La Libertad Avanza vive tiempos convulsionados. Es lógico que esto pase con una fuerza organizada de modo aluvional, a los ponchazos, en medio de triunfos electorales que ni ellos preveían. Casi desde el principio de la gestión de Javier Milei como presidente se pudieron ver ajustes internos que tenían que ver con ese carácter precario del armado.
Personajes como Carlos Kikuchi, Marcela Pagano, Oscar Zago y otros fueron muy relevantes en determinado momento y hoy están afuera del espacio, reemplazados por otros nombres que cumplen funciones similares. Sebastián Pareja es hoy el armador principal de Karina Milei; hay nuevas figuras mediáticas como Virginia Gallardo y Karen Reinhardt, y Martín y Lule Menem emergen como las espadas parlamentarias que consiguen que la política continúe con la inercia de octubre, a pesar de que la calle parece haber pasado la página de la elección.
Es que lo que claramente cambió es eso, y es lo que redimensiona la cuestión política. Los libertarios ya tuvieron escándalos de corrupción antes del de Manuel Adorni, pero el del jefe de Gabinete cobra una relevancia distinta por el contexto. En un país en el que se han derrumbado los consumos más básicos, cuya industria opera con una capacidad instalada a la mitad, que destruyó más de 130 mil puestos de trabajo formales en el último año, los inexplicables gastos en propiedades y viajes lujosos de Adorni se vuelven una afrenta inaceptable.
Pero además, conforme se siguen conociendo detalles de su vida dispendiosa, su figura se convierte en una especie de arma química arrojada al interior del búnker en el que Karina Milei ha convertido al entorno presidencial. Sostener a Adorni es cada vez más costoso e impregna la imagen del Presidente y su hermana, pero también se convierte en un sinsentido. Es un vocero que no puede hablar y un jefe de Gabinete que necesita apoyo de sus ministros en lugar de brindarlo él.
Su funcionalidad está, por supuesto, completamente interdicta de cara al futuro. Si el proyecto era convertir al excolumnista de radio en jefe de Gobierno de la Ciudad y así desbancar definitivamente al PRO en la representación de la derecha nacional, el escándalo que lo envuelve ha obturado el camino.
Javier Milei llegó al poder gracias al acierto de haber señalado a "la casta" como la responsable del sufrimiento popular, un significante vacío que le sirvió para hablar uno a uno con sus votantes, porque cada elector de 2023 lo llenaba con los actores que le generaban más odio y resentimiento. En la etapa del Milei presidente, el término se complejizó a niveles que exigían una torsión intelectual muy difícil de aceptar. "Casta" era un docente de la UBA, un prestador del área de discapacidad, un médico del Garrahan y muchos otros que luchan por no perder los derechos más básicos.
Hoy, gracias sobre todo al escándalo Adorni, la sociedad argentina comienza a identificar a su fuerza dentro de ese espacio odiado. La diputada Pagano lo definió de este modo en la red social X: "Fuimos muchos los que creímos que iba a terminar con la casta. Pero la envidiaban, querían ser parte de ella. Sacarse la foto, que los reciban con alfombra roja en eventos donde nunca hubieran logrado pasar el umbral de la puerta".
Pero, por lo dicho, el problema principal del Gobierno no es Adorni, sino Luis Caputo. El ministro opera como un mesadinerista en lugar de cumplir su rol pensando integralmente la economía. Lo que en los 90 se financió con la venta a precio vil de los activos del Estado, hoy se hace con la toma de deuda indiscriminada que propician el FMI y el gobierno de los Estados Unidos. El resultado salta a la vista en una economía real destruida, pero comienza a no tener efecto tampoco en los supuestos logros de gestión.
Hasta el Presidente tuvo que reconocer que el 3,4% de inflación relevado por el INDEC es muy malo, y la restricción externa encuentra límites insospechados. Si el Gobierno se ve obligado a devaluar en los próximos meses, tal como le pide buena parte del círculo rojo exportador, las únicas anclas que quedarán para contener la inflación serán la salarial y un mayor ajuste fiscal.
¿Soporta la sociedad aún más degradación de sus condiciones de vida? Mientras el Presidente pide paciencia y el ministro Caputo dice que vienen los mejores 18 meses de la historia, los argentinos ven otra cosa. Según una encuesta de la consultora Casa 3, más del 41% cree que la situación empeorará y el 23% que seguirá igual. En ambos casos, la sensación crece mientras baja la expectativa de que mejore a niveles históricos. El exdiputado Carlos Heller acuñó una frase hace décadas que se aplica a la perfección a este momento: el límite del ajuste está dado por la capacidad de resistencia de los ajustados.
Por eso, quizás, en el círculo rojo comienzan a buscarse eventuales reemplazos. Patricia Bullrich fue de las más celebradas en el encuentro de la AmCham, la cámara de comercio argentino-norteamericana. La deferencia no parece antojadiza cuando se revisan la mayoría de las encuestas y se ve que la senadora es la única figura relevante del elenco de gobierno cuya imagen no se derrumbó.
Pero, por las dudas, el establishment mira en todas las direcciones. El CEO de la cámara americana, Alejandro Díaz, aseguró que la gestión libertaria "está en la dirección correcta", pero que "simplemente falta ese proceso en el cual el rol principal lo empiezan a tener otros actores de un modelo republicano, que son las provincias".
Los gobernadores, nucleados en Provincias Unidas, parecen recoger el guante, pero piden paciencia ellos también. A fin de año tendrán una propuesta más acabada de cara al año electoral. Mientras tanto, el peronismo intenta salir del pantano de la interna y de la calle sin salida que le plantó el lawfare con la detención y proscripción de Cristina Kirchner. Sergio Massa se mueve, Axel Kicillof se lanza, aunque aún es muy incipiente y de diagnóstico reservado la construcción de una alternativa. ¿Habrá margen social para esperar a todos?