Patrick Kearney era un respetable ingeniero de California, hasta que se transformó en una pesadilla para todos sus habitantes. Nadie jamás imaginó que él fuera el criminal que dejaba cuerpos envueltos en bolsas de basura cerca de las autopistas.
Se lo llamó también el “homicida de las bolsas de basura” porque casi siempre sus víctimas terminaban dentro de ellas.
Patrick Kearney era un respetable ingeniero de California, hasta que se transformó en una pesadilla para todos sus habitantes. Nadie jamás imaginó que él fuera el criminal que dejaba cuerpos envueltos en bolsas de basura cerca de las autopistas.
Fue descubierto gracias a las sospechas de un ferretero que desconfió de él porque siempre le compraba cuchillos filosos y sierras de carnicero. Aunque por 15 años cometió todos los crímenes, entre 1962 y 1977 sin que nadie, ni sus familiares más cercanos ni sus empleadores, sospecharan siquiera de él.
Resultaba imposible imaginar que ese pequeño hombre débil y extremadamente inteligente fuera el brutal asesino que en ese tiempo terminó con la vida de más de cuarenta personas, entre hombres, adolescentes y niños. Ya desde chico le gustaba matar y destripar cerdos de la misma manera que luego haría con sus víctimas.
Un disparo limpio de pistola calibre 22 detrás de la oreja, por sorpresa, cuando la víctima estaba sentada en el asiento del acompañante del auto. Esa era la manera en la que Kearney asesinaba a sus víctimas.
Tenía 23 años cuando decidió matar por primera vez, en 1962. Una tarde, según confesó, salió a dar vueltas en su moto con una pistola calibre 22 en la cintura. En un barrio periférico de Los Ángeles, donde se había detenido un momento, un adolescente se interesó por el vehículo y Kearney lo invitó a dar una vuelta. En un camino solitario de las afueras de la ciudad, desenfundó el arma y le disparó detrás de la oreja derecha. Luego arrastró el cadáver entre los pastos, lo desnudó y lo violó. Esa vez, relató cuando hizo su seguidilla de confesiones, no destripó a la víctima porque no tenía un cuchillo a mano.
El “asesino de las bolsas de basura” pudo haber seguido su carrera criminal impunemente si un ferretero de su barrio no hubiese sospechado de él, que visitaba frecuentemente el comercio pidiéndole recomendaciones de sierras de carnicero y cuchillos bien filosos.
El ferretero tenía siempre el televisor clavado en un canal local de noticias donde los crímenes del asesino que tiraba los cadáveres aserrados de sus víctimas envueltos en bolsas de basura siempre cerca de alguna autopista ocupaban un lugar cotidiano y central. El hombre ató cabos y, sin siquiera estar seguro de lo que hacía, llamó a la policía para contar lo que sospechaba.
La Policía de Los Ángeles consiguió una orden judicial para allanar la casa de Kearney y revisó también su camioneta. En el asiento del acompañante, además de encontrar algunas salpicaduras de sangre, recogió algunos pelos que estaban sobre el tapizado. Uno de ellos coincidió con los de John LaMay, una de las víctimas del asesino serial que todos buscaban y nadie podía encontrar.
Kearney se enteró por las noticias y huyó a México donde se reunió con Hill, su pareja. La policía también sospechaba de él.
Kearney confesó 35 asesinatos, aunque sólo pudieron juzgarlo por 28 y condenarlo por 21. La policía estaba convencida que eran más de cuarenta. Para eludir la condena a muerte, Patrick Kearney se declaró culpable y fue condenado a 21 cadenas perpetuas. Hoy, con 83 años, sigue pagando su pena en una cárcel de Los Ángeles.