El sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez que, a los 96 años, fue clave en un juicio histórico

Juan Carlos Livraga tenía 24 años cuando fue detenido, fusilado y dado por muerto en un basural de José León Suárez. A casi 70 años de aquellos hechos, el único sobreviviente que sigue con vida volvió a declarar en el juicio que acaba de reconocer los fusilamientos de junio de 1956 como delitos de lesa humanidad.

Con la vez algo quebrada, pero con la lucidez intacta, Juan Carlos Livraga dio testimonio desde Estados Unidos, donde vive desde la década de 1960, en el llamado Juicio por la Verdad de los Fusilamientos de José León Suárez. La suya fue una declaración fundamental porque se trata del único de los siete sobrevivientes de aquel nefasto episodio que aun sigue con vida.

No se trata, además, una historia cualquiera, sino una de las más dramáticas de todas las que tuvieron lugar aquella noche del 9 de junio de 1956, cuyos hechos acaban de ser reconocidos como delitos de lesa humanidad, en un fallo histórico de la Justicia Federal de San Martín, anunciado ayer.

Esa noche, Juan Carlos Livraga, chofer de colectivos de 24 años, se había empilchado para ir a una cita a con una chica del barrio, a la que nunca llegó. Tuvo la mala fortuna de pasar por la casa de unos conocidos a escuchar por radio una pelea de boxeo. La transmisión -Livraga lo ignoraba- iba a servir para comunicar un levantamiento un grupo de militares y civiles encabezados por el general Juan José Valle. Se estaban por cumplir nueve meses del derrocamiento de Juan Domingo Perón a manos de la autodenominada "Revolución Libertadora" y la resistencia peronista buscaba detonar una sublevación que reestableciera el orden constitucional y propiciara el regreso del líder exiliado.

Qué ocurrió durante la noche de los fusilamientos de José León Suárez

El levantamiento estaba previsto para comenzar a las 23 horas del sábado 9 de junio de 1956. Como parte de la organización, militantes peronistas distribuidos en distintos puntos del país debían esperar una señal transmitida por radio. La pelea por el título sudamericano entre Eduardo Lausse y el chileno Humberto Loayza, que se emitía desde el Luna Park, serviría de cobertura para la difusión de la proclama revolucionaria.

Sin embargo, el plan comenzó a desmoronarse incluso antes de iniciarse. Aproximadamente media hora antes de la hora pactada, los encargados de poner al aire la transmisión vinculada al levantamiento fueron detenidos, lo que dejó sin coordinación a gran parte de la estructura que iba a protagonizar el levantamiento.

Uno de los puntos de reunión de los sublevados era la -luego famosa- casa de la calle Hipólito Yrigoyen 4519, en la localidad bonaerense de Florida. Allí se había congregado un grupo de hombres para escuchar la pelea y aguardar instrucciones. Entre ellos había militantes peronistas, trabajadores ferroviarios, empleados y algunos opositores al régimen. También estaba Livraga, quien según distintas reconstrucciones no formaba parte activa de la conspiración y había llegado principalmente para escuchar la transmisión.

La reunión transcurría con aparente normalidad cuando la policía irrumpió en el lugar. Los agentes buscaban a Raúl Tanco, uno de los principales organizadores de la sublevación junto a Valle. Aunque no lo encontraron, decidieron detener a todos los presentes. Décadas después, Livraga recordaría una de las escenas de aquella noche. Según su relato, recibió un golpe con la culata de un fusil que lo dejó inconsciente. Cuando recuperó parcialmente el conocimiento, era arrastrado hacia un vehículo policial. Uno de los uniformados se burló de él. “¿Con esta facha pensabas hacer la revolución?”, le preguntó.

El fusilamiento y la salvación milagrosa de Livraga

Los detenidos fueron trasladados primero a una comisaría. Allí permanecieron durante algunas horas sin saber cuál sería su destino. En lugar de ser puestos a disposición de la Justicia, fueron llevados en la madrugada del 10 de junio a un descampado ubicado en José León Suárez, en el partido bonaerense de General San Martín. El lugar era un basural semidesierto, iluminado únicamente por los faros de los vehículos policiales.

Lo que ocurrió allí se transformaría en uno de los hechos más emblemáticos de la violencia estatal en la Argentina del siglo XX. Los detenidos fueron obligados a bajar de los camiones y caminar hacia el terreno baldío. Algunos comprendieron inmediatamente lo que estaba por suceder. Cuando resultó evidente que iban a ser ejecutados, varios intentaron escapar. En medio de la oscuridad comenzaron las corridas, los gritos y los disparos.

Livraga optó por una estrategia desesperada. Se arrojó al piso y permaneció inmóvil entre los cuerpos. Mientras los disparos resonaban alrededor suyo, intentó controlar la respiración para simular estar muerto. La maniobra estuvo a punto de salvarlo, pero uno de los oficiales advirtió que seguía con vida.

“Este respira, disparale”, escuchó decir.

Una bala le destrozó la nariz, otra atravesó la mandíbula y la dentadura, y una tercera impactó en uno de sus brazos. Los policías lo dieron por muerto y abandonaron el lugar. En el basural quedaron cinco cadáveres. Livraga y Horacio Di Chiano, aunque gravemente heridos, seguían vivos.

Cuando recuperó la conciencia, el frío y el dolor eran insoportables. Aun así logró ponerse de pie y comenzó a caminar en busca de ayuda. Tras avanzar varios metros llegó hasta una ruta cercana, donde terminó desplomándose frente a una garita policial. Los agentes que lo encontraron lo trasladaron al Policlínico de San Martín. Allí recibió las primeras curaciones de emergencia y alcanzó a comunicarse con su familia.

Poco después de ser atendido, fue retirado del hospital por efectivos policiales y permaneció desaparecido durante 28 días. Durante ese período estuvo recluido en un calabozo de la Comisaría Primera de Moreno, prácticamente sin asistencia médica pese a la gravedad de sus heridas. La situación hacía temer que las autoridades buscaran que muriera para eliminar uno de los testigos del fusilamiento.

Finalmente, tras diversas gestiones encabezadas por su padre y por el abogado Máximo von Kotsch, cercano al futuro presidente Arturo Frondizi, Livraga fue trasladado a la cárcel de Olmos. Allí recibió atención médica y protección por parte de otros detenidos. También se reencontró con Miguel Ángel Giunta, otro de los sobrevivientes del basural, quien había sufrido graves secuelas psicológicas después de ser sometido a simulacros de fusilamiento.

El germen de "Operación masacre", el libro icónico de Rodolfo Walsh

El 17 de agosto de 1956, poco más de dos meses después de la masacre, Livraga recuperó la libertad. Recién entonces pudo someterse a intervenciones quirúrgicas destinadas a reparar parcialmente las lesiones que habían destruido parte de su rostro.

Meses después, cuando el episodio parecía destinado a perderse entre rumores y silencios oficiales, apareció Rodolfo Walsh. A fines de 1956, mientras frecuentaba un café de La Plata donde se reunían aficionados al ajedrez, escuchó una frase que despertó su curiosidad. Un conocido le aseguró que existía un hombre que había sobrevivido a los fusilamientos. “Hay un fusilado que vive”, le dijo.

Aquella revelación llevó a Walsh a iniciar una investigación exhaustiva. La búsqueda de ese sobreviviente terminó conduciéndolo hasta Juan Carlos Livraga. Su testimonio, junto al de otros participantes y sobrevivientes, permitió reconstruir los hechos y demostrar que varias personas habían sido ejecutadas ilegalmente cuando aún no estaba vigente la ley marcial invocada por el gobierno.

El resultado fue la publicación de Operación Masacre en 1957. El libro reveló detalles desconocidos de los fusilamientos y cuestionó la versión oficial de los acontecimientos. Con el tiempo se transformó en una obra de referencia del periodismo y en una de las primeras obras maestras de lo que luego se conocería como narrativa de no ficción.

Tras recuperar la libertad, Livraga decidió rehacer su vida lejos de la Argentina. Se radicó en Estados Unidos y en 1979 adoptó la ciudadanía de ese país. Durante décadas mantuvo un perfil bajo, aunque continuó siendo una referencia ineludible para investigadores, periodistas e historiadores interesados en reconstruir aquellos hechos.

Su figura volvió a cobrar visibilidad en marzo de 2007, cuando fue recibido por el entonces presidente Néstor Kirchner. Para entonces, los fusilamientos de José León Suárez ya ocupaban un lugar central en la memoria histórica argentina y eran considerados uno de los antecedentes más significativos de la violencia política ejercida por el Estado contra movimientos populares y de resistencia durante el siglo XX.

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