara tanto como simplemente estar ahí. Los Redondos ya no eran un fenómeno marginal. Eran una multitud por momentos feliz, por momentos violenta, siempre entregada, que se movía bajo los influjos de un personaje irrepetible llamado Carlos Alberto Solari. El Indio.
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