Sufrió violencia familiar, cayó en la droga, intentó suicidarse y hoy sueña con ser campeón del mundo. La historia de Oscar “la Bestia” Bonifacino se parece a la de tantos boxeadores que emergen desde el fondo, abriéndose paso entre golpes y carencias. Pero en su caso hay un valor agregado: también tuvo que pelear contra los prejuicios y la discriminación por su orientación sexual. Hoy es reconocido como el primer boxeador abiertamente gay de Sudamérica y el segundo a nivel mundial, detrás del puertorriqueño Orlando Cruz. En cada combate levanta una bandera que excede lo deportivo: la de la libertad, el orgullo y la resiliencia.
La dura historia de Oscar "la Bestia" Bonifacino, el boxeador que levanta la bandera LGBT y sueña con el título
Atravesó una infancia marcada por los abusos, el consumo y la represión de su identidad. El boxeo le dio una salida, lo ayudó a reconstruirse y a visibilizar su historia dentro de un deporte cargado de prejuicios. Este sábado peleará ante Álvaro “Black Panther” Correa.
Oscar nació hace 21 años en el asentamiento del barrio Benedetti, en Maldonado, Uruguay. Es el octavo de diez hermanos. Desde chico fue el blanco de la violencia de su padre, que percibía algo distinto en él. “Mi padre era violento solamente conmigo, no con mis hermanos”, recuerda en diálogo con C5N.
Su familia vivía del campo, pero ese mundo nunca le resultó propio: no le gustaban los caballos ni los otros animales. Su padre intentó “enderezarlo” a golpes y con trabajos forzados. Lo obligaba a levantarse a las cinco de la mañana para alimentar a los chanchos. Ese hostigamiento constante derivó en un trauma: se orinaba en la cama, y cada episodio terminaba en una golpiza y un baño de agua fría como castigo.
Las diferencias también eran materiales. Mientras sus hermanos estrenaban ropa, él heredaba lo que sobraba. En los cumpleaños, ellos recibían caballos; él, nada. “De chico entendí que mi vida iba a ser dura”. Con el paso del tiempo, y a medida que crecía su rebeldía, la violencia escalaba. “Sabía que al llegar a casa me iban a pegar. De adolescente no me dejaban salir, pero me escapaba igual. Volvía de madrugada y la paliza era segura”.
Su padre llegó a castigarlo con rebencazos y herramientas, como una “pico de oro”, dejándole marcas que Oscar ocultaba para que nadie descubriera lo que ocurría puertas adentro. “Me daba vergüenza ir en short al colegio. Tenía las piernas llenas de marcas. Nadie sabía lo que yo sufría”.
A ese contexto se sumaba otro conflicto que llevaba en silencio. Desde muy chico supo que le gustaban los hombres, pero lo ocultaba. “Me generaba mucha culpa. Quería ser ‘normal’. Vivía angustiado”. Incluso llegó a tener novias, sosteniendo vínculos que no sentía. “Era una farsa. Estuve un año y medio con una chica, pero por dentro sabía que no era lo que quería. Me acostaba llorando”.
La presión acumulada terminó por estallar. Un día decidió enfrentarse a su padre. Todo comenzó por el olor a cigarrillo en su ropa. Semanas antes había encontrado a su hermano menor fumando y le había explicado, con palabras, por qué no debía hacerlo. Con él no fue tan didáctico: le dio un piñazo. Oscar respondió con un cachetazo, en un intento de defenderse. Fue la primera vez que lo hizo, pero el desenlace fue brutal. Su padre lo levantó por los aires, lo arrojó al piso y siguió golpeándolo. “Ahí pensé: ‘ya está, un día de estos me va a matar’”.
Esa misma noche intentó suicidarse por primera vez. Fue al fondo de su casa, al galpón donde faenaban los chanchos, ató una soga a una viga y se subió a un banco. En una vivienda cercana estaba Jaqueline Rodríguez, su cuñada, una de las pocas figuras de contención en su infancia. Al no obtener respuesta cuando lo llamó para cenar, salió a buscarlo. La noche estaba iluminada por la luna llena y notó movimientos extraños. Cuando preguntó si era él, Oscar dudó, pero en ese instante el banco se deslizó y quedó colgando. “Empecé a moverme para todos lados. Cuando desperté, estaba en el hospital”.
Al abrir los ojos vio a su mamá, a un psicólogo y a un policía. Le preguntaron por qué había intentado quitarse la vida. Miró a su madre y entendió que decir la verdad implicaba que su padre terminara preso y que su familia lo rechazara. Eligió mentir: dijo que estaba drogado, aunque los análisis demostraran lo contrario.
Después de ese episodio, su vida se volvió más oscura. Aparecieron los consumos problemáticos y los conflictos constantes con compañeros y vecinos. Volvió a intentar suicidarse en otras oportunidades: se cortaba los brazos o ingería pastillas buscando pasar para el otro lado. “Esa vez me hicieron un lavado de estómago y zafé. No tuve ‘suerte’ con los intentos, gracias a Dios. Hoy puedo decirlo y hasta reírme, pero en ese momento fue muy duro”.
Subir al ring y salir del closet
“En esa época tenía muchos problemas donde estudiaba. Salía y me pelaba. Me miraban mal y me iba a las piñas, pero era por todo lo que pasaba en mi casa. Yo había naturalizado la violencia: para mí, pelear estaba bien”, recuerda Oscar. “Me drogaba. Tenía 17 años y me daba todo igual”.
El límite llegó de la peor manera. Se hizo el loco con alguien “más loco” y terminó con un tiro en el pie. Fue entonces cuando volvió a aparecer su cuñada, que lo enfrentó sin rodeos: si seguía así, el destino era la cárcel o la muerte. Le propuso una salida concreta: empezar boxeo. “Yo no tenía plata, pero ella me anotó igual con otros chicos del barrio. Quería sacarnos de la calle. Me llevó a la primera clase y, desde que pisé el gimnasio, no pude salir más”. Así empezó a entrenar con la boxeadora profesional Elizabeth Cabrera, quien se convirtió en su entrenadora.
Casi en paralelo ocurrió otro quiebre. En 2022, en plena pandemia, murió su padre. “Queda feo decirlo, pero ese día sentí tranquilidad: sabía que ya no me iban a pegar más. Me dolió por mis hermanos, que estaban destruidos. A mí me chocaba porque muchas veces le había deseado la muerte. Sentí culpa, pero después entendí que no podía controlar lo que sentía con todo lo que había vivido”.
El boxeo empezó a ordenarlo. Le dio disciplina, autocontrol y confianza. Sin embargo, algo seguía sin cerrar en su vida personal. Tras una pelea muy dura, su entrenadora lo cruzó: había sido un desastre. Él asumió la crítica y le pidió hablar al día siguiente. “Fue la primera persona a la que se lo conté. Nunca lo había hablado con nadie, ni con mi familia ni con amigos. Me abrazó y me dijo que nada iba a cambiar por mi orientación sexual”.
Ese gesto marcó un antes y un después. “Sentí lo mismo que cuando estás sucio y te bañás y te sacás toda la grela. Había hablado y no había pasado nada. Después de tantos años guardándolo, por fin me liberé. Ahí me empezaron a pasar cosas buenas: cambió mi cabeza, me independicé y me empezó a ir mejor en el boxeo y en la vida. Me volví más alegre”.
En el amateurismo acumuló 36 peleas, con récord de 28-8. El apodo nació arriba del ring. Antes de un combate, escuchó a un entrenador rival advertirle a su pupilo que si no noqueaba “al maricón” lo iba a cagar a palos. Oscar tomó nota y respondió peleando. “Lo cagué a palos. Cuando bajé, el entrenador me dio la mano y me dijo: ‘te felicito, te subestimé. Sos una bestia, me cerraste la boca’”. Desde entonces, “la Bestia” quedó para siempre.
El salto al profesionalismo trajo una decisión que excedía lo deportivo. Eligió subir al cuadrilátero con la bandera del orgullo LGBT en su indumentaria color rosa. En el ringside y en las tribunas, la escena generó desconcierto. “No lo hice para llamar la atención. Fue una respuesta a todo lo que sufrí y para romper el prejuicio de que en el deporte , y sobre todo en el boxeo, no podés tener otra orientación sexual. Hay que romper esos estigmas. En todos los deportes hay personas con distintas orientaciones”, explicó.
La repercusión fue inmediata y, en gran medida, positiva. Empezó a recibir mensajes de apoyo, incluso de otros boxeadores. “Muchos me decían que les hubiera gustado tener los huevos que yo tuve. También hubo gente que me escribió para contarme que, gracias a lo que hice, se animaron a hablar con su familia. Algunos me dijeron que les salvé la vida”.
Hoy encuentra sentido en ese impacto. “A mí no me da nada decir que soy homosexual. Al contrario, me agrega presión: nadie quiere perder contra un gay. Pero me llena saber que puedo ayudar a otros”. De todos modos, aclara que la decisión fue, antes que nada, personal. “Ahora me siento un hombre libre. Decido por mí y hago lo que quiero. Elijo mi felicidad y, si además puedo ayudar a alguien más a ser feliz, mejor. Con eso ya gané”.
En el gimnasio y sobre el ring, asegura, recibió respeto de compañeros y rivales. En redes sociales todavía aparecen mensajes de odio, aunque son minoría frente a los de apoyo, admiración y agradecimiento.
La Bestia VS. Black Panther, choque de invictos
Como profesional, Bonifacino ostenta un récord de 4-0-0 (3 KO). Se define como un boxeador con “instinto asesino”. “No tengo nada contra nadie, pero arriba del ring es simple: o me matás vos o te mato yo. Alguno de los dos va a salir con las manos en alto. Siempre digo que gane el mejor”.
Su perfil es claro: potencia y volumen. Tiene pegada de nocaut y una tendencia constante a tirar manos. En el amateurismo llegó a superar los 200 golpes por round, casi el doble del promedio. “Como profesional bajé la intensidad y subí la potencia. Me adapto a mis rivales: si tengo que boxear, boxeo; si hay que ir para adelante y castigar, lo hago. Me considero un boxeador bastante completo”.
Este sábado se medirá con Álvaro “Black Panther” Correa, también uruguayo e invicto (3-0-1, 1 KO). La pelea se podrá ver por TyC Sports Play y YouTube desde las 23. “El trabajo duro ya está hecho. Ahora espero el momento de subir al ring. Me siento preparado. Vengo de una pelea exigente que me dejó mucho aprendizaje, así que llego con otra cabeza”, asegura, confiado. “Siempre pienso que mis rivales son un pasaje a un lugar nuevo en mi carrera. Trato de dar lo mejor y ganar todo lo que pueda. Me encanta pelear, me encanta boxear”, agrega.
También anticipa una entrada a su estilo. “Lo que pasa en la pelea no depende solo de mí, pero la entrada sí. Por eso intento hacer algo distinto. Amo el rosado, es mi color favorito y mi cábala. Si tengo algo rosa en la ropa o el pelo ya me siento bien, me siento ganador”.
El objetivo, sin rodeos, es el máximo. Bonifacino sueña con conquistar un título, pelear en Estados Unidos y ser campeón del mundo. “Quiero mi cinturón, pero tengo paciencia. Estamos construyendo una carrera de verdad. Cuando llegue, va a ser uno de los buenos y voy a dejar todo para ganarlo”.
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