Sasha además de ser un ciudadano del mundo, es ante todo un argentino nacido en Núñez que, ahora reside gran parte de su tiempo en Vicente López, y otro en la ciudad o país donde lo requiera.
“Estoy acá en Estados Unidos fabricando una escultura para una placita nueva, que va a ir a un pueblo en medio de Iowa (al noroeste de EEUU)”, explicó Sasha mientras se hacía un tiempo para almorzar y dialogar con C5N.
Su paso por las artes electrónicas en la UNTREF (Universidad Nacional de Tres de Febrero) al terminar la secundaria fue fundamental para decidirse por el muralismo: “A la mitad de la carrera me llamó la atención pintar un mural en el patio de mi casa, yo venía leyendo mucho de sociología y cuestiones así, tenía como la necesidad de empezar a intervenir un poco en los espacios que habitaba”, relató y agregó que la aventura la inició con su primo Nicolás Germani, por eso lo de "primo".
Todo empezó con un grito, y no el del noruego Edvard Munch, aunque la angustia y la ansiedad adolescente si se podían ver en la tapa del disco In the Court of the Crimson King de la banda de rock progresivo King Crimson, que quedó retratada de forma gigante en la pared del patio de la casa de Sasha, entre rojos y violetas.
La tapa del disco de King Crimson quedó retratada en el patio de su casa.
Los primos intervinieron cuanta pared se interponía en su camino. Primero con cosas “medio random”, como un mono de la película Baraka, para después inclinarse por traer un poco de la cultura de los pueblos originarios de África a la urbana Buenos Aires. Ese choque de culturas fue dejando una huella: “Nos gustaba ese contraste de que estabas caminando por la calle y te encontrabas un rostro de alguien africano como mirándote con una cultura muy distinta, ese choque cultural nos interesaba mucho”.
Como el mural de seis metros de ancho por cuatro y medio de alto de una mujer de Sudán, ahora intervenido por la erosión de la naturaleza y los graffiteros bandidos, que está en de Roseti y 14 de julio en Villa Ortúzar, cuya sonrisa en primer plano invita a detenerse. “La idea era generar un momento de reflexión, sacarte un poco de la cotidianeidad y decir “qué loco esto, dónde estoy, qué significa esto”, generar como un pequeño choque”, explicó el artista.
Crisis y oportunidad: el arte como forma de resistencia
Casas, oficinas, cervecerías, centros culturales, murales publicitarios, de todo pintaron durante cinco años los primos hasta que empezaron a surgir otras necesidades y una decisión que le daría a Sasha el sentido a sus próximos pasos.
“Me mudé con unos colegas a una casa que se llamaba Muta, la iban a demoler para hacer un edificio, pero hicimos un centro cultural con actividades abiertas y gratuitas”, recordó el artista sobre aquella experiencia fundacional en 2017. Durante un año y medio, lo que iba a ser apenas tres meses se transformó en un hervidero de encuentros de dibujo, festivales de murales, diseño, música, comida y talleres de fotografía y la comunidad fue creciendo de manera orgánica.
Ese laboratorio cultural dejó huellas que aún se ven: “todavía hay algunos murales de un festival de murales que hicimos ahí, todavía están”, contó. Pero más allá de las paredes, lo que perduró fue la experiencia de gestión colectiva y multidisciplinaria. Sasha lo señala como el punto de partida de un recorrido mayor: “Eso fue bastante importante en lo que vino después de mi carrera, porque toda esa gestión cultural, toda esa comunidad multidisciplinaria dio lugar a un viaje de cuatro años por Latinoamérica, haciendo proyectos de playmaking y proyectos de urbanismo participativo”. Una etapa que marcó su manera de entender el arte urbano como motor de comunidad y transformación.
La obra del artista porteño tiene un sello comunitario.
Una metodología de trabajo de seis pasos
A partir de esa convivencia en comunidad, Sasha entendió que debía tomar sus propias fotografías y por eso emprendió el viaje a otros mundos. “Así que empecé a viajar por comunidades y dábamos talleres, entrevistas, hacíamos más investigación, y eso fue todo el inicio del enfoque de mi obra. Hoy en día es más participativa y tiene ese enfoque comunitario, que es como el fuerte de la obra, no es tanto lo técnico, sino el tema de lo comunitario y lo participativo”, explicó.
La obra del artista porteño tiene un sello comunitario: nada se hace en soledad, todo se construye con la gente. Su metodología participativa tiene seis pasos bien marcados: arranca con la investigación y entrevistas a vecinos, sigue con talleres grupales para validar ideas, después viene el diseño de la obra con feedback constante de la comunidad y los organizadores, y finalmente la etapa de producción —sea mural, escultura o instalación— junto con la activación del espacio. Es un ida y vuelta permanente, un ciclo de retroalimentación que asegura que la obra no sea solo su mirada personal, sino un reflejo colectivo que transforma el lugar y lo vuelve propio de quienes lo habitan.
“Nosotros promovemos que la comunidad se involucre, que el arte sea una excusa para que se pueda compartir y reflexionar en comunidad”. “Nosotros promovemos que la comunidad se involucre, que el arte sea una excusa para que se pueda compartir y reflexionar en comunidad”.
Además de su metodología de trabajo, Sasha trabaja con materiales pensados para durar y adaptarse al espacio público. En sus murales recurre a lo clásico: pintura acrílica de pared, látex, hidroesmalte y aerosoles, “eso es bastante estandarizado en el mundo mural”, dice.
Pero cuando se trata de esculturas e instalaciones, la apuesta cambia: metal, aluminio, vidrio y madera, siempre buscando proveedores locales para fortalecer la economía de cada lugar. La elección depende del contexto ya que no es lo mismo una plaza en Buenos Aires que una obra en el desierto, donde las temperaturas extremas obligan a descartar superficies metálicas para el contacto humano.
Ese enfoque de apropiación comunitaria también se replicó en otros países: en Quito, Ecuador, tras intervenir escaleras y murales en el barrio Tochtuco, los vecinos continuaron por su cuenta con nuevas obras y juegos en otra plaza. Para Sasha, lo más valioso es “plantar una semillita” y que la comunidad se apropie de las herramientas, expandiendo el arte como motor de transformación colectiva.
Entre la esfera de lo público y el financiamiento privado
“Últimamente trabajo 100% con el sector público. He trabajado también con financiamientos mixtos pero me he enfocado más en lo que es el sector público, así que trabajo muchísimo con ciudades, municipalidades, fundaciones”, explicó Sasha que además destacó que el futuro del muralismo argentino está atado, sobre todo, a la decisión política de los gobiernos. Para él, es clave que el Estado trace una línea clara y sostenga al sector con “fondos, becas, convocatorias, y que realmente sean pagos, y que sean bien remunerados”.
Hoy, advirtió, el muralismo depende casi exclusivamente del sector privado, que “cuenta su propia historia”, y por eso reclama políticas culturales que permitan un crecimiento armónico y sostenido.
Al mismo tiempo, señaló que el avance tecnológico también impacta en el arte urbano, reconociendo que las herramientas digitales e inteligencia artificial pueden ser útiles, pero advirtió que “tiene que ser eso, una herramienta más y no el ente creativo”. Por eso reivindicó volver al oficio, a lo manual y al encuentro colectivo: sentarse a dibujar y pintar sin un porqué, simplemente para compartir y promover el arte.
El avance tecnológico también impacta en el arte urbano.
En los últimos años, Sasha Primo expandió su arte hacia esculturas, instalaciones y espacios interactivos. Su próximo proyecto en Arizona será parte de un patio de juegos inclusivo, diseñado junto a la ciudad y actores locales. La propuesta busca integrar lo lúdico con la accesibilidad y la identidad de cada comunidad. Su horizonte creativo apunta a espacios educativos, simbólicos y participativos donde el arte urbano se cruza con el juego. "El crecimiento viene del intercambio más que del encierro", concluyó.