No habían pasado más de 9 meses de aquel fatídico 13 de octubre, cuando el Muñeco Gallardo shockeó al mundo River anunciando que dejaba su casa, el club al que le había cambiado -o potenciado- la historia para toda la eternidad. Parecía, entonces, un duelo profundo que se iba a llevar pegado, al menos, al siguiente entrenador. Casi que por default. Sin embargo, su sucesor agarró el fierro caliente, lo llevó bastante bien en los primeros meses y alcanzó algo nada sencillo: que el equipo se renovara, alcanzara una identidad de juego y saliera campeón, con amplitud y records de por medio, dominando el fútbol argentino. De repente, el hincha se ilusionó con Martín Demichelis y -un poco- se olvidó del Muñeco. Impresionante.
Pero, cuando nada lo hacía pensar, la buena dio paso a la mala. El equipo empezó a decaer, se mostró endeble en la Libertadores, quedó eliminado en octavos y se armó un cabaret que en el club no se vivía hace al menos 10 años, luego de que el coach cometiera el peor error que puede tener un DT: hablar mal de sus jugadores por detrás, especialmente con periodistas.
El castillo -de naipes-, de repente, se desmoronó y el pronóstico pasó a ser el peor. La debacle de Boca, perdiendo primero el clásico en casa, luego la final de la Copa y más tarde quedando afuera de la siguiente edición de su obsesión, salvó a Micho. Y a River, que hace meses viene a los tumbos futbolísticamente, haciendo malabares para ocultar una mala dinámica interna. Ahora al club y al técnico se les presenta dos grandes chances de terminar bien un año que tuvo de todo: ganar dos títulos más -el de la Copa de la Liga y el Trofeo de Campeones del 22/12 en Santiago del Estero- y cambiar el clima que se vive alrededor del equipo y su entrenador. Claro, para eso, debe ganar tres partidos. Como sea. Incluidos los penales que tanto le cuestan…
La oposición no es top -el mejor parece ser Central, su rival del sábado-, no hay brasileños ni equipos “grandes” de nuestro fútbol en el camino. Pero como hace meses sucede el rival de River es River, su irregularidad, previsibilidad ofensiva, fragilidad defensiva y hasta ciertas dudas emocionales que ha mostrado el equipo en momentos importantes. River, hoy, pese a su enorme potencial, está en baja, tanto individual como colectivamente. Y es una verdadera moneda al aire que, a esta altura, nadie sabe para qué lado caerá.
Para comenzar con el diagnóstico de qué pasó con el equipo hay que empezar recordando al campeón, del que hoy sólo quedan vestigios. River desfiló en el torneo, sacándole 11 puntos al subcampeón (Talleres), ganando 19 partidos y sólo perdiendo 4. Logró una impactante racha de partidos haciendo al menos un gol y construyó buena parte del récord histórico de partidos ganados de local -que se cortó en 20, en este torneo, ante Huracán, hace un mes-. Un equipo que, especialmente de local, se mostró como una trituradora, un conjunto asfixiante, especialmente con la pelota, que la usaba como su gran tesoro para apabullar rivales.
Desde la posesión, la Michoneta apostó a jugar siempre. Y a tomar riesgos. Y para eso Micho armó un River de volantes, pese a que de entrada pensaba en otra idea. Pero, tras los primeros traspiés, se dio cuenta que Enzo Pérez necesitaba ayuda y encontró a Aliendro como socio ideal. Puso a Barco más por adentro y el ex Rojo la rompió, un pistón siempre en movimiento con slaloms que desequilibraban defensas. Nacho aportó sus pinceladas de calidad y River mostró un fútbol de alto vuelto por momentos, con toques constantes y triangulaciones, todo a una velocidad y precisión que no se veían en el fútbol argentino. Hasta los rivales más complejos, como el Fluminense campeón de América, lo sufrió en el Monumental. Aquel 2-0 fue un reflejo de lo que podía hacer aquel equipo que tocaba su techo...
Pero, claro, al campeón se le empezaron a ver las costuras, especialmente en la Copa -ante rivales de mayor fuste- y en condición de visitante. Sobre todo en defensa. De a poco quedó claro que era un gran equipo ofensivo y uno con graves deficiencias defensivas. Algunas por su propuesta, por los riesgos que tomaba -defender dejando espacios y con poca gente, incluso jugando muchas veces mano a mano en los últimos metros-, y otras por fallas de funcionamiento -léase bloque defensivo- y también individuales.
Ya en el torneo se vio que el equipo no era el mismo de local que de visitante, pero zafó con algunos resultados con algo de fortuna -el 1 a 0 en Tigre, el 2-0 en Lanús, el 1-0 ante Newell’s, el agónico 1-1 en Tucumán, por caso-. Pero a esos se sumaron 1-3 ante Strongest en La Paz, el 1-5 en el Maracaná y el milagroso 1-1 en Perú para confirmar que River tenía un verdadero drama defensivo, que ya se estiraba a las pelotas paradas. Esta fue la explicación de la eliminación ante Inter en octavos: el rival le hizo los tres goles por esa vía y lo eliminó, en una serie pareja que River, de no ser por esos problemas, podría haberla pasado.
Un golpazo demasiado temprano que movió los cimientos del club. Y más aún cuando el DT decidió hablar en off con los periodistas y mandó debajo del camión a varios de sus dirigidos. Micho, tal vez por reemplazar a una gloria como Gallardo, sintió desde el día 1 la necesidad de explicar todo, con una locucidad y nivel de detalles que el fútbol argentino no necesita… Porque cada palabra puede volverse un boomerang. Micho creyó que nada de lo que dijo se sabría, cometiendo un error de novato. Como varios de los que había cometido dentro del campo, descomponiendo al equipo en momentos decisivos. En este caso un error no forzado, fuera del campo, y que generó un mal clima en el plantel.
Cuánto tuvo que ver esto en el bajón del equipo lo saben sólo Demichelis, los jugadores y los dirigentes. Pero, desde afuera, queda claro que, al menos, ha colaborado. Y mucho. Porque da la sensación que rompió una armonía, una buena dinámica de grupo y que eso colaboró en romper el muy buen momento futbolístico. El golpe había sido duro, temprana eliminación, pero ante Inter, un equipo fuerte de Brasil. Pero podría haber absorbido mejor si no era por el “affaire de los off”. Desde ahí es como que nada fue igual, especialmente cuando tomó estado público. Pudo ser peor, sí. Demichelis se llamó a silencio, los jugadores eligieron el perfil bajo y la tormenta, al menos el frente negro, fue pasando, sobre todo luego de ganarle a Boca en su casa.
Aunque, está claro, nunca del todo. Ni siquiera cuando los jugadores se reunieron, previo a un partido ante Atlético Tucumán, y se juramentaron dejar el tema atrás, no seguir con dimes y diretes, pensar en el equipo y tirar para adelante, siempre y cuando vieran buenos reflejos del entrenador. Que los hubo, en un punto, sobre todo porque el coach dejó su locuacidad de lado.
El problema fueron sus decisiones, muchos más cuestionables -y equivocadas- que en el primer semestre y que, a esta altura, no está claro si fueron por convencimiento o por dejar contentos a algunos jugadores enojados. En mi opinión el conflicto que él mismo generó le pesó y le costó sacar a los referentes, especialmente. No tanto a Aliendro, por caso, el motorcito que fue clave en el título pero luego se lesionó, bajó el nivel y rápidamente salió del 11. Algo similar a lo que ocurrió con Enzo Díaz, que también perdió una marcha pero el DT no le tuvo tanta paciencia como a otros. Como a Casco, por caso. O a Nacho. Ni hablar a Lanzini, que no tuvo un partido de 7 puntos desde que volvió. Se entiende el darle rodaje, para que agarre ritmo, pero Micho se pasó de rosca. El ex Premier League recién salió ante Belgrano, hizo méritos para quedar afuera de los 11 hace varios partidos. Lo mismo pasa con Nacho, a otro que le cuesta, sobre todo físicamente. Por ahora el DT lo sostiene y se entiende, es otro peso pesado… ¿Pero es por convicción o miedo a sacarlo?
También hay cuestiones futbolísticas en este bajón pronunciado que convierten a River en un equipo predecible, aburrido, que todos saben por donde va a atacar y la forma en que terminará cada jugada -básicamente centros o, a veces, pases filtrados por el medio-, lo que se suma a la fragilidad defensiva, que continúa o incluso ha empeorado, casi siendo un equipo suicida, por momentos. El caso Santi Simón resume este tema. Micho lo pone porque no lo conforma Herrera -ni Milton como 4-, pero el pibe que es volante ataca mejor de lo que defiende y tampoco es determinante yendo para adelante porque la mayoría de sus centros terminan sin consecuencias para el rival y sus espaldas -y falta de oficio para marcar-, en cambio, son una tentación.
El tema esencial, igual, tiene que ver con que el esquema de volantes ya no rinde. Y acá tienen que ver varios factores. Que no esté Aliendro -no juega o no es el de antes-, que robaba y hacía jugar a todos como un volante a la antigua, que De la Cruz ha jugado más atrás -para hacer de Aliendro-, quitándole profundidad, y que Barco tampoco sea el de antes. Pero ojo que hay un tema que pocos consideran, la partida de Beltrán. El Vikingo era determinante en este esquema, un 9 a lo Julián que era punta de lanza en la presión y en ataque no sólo rebotaba bien para esperar la llegada de los volantes sino que tiraba diagonales, pivoteaba y podía girar, a veces para quedar frente al arquero. Algo que Rondón ni Borja, por movilidad y contextura física, pueden hacer. Han anotado goles, pero se extraña todo lo que hacía Beltrán para el equipo.
Por todo esto ya no funciona el River de los volantes que Micho se empeña en mantener. No están los mismos actores. O no están como antes, al menos. La realidad parece indicar que hay que poner a otro delantero (Solari surge como la mejor opción) para acompañar al 9 y así River no sea el mismo equipo de siempre, que habitualmente aburre con su circulación sin cambio de ritmo ni triangulaciones. Algunos creen que un delantero más dejará más expuesta a la parte defensiva, alrededor de Enzo, por caso, pero la respuesta es que, sin otro delantero, tampoco es que el equipo está sólido ni defiende bien…
Es hora que toque Micho siga tocando las piezas, buscando respuestas individuales, sobre todo en una época del año en que ya parece muy difícil levantar el funcionamiento o corregir deficits colectivos. Es el momento de apretar los dientes, mantener la concentración, no regalar goles y seguir intentando con el adn del toque, aunque buscando variantes para tener una mayor profundidad. El tema es si realmente Demichelis tiene la espalda para bancarse sacar a más pesos pesados para ir por esa fórmula. Lo hizo con Nacho y Lanzini el otro día, en Córdoba. Es posible que en esa línea pueda encontrar solucionar que lo lleven a un fin de año feliz y así poder mirar el 2024 con otro optimismo. Y con otro clima en el club y en el vestuario.