Desde hace varias semanas que altos funcionarios europeos hablan de "guerra híbrida" al referirse a la crisis humanitaria y migratoria en la frontera entre Bielorrusia y Polonia, para explicar lo que creen que es una crisis en todo el continente provocada por el régimen bielorruso.
Mientras Minsk desmiente a sus vecinos, Polonia decidió pedir ayuda a la OTAN. Londres envió militares, entre ellos ingenieros, para ayudar a los polacos a frenar a las miles de personas que aún están en esa "zona de nadie" y que viven un calvario.
Muy cerca de ahí también se está hablando de guerra, pero sin eufemismos. La tensión que encendió las alarmas es la que se está generando en la frontera de Ucrania y Rusia: la Unión Europea compartió información sobre una gigantesca movilización de soldados que desplegó Moscú.
Distintos reportes señalan que fueron enviados más de 100 mil hombres listos para invadir Ucrania. Incluso se animan a dar fechas, marcando en el candelario el próximo invierno europeo.
No es la primera vez que Putin decide realizar una muestra de su poder militar en una región que está virtualmente en guerra. Pero, en está oportunidad, desde la Casa Blanca y sus aliados en el continente creen que es muy posible la escalada.
Desde el Kremlin, mientras, hablan de "histeria occidental": denuncian la entrada de armas de Estados Unidos a Ucrania e incluso aseguran que, hace pocos días, bombarderos estadounidenses practicaron un ataque atómico contra Rusia.
Las declaraciones, así como las acciones, son preocupantes. El liderazgo mundial parece estar fallando a la hora de evitar nuevos escenarios drásticos para el mundo. Los tambores de guerra suenan en Europa y no son parte de una película. En un mundo que quiere entrar en la post pandemia, la realidad se ve más inestable, impredecible y volátil.