La asunción de Gabriel Boric como nuevo presidente de Chile marca un nuevo tiempo político para el país y posiblemente también para América Latina. En parte, del éxito de su gestión depende la consolidación de una tercera ola de la izquierda en la región, después del fracaso de las derechas en el poder.
Los desafíos de Boric no pasan tanto por la macroeconomía. Chile desde hace muchos años tiene una macro ordenada y muy sólida. Es un país de alto crecimiento y las señales desde el Palacio La Moneda de momento son de continuidad. El flamante mandatario no va a pegar ningún cimbronazo: proyecta certeza, seguridad y serenidad.
Sus retos pasarán más por otros frentes:
- Los equilibrios internos de la coalición Apruebo Dignidad, que lo llevó al poder, debido a que se trata de un frente muy heterogéneo formado por partidos políticos de orientación en algunos casos divergentes.
- La solidez del bloque conservador y el giro de la derecha hacia posiciones más extremas.
- Y la demanda de cambio que plantea la sociedad.
Ese será su escollo principal. Chile es un país que busca transformar su sistema político-económico desde hace muchos años, y no encuentra la manera de procesar ese cambio.
Boric deberá cumplir con esa demanda y, de algún modo, lidiar con la ansiedad de la sociedad chilena que no tiene mucho tiempo para esperar, mejor dicho, que no quiere esperar mucho tiempo.