De Felicitas a hoy: cuando el lenguaje legitima la violencia

El recuerdo del caso de Felicitas Guerrero, aquel primer femicidio registrado en el país en 1872, marca el pulso de la actualidad en materia de género y la impasibilidad de un Gobierno que busca borrar con palabras una realidad.

Verano de 1872 en Buenos Aires. Húmedo y pesado como cualquier día de enero en la ciudad. El 29 de ese mes, Felicitas Guerrero, luego de visitar a su modista, desciende del carruaje en el domicilio paterno en Barracas. Se prepara para la fiesta en la que anunciará su compromiso con Samuel Sánchez Valiente. Joven, vital, viuda, hermosa, adinerada, siente que la vida le vuelve a ofrecer felicidad.

Mientras tanto, Enrique Ocampo, enloquecido por un amor que no acepta el rechazo, decide buscarla una vez más. Bebe sin descanso en la Confitería del Gas. Ebrio, confuso, se convence de que aún puede convencerla.

Entrada la tarde se presenta en la casa de los Guerrero. Felicitas, al enterarse, decide enfrentarlo. Lo recibe en el salón principal con la intención de poner fin al acoso que la atormenta. Ocampo, una vez más, le declara su amor y la obliga a elegir entre él y su prometido. Ante el silencio de Felicitas, saca del bolsillo un revolver. Ella intenta huir, pero la cola de su vestido se enreda en la pata de un sillón. Ocampo dispara. El proyectil atraviesa su omoplato derecho y daña su medula espinal.

Felicita agoniza durante horas. Muere el 30 de enero de 1872 en la habitación de su casa.

Los diarios de la época titulan: “Crimen Pasional”. La Nación insinúa que la joven, agraciada y díscola, había sido en parte responsable de su destino por “coquetear libremente”. En otras palabras, la culpa fue de Felicitas.

Complejo Santa Felicitas
El complejo Santa Felicitas sigue en pie y se puede visitar hoy en día.

El complejo Santa Felicitas sigue en pie y se puede visitar hoy en día.

Este asesinato, que hoy -sin dudar- muchos denominaríamos femicidio, nos sirve para analizar qué ha pasado en esta materia en el último tiempo.

Días atrás, la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, en una entrevista concedida al streaming Carajo, declaró sin sonrojarse: “Si vos estás empoderada (…) y sos capaz de pisotear a cualquiera (…) finalmente lo que termina pasando es que se te viene en contra. El feminismo extremo te lleva a situaciones en las que la violencia es tan fuerte que termina destruyendo a la persona que genera esa lógica(…)”.

Asombro general, aún mayor por tratarse de una mujer que, además, ocupa nada menos que el cargo de garante de la seguridad de los ciudadanos y ciudadanas argentinas. ¿Se disculpó? No. No se le movió un pelo.

Los embates contra el feminismo y la figura del femicidio no son nuevos en tiempos de Milei. Aquellos avances logrados en materia de cultura, educación, legislación y derechos desde el Ni una menos de 2015 comenzaron a ser reiteradamente cuestionados por quienes hoy ejercen el poder.

Las primeras señales aparecieron en los seis meses iniciales de gestión: el cierre del Ministerio de la Mujer y la desfinanciación de los programas de apoyo a diversidades. Pero el avance recién comenzaba.

Partiendo del término “woke”, surgido entre las comunidades afroamericanas de los Estados Unidos a mediados del siglo XX para crear conciencia sobre la injusticia racial y la discriminación, el Gobierno y su entorno han realizado un giro semántico e ideológico que merece atención.

El vocablo, que originalmente significaba “estar despierto” frente a las desigualdades sociales, es utilizado hoy por el oficialismo en tono peyorativo, asociado a la izquierda y a los movimientos que promueven lo que denominan ideología de género, igualitarismo y colectivismo, entre otras definiciones. Todo lo que para este grupo son ideas contrarias a la libertad individual y el libre mercado.

El director ejecutivo de la Fundación Faro, Agustin Laje, principal ideólogo de la llamada Batalla Cultural mileísta, sostiene que la noción de opresor y oprimido se expresa en lo que se llama micromilitancias: pequeños movimientos que trasladan el conflicto político al corazón de la sociedad civil. En esa lógica, el feminismo pasa a ser una de esas micromilitancias. Así se relativiza incluso el término femicidio, reduciendo a una palabra algo que -según ellos- no logra salvar a ninguna mujer y que, además, produce desigualdad ante la ley entre hombres y mujeres.

Laje Marquez
Agustín Laje y Nicolás Márquez, el biógrafo de Milei.

Agustín Laje y Nicolás Márquez, el biógrafo de Milei.

Lo que ni Laje, ni Milei, ni sus acólitos, parecen comprendender -o aceptar- es que el lenguaje no es neutro: las palabras son las primeras que ponen en marcha mecanismos sociales frente a problemas concretos como el odio de género. Tampoco asumen que los discursos -cuando se usan con irresponsabilidad o desprecio- habilitan la violencia, tanto simbólica como real.

No sorprende, entonces, haber escuchado a Javier Milei afirmar en Davos: “Llegamos al punto de normalizar que, en muchos países supuestamente civilizados, si uno mata a una mujer se llama femicidio, y eso conlleva una pena más grave que si uno mata a un hombre, solo por el sexo de la víctima. Legalizando, de hecho, que la vida de una mujer vale más que la de un hombre.”

Esa afirmación fue respaldada poco después por el ministro de Justicia, Cuneo Libarona, quien publico en X el 24 de enero de 2025: “Vamos a eliminar la figura de femicidio del Código Penal Argentino, porque esta administración defiende la igualdad ante la Ley consagrada por nuestra Constitución Nacional. Ninguna vida vale mas que otra. Como dijo el presidente Milei en Davos, el feminismo es una distorsión del concepto de igualdad que únicamente busca privilegios poniendo a una mitad de la población en contra de la otra”.

Frente a estas declaraciones, la realidad se impone con crudeza.

Los números del femicidio en Argentina no dejan lugar a la relativización: en los primeros 17 días de octubre de 2025 se registraron 11 femicidios, varios de ellos múltiples. El triple femicidio de Florencio Varela, donde Brenda, Morena, y Lara fueron torturadas y asesinadas presuntamente por una banda narco; y el doble femicidio de Córdoba, en el que Luna Giardina (24) fue asesinada junto a su madre (50), por su ex pareja quien luego secuestro al hijo de ambos. Como si fuera poco, el agresor guardaba vínculos con la agrupación uruguaya Varones Unidos, de corte libertario, donde alguna vez oficiaron como oradores Laje y Nicolás Márquez, dos de los máximos referentes de la autodenominada batalla cultural.

Embed - C5N on Instagram: "UN FEMICIO CADA 13 HS: LA VIOLENCIA QUE NO FRENA En los últimos cinco días se registraron 9 femicidios, uno cada 13 horas. La violencia de género no cesa y en lo que va del año ya se registraron 195 casos."
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Los dichos de Bullrich, lejos de ser un exabrupto aislado, se insertan en este mismo clima de deslegitimación del feminismo, del retroceso en derechos, y de un discurso que analiza la violencia de género.

Una violencia que, como en el caso de Felicitas Guerrero en 1872, sigue cobrando vidas mientras el poder -ayer desde los diarios, hoy desde el Estado- continúa preguntándose con cinismo si no habrá sido culpa de ellas.

Cambiar las palabras no borra la realidad que indica que 175 mujeres fueron asesinadas en 2025, Llamar exceso de empoderamiento a lo que es resistencia, o privilegio a lo que derecho, solo busca anestesiar la conciencia colectiva. La historia de Felicitas y de tantas otras, nos recuerda que cuando el estado elige la indiferencia y el lenguaje se vuelve arma, la violencia encuentra legitimidad.

Mientras eso ocurra no habrá neutralidad posible: nombrar es seguir despertando, porque todavía hay demasiadas Felicitas que no pueden hacerlo.

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