El zarpazo de la Doctrina Monroe: Trump, Venezuela y el inicio del "Plan Cóndor 2.0"
Tras la captura de Nicolás Maduro y la intervención directa en Caracas, América Latina despierta a una realidad cruda: el retorno del imperialismo explícito. Bajo la excusa de la democracia y el objetivo real de controlar la mayor cuenca petrolera del mundo, Washington rompe el Derecho Internacional y lanza una advertencia sombría a México y Colombia. La soberanía regional, otra vez, en el ojo de la tormenta
El retorno de Trump es una amenaza para América Latina.
REUTERS
Desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, América Latina está amenazada. Y no se trata de una percepción exagerada ni de paranoia ideológica, sino de una conclusión sostenida por la memoria histórica y por los discursos —explícitos y amenazantes— del propio presidente norteamericano.
La experiencia acumulada de la región demuestra que Washington jamás se comportó como un actor neutral. Por eso resultó evidente que la presentación de Venezuela como “amenaza continental” no fue otra cosa que la búsqueda permanente de una excusa que justificara una posible acción militar, reactivando viejas doctrinas del pasado.
Desde hace varias semanas venimos repasando la resurrección de la Doctrina Monroe que tantos dolores de cabeza le supo traer al continente.
La administración Obama había relegado esa doctrina, intentando poner en pie de igualdad a las naciones americanas, pero la llegada de Trump a su primer mandato revirtió esa lógica cuando, en 2019, reconoció a Juan Guaidó como presidente interino venezolano.
En 2023, el historiador Jay Sexton advirtió sobre la posibilidad de un reinicio en la aplicación de la doctrina, al observar que todos los republicanos que competían en las internas concebían a América Latina como una fuente de poder y sustento. Eso lo llevó a predecir que, si alguno de ellos alcanzaba la presidencia, la política exterior sería sustancialmente distinta de la practicada por los demócratas. Para desgracia de nuestro continente, no se equivocó.
venezuela bombardeo
Estados Unidos realizó una incursión aérea en Caracas para apresar a Maduro.
América Latina despertó este 3 de enero con una certeza incomodísima: para el presidente norteamericano, los tratados internacionales son papel descartable. No solo se violó la soberanía territorial y el espacio aéreo de una nación independiente, sino que quebrantó el principio de libre determinación de los pueblos y se privó de la libertad a Nicolás Maduro.
Trump determinó, además, que la transición gubernamental del país caribeño quedaba en sus manos, desplazando como continuidad posible a la líder opositora María Corina Machado a quien no dudó en calificar como débil y carente de apoyo popular.
La intervención de Trump en territorio venezolano sumó un nuevo foco de conflicto a los asuntos interno de su propio país. A las fricciones generadas por su vínculo con el desaparecido Jeffrey Epstein y a su problemática política inmigratoria, se agregó ahora un comportamiento autoritario y arbitrario, dado que la Constitución exige la consulta al Congreso para cualquier intervención militar en el plano internacional.
Lejos de moderarse, Trump redobló la apuesta. En un gesto abiertamente provocador, pocas horas después advirtió a los gobernantes de Colombia y México que podrían ser los próximos en caer.
Tal vez convenga decirlo sin rodeos: Trump no llegó a Venezuela con el objetivo de resolver los problemas cotidianos de los venezolanos, ni lo anima un espíritu samaritano. Él mismo confesó que su interés reside en administrar la principal cuenca petrolífera del mundo, a la que considera propia en virtud de que las primeras inversiones históricamente realizadas en Venezuela fueron estadounidenses. A confesión de partes, relevo de pruebas.
La idea de opción militar contra Venezuela explicitada en 2017 se concreto hace pocas horas dando comienzo a un aggiornado imperialismo del SXXI, -lo que algunos llaman un Plan Cóndor 2.0- en el que toda la región se encuentra bajo un tester de violencia. Bajo la excusa de “perseguir al dictador” se encubre un castigo dirigido a un país que comercia soberanamente con potencias que no forman parte del menú permitido para la región, como China y Rusia. El delito es geopolítico.
Y más allá de la simpatía —o antipatía— que pueda despertar Nicolás Maduro, nada de lo que está ocurriendo se encuadra dentro de las normas del Derecho Internacional. Por eso la intervención armada directa es
rechazada de manera categórica, y no por afinidad ideológica, como muchos pretenden señalar. En materia de derecho, la ideología deja de ser un argumento.
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Se quebrantó el principio de libre determinación de los pueblos y se privó de la libertad a Maduro.
A lo largo del tiempo, Latinoamérica aprendió, a sangre y fuego, que cada intervención estadounidense dejó Estados más débiles, democracias condicionadas y sociedades fracturadas. En 2005, el historiador John Coatsworth registró 41 intervenciones directas de Estados Unidos en América Latina entre 1898 y 1994. El dato confirma una política sostenida en el tiempo, aplicada tanto por gobiernos republicanos como demócratas.
La historia se explica sola.
Cuba fue intervenida en varias ocasiones, ocupada y convertida en enclave militar con la creación de Guantanamo. La Enmienda Platt hará de Cuba una republica formalmente independiente pero materialmente tutelada por Estados Unidos. Bahía de los Cochinos será un nuevo episodio en 1961 con el afán de derrocar a Fidel Castro.
Panamá fue diseñada como un Estado funcional al control del Canal y bombardeada cuando dejó de ser dócil en el año 1989 para capturar a Manuel Noriega, gobernante de facto, a quien la justicia norteamericana acusaba de narcotráfico.
Nicaragua fue laboratorio de ocupación, contrainsurgencia y dictadura hereditaria.
Haití fue ocupado en 1915 para cobrar deudas y se quedaron hasta 1934. En 1994 para derrocar un gobierno de facto, lideró una coalición internacional que terminó debilitando aún más la política interna del territorio.
República Dominicana fue recurrentemente intervenida por lo que denominaban inestabilidad política. Había temor por la posible expansión del comunismo cubano
En Guatemala, la CIA derrocó a un presidente democrático por sus políticas consideradas comunistas y una reforma agraria que incomodaba a una compañía bananera estadounidense.
Y podríamos seguir. Es obvio que la lista no esta completa. Hubo de todo.
Tareas de servicios de inteligencia que operaban en las sombras, financiamiento de golpes internos, y ejércitos entrenados en la Escuela de las Américas para reprimir a compatriotas. Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y gran parte del Cono Sur fueron el escenario sangriento del Plan Cóndor, una devastadora iniciativa en busca del enemigo interno.
Por eso, cuando Trump habla hoy de Venezuela, buena parte de América Latina no lo interpreta ni lo vive como un episodio aislado, sino como la confirmación de un patrón: la reactivación de una lógica imperial que necesita fabricar enemigos para sostener una hegemonía cada vez más intangible en el escenario global. Estados Unidos ya no es el patrón de la vereda sino que disputa su poder con China y Rusia.
Es así que elige volver a la practica de no reconocer a América Latina como un conjunto de pueblos soberanos, sino como una zona de influencia, un patio trasero repleto de recursos en el que se puede entrar, salir y disponer a gusto y placer.
Claramente, para Trump el problema no es Maduro y ni siquiera Venezuela. El problema es el mal ejemplo que representa cualquier país que intente administrar sus recursos sin pedir permiso, que defina su política exterior sin aval externo, o cualquier gobierno de signo progresista que no se alinee con los intereses norteamericanos.
Por eso el verdadero peligro ya no es una flota en el Caribe sino el que se naturalicen nuevamente las intervenciones como las que hoy se llevan por delante la soberanía venezolana permitiendo que la fuerza sustituya al derecho.
Porque cada intervención empieza igual. Con discursos altisonantes en nombre de los derechos humanos y la democracia, y todas terminan del mismo modo: con países más pobres, Estados más frágiles y dependientes y generaciones rotas condenadas a pagar decisiones tomadas fuera de sus territorios. Nada de esto es nuevo.
Por todo esto, si algún día este continente deja de indignarse frente a una amenaza externa, ese día no hará falta ninguna otra invasión. Ese día la colonización ya habrá ganado sin disparar un solo tiro, y no por la fuerza de las armas sino por la derrota de la memoria.