El calendario marca el 19 de agosto. Una fecha circular, sagrada para Valentín Alsina y para millones de seguidores en todo el continente. Es el día en que, en 1945, nació Roberto Sánchez. El mito. La leyenda de la música popular argentina. El hombre que domesticó el fuego y pasó a la inmortalidad. Solo para entender la dimensión de la figura de Sandro y comprender por qué no es un recuerdo sino una llama que no se apaga, hay que viajar más de un lustro atrás. Hay que situarse en una Nueva York gélida, en el corazón de Manhattan, donde un joven de 24 años estaba a punto de hacer algo que nadie de su lengua había logrado jamás: adueñarse del Felt Forum del Madison Square Garden.
El origen del fuego: de la escuela al estrellato
Para llegar al Madison, Roberto tuvo que recorrer un largo camino que empezó en los recreos escolares. Todo comenzó un 9 de julio de 1957, cuando Robertito, a días de cumplir 12 años, aceptó el desafío de su maestra de sexto grado en la escuela República de Brasil de Valentín Alsina para imitar a su ídolo, Elvis Presley. El estallido de ovación de los padres aquel día fue el Big Bang de su carrera. Sin embargo, el éxito no fue inmediato. Antes de ser el astro, Sandro fue ayudante de su padre repartiendo vino en damajuanas, cadete de carnicería, empleado de farmacia y hasta tornero. Esas changas le permitieron comprar a crédito su primera guitarra, el instrumento con el que ensayaba pasos de baile y acordes hasta el cansancio.
Sus inicios fueron puro rock. Formó los Caniches de Oklahoma en 1960 y luego Sandro y Los de Fuego. Con movimientos espasmódicos y una energía que escandalizaba a la televisión de la época, Sandro trajo a la Argentina las novedades de Los Beatles y Bob Dylan casi en simultáneo con sus lanzamientos originales. Pero el gran quiebre, el que lo proyectaría a la conquista continental, ocurrió en 1967. Motivador por su mánager Oscar Anderle, decidió explorar su veta de baladista. Se presentó en el Primer Festival de la Canción de Buenos Aires con Quiero llenarme de ti y ganó el primer premio. Ese fue el pasaporte que le abrió las puertas de América Latina, Chile, Venezuela y, finalmente, el sueño de la Gran Manzana.
Su evolución artística desde el rock hacia la balada romántica, consolidó su estatus definitivo como el "Ídolo de América".
El desembarco en Manhattan: entre la fiebre y la "camiseta de lana"
Aquel abril de 1970, Sandro no llegó a Nueva York en su mejor estado. Venía de un esfuerzo físico extenuante filmando escenas de su película Muchacho en las aguas heladas del Tigre, lo que le provocó una gripe severa y fiebre. El 8 de abril, cuando aterrizó en la ciudad de los rascacielos, el termómetro marcaba apenas dos grados. Pero el Gitano tenía un amuleto secreto: "Desde los 7 años que no me ponía una camiseta de lana. La vieja me la puso en la valija, como siempre, y esta vez me sirvió", confesaría con la humildad de quien nunca olvida sus raíces en Alsina.
Se instaló en el Hotel Americana, habitación 2115. Allí, entre tazas de jugo de naranja y café, intentaba procesar lo que su amigo Héctor Larrea le había advertido en broma: "¡Vas al Madison, te van a agarrar a trompadas! Ahí van todos los boxeadores". Sandro, con la lucidez de quien sabe hacia dónde va, le respondió: "No, es al lado, es en el teatro, en el Forum, que es el que se usa para los acontecimientos artísticos". Larrea recordaría que Roberto estaba "chocho de la vida", sintiendo que se le abría un nuevo mundo.
Roberto Sánchez posó junto a Jorge “Cacho” Fontana -uno de los mejores locutores y animadores de la radio y la televisión argentina- en la puerta del mítico estadio: fue a las 11 de la mañana del 11 de abril de 1970.
El 11 de abril: "Donde mueren las palabras"
El sábado 11 de abril de 1970 amaneció frío. A las 11 de la mañana, Sandro llegó a la puerta del Madison con un look inolvidable: suéter amarillo, pantalón de terciopelo gris perla y un sobretodo de piel sintética negra. Allí lo esperaba la cámara de Canal 9 y el micrófono de Jorge "Cacho" Fontana, el locutor que él mismo había elegido para que lo presentara porque quería a un argentino a su lado. Cuando Fontana le preguntó qué sentía ante semejante desafío, Sandro soltó la frase que hoy es leyenda: "¿Y qué querés que te diga? ¡Aquí es donde mueren las palabras!".
Puertas adentro, el clima era de una tensión eléctrica. El Gitano era un "león enjaulado" en el camarín 4. Los nervios se traducían en nubes de tabaco: se dice que durante el ensayo general fumó más de tres paquetes de cigarrillos Kent, consumiendo dos por cada canción mientras repasaba los arreglos con la orquesta de 18 músicos dirigida por Jorge López Ruiz. En la platea, casi vacía, había testigos de lujo: Armando Bó e Isabel Sarli, quienes eran en ese entonces figuras rutilantes en Estados Unidos, junto a los integrantes de la banda pop La Joven Guardia.
Cuando se encendió la cámara, Fontana -el conductor elegido para presentar el histórico show en vivo- le preguntó cómo se sentía: “¿Y qué querés que te diga? ¡Aquí es donde mueren las palabras!”
La hazaña satelital: 250 millones de personas y el Apolo XIII
Mientras Sandro se preparaba para salir a escena, el mundo miraba hacia el cielo. Una hora y media antes del show, desde Cabo Cañaveral, la NASA lanzaba el Apolo XIII hacia la Luna. En Argentina, la rivalidad televisiva estaba al rojo vivo: Alejandro Romay (Canal 9) dedicaba la transmisión del recital a Nicolás "Pipo" Mancera (Canal 13), quien había cuestionado la autenticidad del satélite.
A las 20:30 de Nueva York (22:30 en Argentina), la voz de Fontana rompió el aire para 14 países: "Desde el Felt Forum del Madison Square Garden... asistiremos al primer recital que vía satélite brindará un cantante en el mundo... ¡Aquí está el ídolo de América, SANDRO!". El Gitano entró corriendo al escenario, desafiando a un operativo de seguridad que incluía autobombas y bomberos para contener a las fans. Las mujeres se arrojaban sobre él, sobrepasando vallas de contención. La primera canción fue Tengo, y el estallido fue tal que casi lo arrancan del escenario. Sandro, con su humor característico, tuvo que pedir "orden en la sala" para poder continuar.
Esas noches lo consagraron definitivamente como "Sandro de América", convirtiéndose en el primer artista latino en cantar en el Madison Square Garden de Nueva York. El emotivo show se transmitió vía satélite en vivo y en directo a catorce países, con una audiencia estimada en 250 millones de espectadores. Aquella noche, Sandro conquistó definitivamente América.
Una hora y media antes del show, desde Cabo Cañaveral, la NASA lanzaba el Apolo XIII hacia la Luna.
El recital duró una hora y media y estuvo dividido en dos partes de 11 canciones cada una ante 5.000 personas. En la primera parte, Sandro desplegó su magnetismo con clásicos como Quiero llenarme de ti, Dame el fuego de tu amor y Rosa Rosa. Para la segunda mitad, cambió su atuendo por un smoking blanco, camisa rosa y botas blancas. Fue esa noche cuando estrenó dos temas que se volverían himnos: Se te nota y Te quiero tanto amada mía.
Pero el momento más humano y emocionante ocurrió detrás de escena. Fontana se le acercó y le dijo: "Che, nene, afuera hay una mina que dice que es tu maestra". Sandro pensó que era una broma, pero era verdad. En el pasillo estaba la señorita Elsa Texeira, su docente de sexto grado de Alsina, la que lo llamaba "el poeta Sánchez". "Casi me pongo a llorar de la emoción. Imaginate, uno de los días más trascendentes de mi carrera... y me viene a ver ¡mi maestra!", recordaría el ídolo con lágrimas en los ojos.
"Solo soy un cantante de moda"
Al finalizar el show, exhausto y bañado en sudor, Sandro compartió sus sensaciones con el periodista Chiche Gelblung: "Estoy terriblemente feliz... Veré que esto es quizá lo más importante que me pasó en mi vida artística... ¿Qué más podés pedir si fuiste vos el elegido entre millones para tenerlo todo y conseguir todo? Listo. Cumpliste con tu vida, con tu destino".
La prensa estadounidense lo bautizó como el "Tom Jones latino" o "Mr. Madison". Sin embargo, al regresar a Buenos Aires el martes 14, ante una multitud que desbordó Ezeiza, el hombre detrás del mito volvió a mostrar su sencillez: "No me siento un ídolo sino un cantante de moda".
Hoy, la historia nos dice que Sandro se equivocaba: los ídolos de moda pasan, pero él se convirtió en una leyenda. Aquellas dos noches en el Madison -el 11 y 12 de abril- fueron el sello definitivo de su título como "Sandro de América". A lo largo de su carrera, publicó 52 discos y vendió 22 millones de placas en todo el mundo por los que obtuvo numerosos discos de oro y platino. Sus picos de rating llegaban a 50, fue protagonista de 11 películas entre 1969 y 1981. Fue premiado con un Grammy Latino por su trayectoria. Su canción Tengo fue clasificada en el puesto número 15 entre los mejores temas del rock argentino por la cadena MTV y la revista Rolling Stone. También batió otro récord increíble: hizo 40 funciones consecutivas en el Gran Rex a sala llena.
En 1971 recibió las llaves de la ciudad de Miami, y se presentó en los Estados más importantes del país del Norte, para luego llevar la gira a todos los rincones del continente: Ecuador, Panamá, México, República Dominicana, Perú, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Costa Rica, Venezuela, Puerto Rico.
Grabó en inglés, en portugués y en italiano; ganó el Festival Internacional de Cantantes Galos, conmovió a Madrid con Porque yo te amo y fue invitado especial en el Festival de San Remo, en lialia. Sin embargo, agotado por los interminables viajes, resignó un segundo reinado europeo y centró sus ojos en América.
A 81 años de su nacimiento, el fuego de Roberto Sánchez sigue ardiendo. Porque, como él dijo aquella mañana frente al Madison, cuando las palabras mueren, empieza la eternidad. Y en ese silencio sagrado, solo se escucha la voz del Gitano, cantándole a sus "nenas", al barrio y al mundo entero.
Las fanáticas de Sandro y una postal que se repetía en cada recital del Gitano.