"Tuve que crear figuras metodológicas nuevas para poder compensar las falencias físicas. Estaba claro que debíamos superar la mayor velocidad y la estatura que tenían los rivales. Es algo que habíamos notado en Londres. Lo que decidí, entonces, fue adaptar métodos estadounidenses a la idiosincrasia del jugador argentino. A esa información le agregamos creatividad", agregó el entrenador.
Todo ese trabajo rindió sus frutos durante el torneo. La estrella fue Oscar Furlong, un todoterreno que terminó siendo el MVP del Mundial, pero el resto fue decisivo, especialmente el Negro González. La excelente preparación, la química grupal alcanzada y la complementación de las aptitudes técnicas de los jugadores harían de aquel grupo un auténtico equipazo. Con el transcurrir de los partidos, la Selección se fue afianzando y tomando vuelo, hasta llegar a la histórica final que generó un impacto popular inmediato.
La definición, nada menos que ante Estados Unidos, generó una expectativa enorme en el país y por eso no sorprendió que el Luna Park estuviera abarrotado por la presencia de cerca de 22.000 personas que arrojaron una recaudación récord para un espectáculo deportivo en el país (203.000 pesos). El primer tiempo fue muy favorable, sobre todo tras algunos minutos de nervios, pero se temió que en el segundo, por la condición física rival y el cambio de pelota (se acordó que el PT se jugara con la pelota Superval de cuero, con gajos cosidos, y el ST con la estadounidense de material sintético), cambiara de manos, pero Argentina capeó el temporal inicial (USA se puso a cinco) con un brillante Del Vecchio y lo definió con la eficacia de Furlong desde la línea de libres.
Un castigo ideológico
Haber sido los primeros campeones mundiales de la historia y entrar en el corazón de la gente les permitió quedar en la historia grande del deporte pero, a la vez, fue el principio del fin para los integrantes de la primera Generación Dorada del básquet argentino. Siete años después, luego de al menos cinco más en la elite mundial, aquella camada y parte de la que venía surgiendo –la base de los campeones mundiales universitarios en 1953 que luego repitieron el hito de ganarle a Estados Unidos en 1955-, en total 36 jugadores, fueron suspendidos de por vida con la excusa de haber recibido beneficios y dinero en un deporte reglado por un código de amateurismo.
Un castigo que en realidad, por la ineludible ligazón de aquellos logros con el gobierno de Juan Domingo Perón, estuvo directamente relacionado a un tema político-ideológico. Un genocidio deportivo que no sólo borró a una camada de jugadores top que podría haber seguido consiguiendo logros en esa época sino que además generó un daño profundo que costó varias décadas en superar.
Tras la épica conquista del 50, el apoyo de Perón al seleccionado aumentó. El General se presentó en la concentración para los Panamericanos del 51, que se disputaron en nuestro país apenas tres meses después de la gloriosa noche del Luna Park y, a pedido de Canavesi, consiguió en tan sólo minutos la mejor de las canchas para entrenar, el Instituto de San Fernando. Además, solventó una exitosa gira que el Club Palermo hizo por España, donde ganaron 14 de los 15 juegos disputados. Y, lo más importante, le otorgó a cada integrante un permiso de importación gratuito para poder entrar desde Estados Unidos el auto que cada integrante del seleccionado quisiera.
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Un Luna Park repleto en la consagración.
Algunos pudieron adquirir el Ford Mercury modelo 51, otros prefirieron un Chrysler pero la mayoría, según confirmó González, vendió esos permisos a cambio de dinero. Justamente aquellos privilegios resultaron la “excusa” que usó el gobierno de la Pedro Aramburu para tildar de “profesionales” a los miembros del equipo (infractor del Código del Aficionado que estaba vigente) y suspenderlos de por vida en 1957.
Antes, esa camada había seguido cosechando resultados sin precedentes. En los Panamericanos 51, por caso, Argentina fue medalla de plata, luego de llegar invicto a la definición y perderla con Estados Unidos (57-51), en lo que fue una revancha de la final en el Luna. Así, en un ambiente de prestigio y respeto mundial, el seleccionado llegó a Helsinki (Finlandia) para disputar los Juegos Olímpicos del año siguiente.
Cuenta la historia que los jugadores, en agradecimiento al apoyo de Perón, desfilaron con corbata negra en señal de luto por la muerte de Evita, otro acto que influiría en el futuro castigo. En lo deportivo, Argentina quedó a las puertas de una medalla olímpica tras perder en el desempate ante Uruguay. Un año después, en un nuevo hito, Argentina ganó de forma invicta (7-0) el Mundial Universitario de Dortmund 53 y en 1955 lograría otra vez quedar en la historia durante los Panamericanos de México. En su camino a la medalla de plata, la Selección venció a Estados Unidos (54-53), que nunca había perdido un partido ni en Juegos Olímpicos ni en Panamericanos en su historia.
El plan revanchista
Habían pasado apenas meses de aquel triunfo cuando, en septiembre, nuestro país volvió a sufrir un golpe de Estado. Tras el súbito derrocamiento del gobierno de Perón en manos de la denominada Revolución Libertadora, el contexto nacional se tornaría muy diferente, puntualmente para los deportistas. El gobierno de Aramburu puso en funcionamiento a la Comisión Investigadora N° 49, la cual citó a declaración a más de 100 deportistas nacionales, entre ellos el piloto Juan Manuel Fangio, la tenista Mary Terán de Weiss, y el seleccionado completo de básquet, varios de ellos relacionados al peronismo. “Debe haber sido porque los éxitos fueron en ese tiempo, pero no por la ideología de sus miembros. La mayoría de los jugadores de aquel equipo eran antiperonistas y los beneficios que habíamos recibido no fueron tantos ni tan importantes…”, contó Ignacio Poletti. Algo que ratifican varios jugadores.
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La Selección de los Juegos de Londres.
“No nos regalaron ningún auto. Nos dieron una orden de importación (que estaba cerrada), pero al vehículo había que comprarlo. Incluso varios no lo hicimos porque éramos unos secos. La orden se la vendimos a un tal Ferro y sacamos dinero, pero nunca cobramos por jugar. Encima en la investigación nos trataron mal. Hasta nos preguntaron por el ‘cargamento que habíamos traído desde Helsinki’ cuando yo lo único mío habían sido cartones de cigarrillos y un juego de té”, contó Omar Monza.
En la época existía un “amateurismo marrón” que todos avalaban, incluso internacionalmente, pero luego terminó usándose en su contra. “En aquella época el amateurismo en el básquet era cosa del pasado”, aportó Furlong. “Así era, en todo el mundo había elasticidad y se les reconocía algo a los jugadores, pero acá suspendieron de por vida sólo por recibir una orden para poder importar un coche. En la FIBA se reían...", recordó Canavesi.
La Comisión, que también investigó (y castigó) las giras de Racing y el Club Palermo por Europa, alegó que los jugadores habían infringido el Código del Aficionado vigente. Aunque, en realidad, está claro que se trató de un plan revanchista que apuntaba a borrar todo vestigio positivo de la etapa peronista –incluso el gobierno, mediante un decreto, disolvió el Partido Peronista -. El deporte no fue la excepción y el básquet terminó la víctima que sufriría su odio con mayor virulencia, porque aquella conquista mundial había calado muy profundo en los sentimientos y en la memoria de los argentinos. “Nuestro gran pecado fue ganar el Mundial”, admitió Monza. Todos sus compañeros pensaban lo mismo. “No hay dudas que fue un revanchismo político porque había atletas que se destacaban a nivel mundial y eso a Perón le venía bien”, aportó González.
El ataque hacia el básquet, premeditado, feroz y sin concesiones, había comenzado antes, cuando una decisión del Comité Olímpico Argentino –avalada por una CABB intervenida- determinó en agosto del 56 que el básquet no participara de los Juegos Olímpicos de Melbourne. Aunque, claro, el golpe final llegaría el 27 de marzo de 1957, cuando los dirigentes Amador Barros Hurtado –interventor de la CABB desde 1956- y Luis Salluzzi –secretario - hipotecaron el futuro del básquet argentino por décadas al hacer oficial la inhabilitación de por vida.
Lo hicieron a través del Expediente 52/56 que aseguraba: “…se encuentra fehacientemente comprobado que numerosos jugadores recibieron de parte del gobierno depuesto órdenes para la introducción de automóviles, que algunos de ellos fueron premiados con sendos empleos en la administración pública, que de la plena prueba surge de que los jugadores han violado el Estatuto de la CABB y el Código del Aficionado…”, se leía, quitándoles de esta forma a los jugadores la condición de amateur que se requería para jugar en la época.
Otra historia
A partir de ese día, comenzó otra historia, en este caso repleta de fracasos y frustraciones, que se extendió durante 40 años. Los campeones del 50, encontrándose en el punto más alto de sus carreras, se vieron impedidos de seguir representando a su país, de luchar por sus sueños deportivos, de disfrutar del juego que simbolizaba su estilo de vida. El asesinato deportivo impuesto por la dictadura fue revocado 11 años más tarde –para 23 de los 36 suspendidos-, pero el mal ya estaba hecho. “Para nosotros, pero sobre todo para el semillero del básquet argentino. Sin estrellas se hizo imposible que los chicos se fijaran en nuestro deporte”, analiza González en el libro "1956, Donde Habita el Olvido" del fallecido Emilio Gutiérrez.
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Ricardo González, el único sobreviviente del seleccionado argentino campeón mundial en 1950.
Para tener más claro lo que pasó sólo que hay imaginarse que, años después del oro olímpico, un gobierno hubiese suspendido de por vida a Ginóbili, Scola, Nocioni, Pepe Sánchez y Oberto, entre otros. Eso, justamente, fue lo que pasó con la primera Generación Dorada del básquet argentino. Por eso esa foto, de la GD con el Negro González, significa todavía más: es un reconocimiento a un equipo al que verdaderamente le cortaron las piernas, en su mejor momento.