Nepal atraviesa una de las peores crisis sociales y políticas de las últimas décadas. Las protestas masivas, originadas por el bloqueo a las redes sociales y amplificadas por denuncias de corrupción y nepotismo, ya dejaron al menos 19 muertos, más de 300 heridos, decenas de edificios incendiados y la renuncia del primer ministro Sharma Oli, quien ocupaba el cargo desde julio del 2024.
Crisis política en Nepal: las claves para entender el conflicto
Las manifestaciones contra la censura digital y la corrupción derivaron en una violenta represión que dejó como saldo 19 muertos, edificios incendiados y la dimisión del primer ministro.
El estallido comenzó cuando el Gobierno dispuso la prohibición de acceso a 26 plataformas digitales, entre ellas Facebook, Instagram y X. La medida, presentada como un intento de “ordenar” el uso de redes, fue leída por amplios sectores juveniles como un acto de censura. Con la consigna #nepobabies, miles de estudiantes y jóvenes de la llamada Generación Z salieron a las calles de Katmandú y otras ciudades.
La represión estatal, el toque de queda y el despliegue de fuerzas de seguridad no frenaron las movilizaciones. Por el contrario, intensificaron la protesta: el Parlamento, el Tribunal Supremo, la Fiscalía y sedes de partidos fueron incendiados. También hubo ataques a residencias de dirigentes políticos y escenas de violencia que circularon globalmente, como la del ministro de Finanzas, Bishnu Paudel, obligado por manifestantes a meterse desnudo en un río.
En medio de la escalada, Oli presentó su renuncia al presidente Ramchandra Paudel. En una carta oficial, reconoció las “circunstancias extraordinarias” y dijo que dejaba el cargo para facilitar “una solución política constitucional”. A su salida se sumó la del ministro de Agricultura, Ramnath Adhikari, quien denunció que el Estado “eligió la represión y los asesinatos” en lugar de responder con mecanismos democráticos.
La protesta ya es conocida como la “revuelta de la Generación Z”. Más allá del bloqueo a las redes sociales, puso en el centro las acusaciones de corrupción estructural y de nepotismo en el aparato político. La situación paralizó el funcionamiento de instituciones, obligó a suspender vuelos en el aeropuerto internacional de Katmandú y expuso la fragilidad del sistema político nepalí.
El desenlace inmediato es la renuncia del primer ministro, pero el trasfondo es una crisis de legitimidad que atraviesa a la dirigencia y que plantea un escenario abierto para el futuro del país.
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