“No sé si Ginóbili está para la Liga”. Cada año que pasó y Manu agigantó su leyenda, aquella mítica frase del periodista Rubén Muñoz se viralizó con mayor fuerza en redes sociales y quedó en el inconsciente colectivo popular. Pero, claro, en ese entonces, Manu tenía 18 años y hasta él tenía dudas.
“La verdad es que no sé si no tenía razón en ese momento”, respondió cuando Juan Pablo Varsky le recordó aquella frase. Su primer partido fue bastante bueno: el bahiense metió tres triples desde aquel primer análisis del comentarista y fue cuando él cambió de opinión. “Ojo tal vez termine siendo el mejor de los Ginóbili”, dijo. Pero, claro, ese recorte no quedó en la historia. Lo que sí quedó fue la mítica carrera del argentino, que en Europa, la Selección y la NBA dejó una huella profunda, en el país siendo sin dudas uno de los mejores deportistas de la historia y afuera ayudando a cambiar la forma en que el básquet se entendía y jugaba.
Pero todo tuvo un comienzo y fue en La Rioja, luego de que Oscar Sánchez, entrenador bahiense que se había forjado en la ciudad y puntualmente mucho en el club Bahiense del Norte, de donde son los Ginóbili. Jorge, el papá de Manu, fue jugador y presidente, el hombre más importante en la historia de esta institución formadora, y con Raquel, la madre, eran dos de los más importantes amigos de Sánchez. Aun así, no fue nada fácil que Huevo se llevara a Manu para jugar en el club que dirigía, Andino, para aquella temporada 1995/1996. Lo inscribió a escondidas de Raquel, su gran amiga, con la anuencia de Manu y Jorge, el eterno Yuyo. Ella no quería que otro hijo se fuera tan rápido del nido, luego de las partidas de Leandro (siete años mayor que Manu) y Sebastián (cinco) para jugar en la famosa Liga Nacional.
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No fue nada fácil que Manu jugara en el club Andino.
Ambos eran figuras de la LNB cuando Manu llegó a La Rioja, luego de superar muchos pequeños obstáculos, desde la talla -los pediatras decían que no superaría el 1m80, algo que lo torturaba- hasta el descenso con Bahiense -en 1995-, hasta aquel corte de una selección bahiense de cadetes. Pero Gino siempre fue muy tenaz, competitivo y determinado y nunca aflojó en su búsqueda del sueño. El quería ser como los hermanos -o mejor- y jugar, al menos, en la Liga. Y allá se fue hasta La Rioja, con más dudas que certezas. Su físico era el principal. De adolescente se había destacado en Bahía, pero hasta ahí. “Tenía un talentito, como todo zurdo, era atrevido, pedía la pelota, pero era un fideíto. Flaco, tal vez frágil”, recuerda su hermano mayor. Tanto que su madre sufría cada vez que jugaba y no quería ir a verlo, por temor a que lo lesionaran.
“A Manu no te lo llevás. Es chiquito, lo van a lastimar”, le espetó Raquel a Huevo, cuando el famoso entrenador le planteó que quería hacerle un hueco en el interesante plantel de Andino que tenía. Oscar ya se había llevado a Leandro y a Sepo y la madre estaba decidida a que no se repitiera la historia. Pero Huevo tenía dos aliados, Yuyo y Manu… Y así, entre los tres, le terminaron torciendo el brazo a mamá. No sin dudas. Para Manu era todo nuevo: llevar la vida de un profesional, lejos de su zona de confort -casa, club, ciudad-, con 18 años y en una ciudad tan lejana y distinta, soportando el calor del Norte y teniendo que cumplir el requisito clave que puso su madre, terminar allá el secundario.
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Su determinación y madurez permitieron que atravesara las distintas etapas con éxito.
Pero su determinación y madurez le permitieron atravesar aquella primera experiencia con éxito. “Para mí fue un gran aprendizaje”, recuerda él. Vivió con cuatro compañeros (Pancho Jasen, Gabriel Muguruza, Gabriel Riofrío y Gustavo Oroná) y un asistente (Toti Ruiz) en una casa de dos pisos que alquiló el club. “Siempre íbamos a lo del Huevo, que tenía pileta y jugábamos ahí. Eramos pibes y no teníamos ni un mango. Yo sólo cobré el primer sueldo, de 1000 pesos, y en la casa vivíamos con unos cucarachones así -dice abriendo dos dedos que simulan cinco centímetros- y comíamos comida fría, pero jugábamos la Liga con Daniel Farabello, Gaby Díaz y tres extranjeros. Estaba feliz, estaba en el cielo y no me importaba nada. Todo eso me sirvió en el futuro para valorar lo que vino después. Muchos en la NBA no lo hacen porque creen que pertenecen a esa elite, como que lo tienen otorgado por el destino. Pero no es mi caso y aquellos recuerdos me hicieron más fuerte”, recuerda MG.
Manu no fue como Messi, Maradona, LeBron, Jordan o Kobe, que nacieron predestinados para ser estrellas. Manu se construyó como tal. Nadie creía que llegaría tan lejos. “Pensábamos que podía jugar la Liga, ser un buen jugador y tal vez llegar a la Selección, pero no mucho más”, recuerda Pepe Sánchez, que fue su compañero desde los 11 años en Bahiense del Norte y luego se reencontraron en la Selección para empezar a escribir la historia más épica del deporte argentino que incluyó la medalla de oro olímpica en 2004.
Así llegó aquella noche primaveral en Mar del Plata, cuando el Huevo se confundió de nombre al llamarlo para ingresar. “Sepo, dale, entrá”, le dijo mientras lo miraba. “Estaba tan nervioso que no recuerdo si me dijo Sepo o no. Sé que me miró y arranqué hasta la mesa de control”, rememoró Manu en el libro El Señor de los Talentos. “Ingresé y estaba desesperado, queriendo hacer algo. La primera que agarré, la sacudí desde la esquina y fue adentro. Ese tiró me relajó un poco”, agrega. Aquella noche fueron nueve puntos, con 3-4 triples, en apenas 9 minutos. Una noche muy especial.
De a poco los medios se hicieron eco de su talento y en la visita de Andino a Buenos Aires la recordada revista Sólo Básquet le hizo una nota para la sección Yo Soy.
- ¿Jugador favorito? Michael Jordan
- ¿Mejor jugador nacional? Juan Espil
- ¿Una virtud? Tiro externo
- ¿Un defecto? La defensa, el físico y alguno más.
- ¿Un sueño cumplido? Jugar la Liga.
- ¿Un sueño por cumplir? Jugar en la Selección.
Un ping pong que refleja un momento. Pero ojo que hay otro inédito que él mismo llenó, con preguntas de sus compañeros, cuando estaba en La Rioja, a fines de 1995. De puño y letra se los dejamos con algunas respuestas llamativas que hoy despiertan una sonrisa.
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Un ping pong que refleja un momento.
- Defecto: Difícil carácter
- Lo que más detesto: La mentira
- Grupo musical preferido: The Police
- Cantante preferido: Sting
- Tema preferido: Every Breath You Take
- Modelo: Mi viejo
- Mejor día de tu vida: cuando debuté en la Liga
- Peor día de tu vida: cuando descendí con Bahiense del Norte
- Miedo: Estar solo
- Amor imposible: Paula Colombini
Aquella primera temporada como profesional, Manu terminó con promedios de 5.2 puntos y 10 minutos, en 26 partidos, logrando el premio al Mejor Debutante del Año que votaron los periodistas especializados. También, casualidad o no, el equipo llegaría a semifinales, terminando 3°, ocho puestos mejor que en la campaña pasada. Una historia que se repetiría cada vez que Ginóbili se sumó a un equipo durante su larga trayectoria.