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Fue conocido como "el crimen sin nombre" por mucho tiempo pero se resolvió con un avance científico inesperado: cómo fue

Décadas después, un giro tan inesperado como científico cambiaría por completo el rumbo de la historia.

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  • Durante años fue mencionado simplemente como “el crimen sin nombre”, una causa que desveló a investigadores y dejó una marca profunda en la historia criminal europea. A pesar de contar con pruebas y testigos, el caso permaneció estancado, sin culpables ni respuestas claras, y se convirtió en un símbolo de los límites de la investigación tradicional.

    El avance en el caso llegó de la mano de nuevas técnicas de análisis genético y del trabajo del genealogista Peter Sjölund, quien aplicó métodos inéditos que ya habían permitido resolver otros casos complejos. Gracias a esta combinación de ciencia y persistencia, no solo se logró ponerle nombre al “crimen sin nombre”, sino que también se abrió una nueva etapa en la investigación criminal, capaz de reescribir casos que parecían cerrados para siempre.

    Cómo fue el crimen que tuvo un increíble avance científico para poder resolverse

    En 2004, un hecho estremecedor sacudió a la ciudad sueca de Linköping: un doble homicidio que permaneció sin resolver durante más de una década y media.

    El 19 de octubre, Mohamed Ammouri, de ocho años, fue atacado brutalmente por un individuo encapuchado mientras se dirigía a la escuela. Instantes después, Anna-Lena Svensson, una mujer de 56 años que presenció la agresión e intentó ayudar al niño, también fue asesinada. El ataque se produjo en un área céntrica y considerada segura, lo que generó una profunda conmoción social.

    Los testigos aportaron descripciones similares del agresor: un joven de alrededor de 20 años, con ropa clara y gorro oscuro, y señalaron que se retiró caminando con total tranquilidad. En el lugar se recolectaron elementos fundamentales, como el arma homicida, una gorra con sangre y restos de ADN. Sin embargo, a pesar de miles de interrogatorios y pruebas genéticas, e incluso con apoyo internacional, el caso no avanzó durante años.

    La investigación dio un vuelco recién en 2019, cuando una modificación en la ley sueca permitió utilizar bases de datos de genealogía privada con fines judiciales. A partir de allí, Peter Sjölund aplicó técnicas innovadoras que combinaron genética forense y estudios familiares para reconstruir el posible origen del agresor.

    Finalmente, en 2020, el ADN recolectado coincidió con el de Daniel Nyqvist, un hombre que había llevado una vida aparentemente normal cerca de Linköping. Tras ser arrestado, admitió su responsabilidad y declaró que actuó guiado por impulsos obsesivos, eligiendo a sus víctimas de manera aleatoria.

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