No es la primera vez que hablamos de la posibilidad de una guerra en Europa, en la que ya es la situación de mayor imprevisibilidad de las últimas décadas. Un continente partido por el Brexit y la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, la partida de la decisiva canciller alemana Angela Merkel, y las cicatrices aún no cerradas entre EEUU y Europa por los embates del expresidente estadounidense Donald Trump.
En ese escenario, la posibilidad de que Rusia invada territorio ucraniano nuevamente y el temor a un episodio de una dimensión mayor. Aunque todavía queda la posibilidad de una negociación: en ese sentido es importante la cumbre de alto nivel de las últimas horas entre los jefes de la diplomacia rusa, Serguei Lavrov y estadounidense, Antony Blinken.
La situación es tan compleja e impredecible como para que Suecia haya movilizado militares a una isla del Báltico, para estar preparada si Moscú decidiera invadirla. Dinamarca también está tomando sus recaudos. En ese polvorín no ayudó en nada que Gran Bretaña haya enviado armas y tanques para entrenar a los soldados ucranianos.
La hipótesis es: si Rusia invade Ucrania, ¿luego no podría hacer lo mismo en otras exrepúblicas soviéticas? Intereses geopolíticos, la vital provisión de gas, dinero. Muchos puntos en conflicto que podrían desatar una escalada. Pero las contiendas militares se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan. Preocupante.