Cómo Gallardo transformó a River en dos meses: sus méritos, bajo la lupa

Volvió el líder de la Revolución Creer y los cambios que explican el invicto y la semi de Libertadores son muchos. Encima hizo explotar una crisis en su archirrival.

Volvió al líder de la Revolución Creer. Y se nota. En cada día de estos casi dos meses. En cada entrenamiento. En cada decisión. En cada orden o indicación. En cada respuesta de un jugador. En cada partido. En cada resultado. En el ambiente del equipo y del club. En la felicidad del hincha de River.

Cuando asumió Marcelo Gallardo, el 1° de agosto, todo comenzó a cambiar. Adentro y afuera, incluso en la vereda de enfrente. Lo que era una crisis incipiente, puertas para adentro, se disipó. Y lo que estaba stand by en La Boca, explotó al quedar las diferencias en evidencia durante el último sábado, en el superclásico.

En Nuñez, la salida de Martín Demichelis, responsable de un ciclo que tuvo buenas y malas pero ya estaba agotado hacía meses, descomprimió la situación pero, especialmente, fue la noticia del regreso de Napoleón la que generó un golpe de ilusión y confianza pocas veces visto en una masa popular.

Era entendible: volvía al club, mucho más rápido de lo esperado, un líder espiritual demasiado poderoso, el responsable de una “historia hermosísima”, el protagonista esencial del cambio de una historia o, al menos, de potenciar una ya muy grande. Un líder revolucionario, un tipo capaz de hacer creer hasta al más escéptico.

Pero, claro, a la parte emocional había que respaldarla con juego y resultados, como siempre en el deporte más pasional e ilógico del mundo. El Muñeco debía salir de la estatua y ponerse a trabajar, casi sin tiempo. Porque los desafíos en River son semanales y, además, en este caso, los octavos de final de la Libertadores estaban a la vuelta de la esquina. Nada menos que el objetivo que desvive al club, especialmente porque la final se jugará en su casa.

Y lo primero -y tal vez más importante- que hizo Napoleón fue el diagnóstico de situación, definir lo que necesitaba el equipo para potenciarse, qué puestos reforzar y con qué jugadores. Y Gallardo no perdió tiempo. En pocas horas frenó contrataciones, cambió decisiones -el regreso de Peña Biafore de Lanús y la llegada de Franco Carboni- y apuntó bien arriba, nada menos que a dos campeones del mundo. Lo de Pezzella ya no iba a hacerse pero, tras su llamado, se hizo en días. Y la bomba llegó con Marcos Acuña, algo que nadie esperaba. Ni Racing… Para potenciar el lugar más flojo de River en los últimos tiempos y completar una defensa de elite trajo a otra debilidad suya, Fabricio Bustos. El combo lo completó Maxi Meza, un viejo anhelo suyo, para tapar el hueco que la salida de Barco había dejado en el medio.

Hasta ese momento, la dirigencia de River, junto a Demichelis, había elegido no romper el chanchito. Los refuerzos, salvo Bareiro y Ledesma, habían llegado gastando poco (Gattoni, Carboni y Peña Biafore) y todo tenía gusto a poco pensando en lo que se venía.

La primera condición que puso Gallardo para volver fue sumar jerarquía internacional. “Si queremos ganar la Copa y estar en otro nivel, no podemos pensar tanto en el dinero a gastar”, les dijo, aunque no terminó desembolsando tanto como se creía. Ese cambio drástico en el mercado de fichajes potenció la ilusión de todos, especialmente de los hinchas.

Luego, durante los primeros días de trabajo, fue aumentando la exigencia para evaluar el material que tenía. Y en ese tiempo le fue diciendo a cada uno lo que pretendía. Y tomó decisiones, como quedarse con Gattoni y Fonseca, ambos que parecían tener camino de salida.

También diagnosticó que el equipo tenía un marcado déficit en la condición física -paliado con una minipretemporada en fechas FIFA- y que el cambio de estilo de juego, hacia uno más agresivo, llevaría tiempo. El empate ante Huracán lo dejó claro, fueron apenas 20 minutos -los primeros- de ilusión ante un rival más intenso y con un mejor mediocampo. Un déficit que se profundizó en el empate ante Gimnasia en La Plata. Ni siquiera estar arriba en el marcador alcanzó para cerrar el partido.

Por eso no sorprendió que en el primer partido pesado, en la ida contra Talleres, primero cuidara el cero en su arco. El gol de Paulo Diaz le dio aire para la revancha. El equipo entendió que había que hacerse fuerte de atrás para adelante, siendo sólido, luchando y estando atento a los detalles. El batallar el partido y apoyarse en la jerarquía individual fueron las llaves de la revancha que selló el pase a cuartos de la Copa, ante un rival que lo puso en aprietos por momentos.

Misma tónica que tuvo la llave contra Colo Colo. El equipo supo sufrir por momentos, se defendió bien y se metió en semifinales sin tanto juego pero con una marcada solidez defensiva y mentalidad, dos atributos de los equipos de un entrenador que ha ganado 62 de las 80 series mata a mata, un impactante 77% de eficacia. Un paso más para sentirse más confiado y preparado para los duelos, que se saben, mucho más difíciles ante los equipos brasileños. Primero, contra el Mineiro de Milito que asoma como un adversario bravísimo.

Este nuevo River de Gallardo viene ganando partidos y series, pero lo más importante tal vez es que viene ganando tiempo para alcanzar una mejor versión. Este mes que queda hasta las semifinales será fundamental para seguir preparando al equipo que quiere el Muñeco, sabiendo que hay que subir uno o dos niveles para lograr la ansiada quinta Libertadores.

Por lo pronto, en menos de dos meses mucho ha cambiado. Hay otra confianza y convencimiento. A nivel colectivo e individual. Y, también, una exigencia distinta. Se nota en Borja, por caso. Al colombiano se le mojó la pólvora en los últimos partidos, no está tan fino en los controles y especialmente en las definiciones, pero el foco está puesto en su esfuerzo. Ya van dos partidos que Gallardo le pide, a los gritos, otro compromiso en la movilidad y la presión. “Bravo no, bravísimo me voy a poner”, le dijo entre risas luego de gritarle que se entregara más o lo sacaba. De hecho, contra Colo Colo, lo sacó bastante rápido por Bareiro, un 9 que se siente más el juego sucio.

Así es con todos. Por eso no sorprende que los jugadores de River, el martes, ante un rival que dominó la posesión, se hayan tirado no menos de 10 veces al piso, barriendo en jugadas. Que jugadores de galera y bastón, como Bustos y Acuña, se hayan lucido en la trinchera. El equipo sabe sus limitaciones hoy. Todavía está lejos de ser el equipo que quiere Gallardo. Por ahora no fluye el juego, sólo de ratos. Por ahora ofensivamente es un equipo de pocos momentos, de jugadas, como la del gol de Colidio. Ahí tiene una llave. Al rubio, una debilidad según allegados, lo está recuperando. Como, de a poco, está haciendo con otros.

Como Nacho Fernández, su lugarteniente de tantas batallas, que hasta hace poco era resistido y parecía que no podía jugar 20 minutos. Bueno, ante Colo Colo, jugó los 90 y nadie dice nada. “Si Gallardo lo pone, por algo será…”, es una máxima que repiten los hinchas. Como Nacho y con todos. No hay cuestionamientos, ni en redes ni por lo bajo. Y eso ayuda. En los grupos de hinchas se debaten modificaciones, equipos, sistemas, cambios, pero todo termina en una frase. O alguna parecida. “Lo que decida el Muñe estará bien…”, es la forma en que termina cada discusión. Y -casi- todos acuerdan. Eso, antes, no pasaba. Al revés. Era sanguinaria la crítica a Demichelis. Gallardo, en cambio, une. En la confianza. En la esperanza. Tanto que Nacho y González Pirez volvieron a activar los mensajes en sus cuentas de Instagram…

Ya nadie habla de que Armani debería dejarle el lugar a Ledesma, pocos se atreven ya a cuestionar el ingreso de González Pirez luego de sus partidazos en La Boca y ante Colo Colo, y hasta se aplaude a Fonseca, tal vez el más criticado. El Muñeco, además, viene confiando mucho en Simón, para él la pieza que falta para potenciar un mediocampo que tendrá que jugar a otro nivel si River quiere ser campeón de la Copa. Ya nadie se enoja si no juega Etcheverry, ni si Mastantuono no es titular. Las dos joyas de la cantera pueden esperar... Ya nadie pide por el regreso de Enzo Pérez, básicamente porque Gallardo está recuperando a su 5, el Colo Kranevitter, que de a poco vuelve a ser quien fue en la etapa anterior del Muñeco. Las piezas se van acomodando, contrarreloj. Y todo tamizado con el efecto gallardista.

Y la exigencia, claro. Los que no están listos, van quedando en el camino, como Villagra o Solari, aunque ojo: nadie está descartado. Porque en River no hay titulares o suplentes. Hoy son estos, mañana nadie sabe… Porque nadie juega por el apellido. Nadie. Esa es una frase que les gusta repetir a todos los entrenadores, pero son muy pocos los que la aplican realmente. Sobran los ejemplos. Y esa, en el fútbol de alto rendimiento, es una de las formas de perder la confianza del jugador, que te mide minuto a minuto. Si no sos consecuente, si no vas de frente, si no sos justo, ni no sabés lo suficiente, si no los mejorás, en la intimidad perdés su confianza. Y, luego, las riendas del grupo.

En el caso de Gallardo esta forma de gestionar no es de ahora, fue su gran virtud en los 10 años anteriores. Fue una máxima que respetó a rajatabla. Nadie nunca tuvo el puesto asegurado y por eso hoy todos están metidos, sean Gattoni, Fonseca, Enzo Díaz, Casco o el que hoy parezca que no tiene lugar. Eso sí, si te bajoneas o te querés ir, estás out con Napoleón...

Marcelo va de frente, lo dice y luego lo aplica, no se queda en la teoría. Claro, tiene una espalda anchísima, mucho poder, pero lo fue construyendo. Con decisiones coherentes, sensatas, arriesgadas, que dieron resultados, que terminaron en jornadas épicas, históricas. Sobran leyendas.

Así va el proceso. Despacito y por las piedras, aunque con cambios notorios. Hay otro clima, otra tranquilidad, otra confianza, otra ilusión. Y resultados (un invicto de 10 partidos y el sexto pasaje a semifinales del ciclo Gallardo) que, como siempre, son determinantes. Como el de La Boca, que es todo un resumen del click y merece un párrafo aparte. Gallardo lo hizo otra vez, ante su máximo rival. En su casa. Y en medio de una serie de cuartos de Libertadores, nada menos.

Una forma de ganar fe y, a la vez, desatarle una crisis en la cara a su archirrival. Para dejar expuestas nerviosismos, improvisaciones, errores y actitudes distintas... El Muñeco decidió ir con suplentes y un sistema de juego que terminó en paliza táctica -en el primer tiempo- y expuso diferencias, a todo nivel, emocionales, futbolísticas, de plantel y funcionamiento. Mientras un club está en paz, confiado, ilusionado y unido, con una gestión liderada por su dios, el otro está convulsionado, dividido, enojado y gestionado de una forma que genera más polémicas y críticas que adhesiones… Todo made in Gallardo.

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