Vivimos en la era de la información. En 1997 el sociólogo español Manuel Castells utilizó esa definición para explicar el mundo de ese momento y se convirtió en el intelectual más citado del mundo por más de una década. Pudo nombrar algo que estaba comenzando a suceder, y que no hizo más que incrementarse en las primeras décadas del siglo XXI.
Infoxicación: el peligro de la sobrecarga informativa
Nombrar nuestra época como la era de la información empieza a quedar corto. Surgen términos como "infodemia" e "infoxicación", que buscan explicar las causas y los efectos de la fatiga o sobrecarga informativa. Cómo llegamos a esto y qué tenemos que tener en cuenta.
Pasamos de la era de la información, a la era de la hiperinformación. Y esto tiene efectos en nuestra forma de pensar, de actuar, de relacionarnos, que es urgente analizar.
La cantidad de información creada entre el inicio de la civilización hasta el año 2003 es la misma que hoy en día creamos diariamente. Según el informe Data Never Sleeps, en 2022 se estimaba que se crearían 97 zettabytes de información (1 zettabyte = 1000 millones de terabyte, 1 terabyte = 1000 gigabytes). Esto significa por ejemplo 5,9 millones de búsquedas por minuto en Google o 500 mil horas de contenido subidas por minuto a Youtube. Se prevé que estos números estarán cerca de duplicarse para el 2025.
En solo unas décadas ha crecido notablemente la gente con acceso a la información. Hoy más de 5 billones de personas tenemos disponible todo el conocimiento del mundo en nuestro lenguaje, además de que casi la totalidad produce contenido en esas casi 7 horas que pasamos por día en internet (Informe Digital 2023, We Are Social & Hootsuite).
Hay mucha más información de la que una persona es capaz de asimilar. Pero además, la información en exceso pierde calidad. Y hoy en día estamos en constante exposición a las fake news y a empresas que buscan generarnos más dependencia aún a sus servicios, persiguiéndonos con ayuda de algoritmos que parecen saber todo sobre nuestros gustos y consumos. Todo esto contribuye a una red sobresaturada, llena de información -muchas veces inútil, errónea o incompleta- y publicidad molesta e inservible -spam, banners, pop-ups-.
Pero todxs colaboramos: buscamos fotografiar y escribir todo, comunicar constantemente y guardar todo lo que vemos. Las personas, las empresas, los organismos públicos, nos la pasamos clasificando y almacenando datos.
Este exceso de información provoca un aumento del estrés, angustia y crea la situación denominada “sobrecarga informativa”. También conocida como “infodemia”, ya que cumpliría con dos cualidades esenciales de una pandemia: afecta a más de un continente y los casos se transmiten comunitariamente.
Pero también se la denomina “infoxicación”. La intoxicación es una reacción fisiológica que se produce como reacción ante una sustancia tóxica o en mal estado, y este nuevo término nos lleva a pensar que la información, cuando no es de calidad, no está chequeada o es demasiada, puede causar una reacción fisiológica en el organismo.
Esto se relaciona con el concepto de fatiga informativa: ante la sobrecarga informativa se generan síntomas como angustia, pérdida de memoria, trastornos de atención y ansiedad, perjudicando la atención, la toma de decisiones, la resolución de problemas y el aprendizaje.
Algunas cuestiones que se profundizan con internet y nos llevan a estos estados pueden ser por ejemplo la comparación de contenidos: con competidores, con personas conocidas o figuras públicas en redes sociales. Vemos partes de sus vidas o sus trabajos y sacamos conclusiones muchas veces erradas. No somos capaces de filtrar todo lo que vemos ni de definir si es verdadero o de calidad.
También puede generar FOMO (fear of missing out en inglés), un síndrome que refiere a la sensación de perderse algo, producido por el avance de la tecnología y la cantidad de redes sociales que se fueron creando, generando una infinidad de posibilidades y elecciones día a día que puede volverse abrumadora.. También puede generar falta de concentración, porque motiva la dispersión por el llamado “ruido digital” y la procrastinación.
¿Qué podemos hacer para evitar todo esto? Seleccionar fuentes de información que nos gustan y nos parecen serias, para consumir prioritariamente aquello en que confiamos y nos interesa. Eliminar plataformas que nos generen algunos de estos síntomas, como prevención, o reducir su uso. Organizar nuestro día y disponer de momentos para realizar ciertas metas o actividades diarias y otro momento para la dispersión y el uso de redes sociales.
Por último, ser consciente de nuestros hábitos, los sitios que frecuentamos, el impacto que puede tener sobre nuestra salud mental, y apuntar a consumir aquello que nos hace bien.
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