Carmen Di Nella: "La crisis económica se ha convertido en un obstáculo real para la constancia terapéutica"

En una Argentina atravesada por la incertidumbre económica, la caída del poder adquisitivo y la inestabilidad laboral, la crisis dejó de ser un dato macroeconómico para convertirse en una experiencia íntima que impacta de lleno en la salud mental de las familias_

La licenciada Carmen Di Nella, especialista en clínica infanto-juvenil, advierte que la problemática económica ya no es un contexto periférico del tratamiento terapéutico, sino un factor central que interrumpe procesos, posterga consultas y redefine prioridades familiares. “A veces, el silencio en el consultorio no es clínico, sino económico”, señala con contundencia.

Angustia, incertidumbre y tratamientos interrumpidos

La pérdida de empleo, los ingresos inestables y la dificultad para sostener gastos básicos generan un cuadro persistente de angustia en adultos que, inevitablemente, se filtra en la dinámica familiar. En el espacio terapéutico, esa tensión se traduce en consultas atravesadas por la ansiedad financiera y, en muchos casos, en la imposibilidad de sostener la continuidad del tratamiento.

“Como profesional de la salud mental, observo con preocupación cómo la inestabilidad económica se ha convertido en un obstáculo real para la constancia terapéutica”, explica Di Nella. La terapia, por definición, requiere regularidad, encuadre y previsibilidad; variables que chocan con la precariedad económica de muchas familias argentinas.

El fenómeno no es menor: cuando la urgencia por garantizar el sustento básico domina la agenda cotidiana, el trabajo sobre el mundo interno queda relegado. La angustia por “llegar a fin de mes” desplaza la elaboración psíquica del malestar. En ese escenario, el tratamiento comienza a negociarse en términos administrativos —frecuencia quincenal en lugar de semanal, pausas prolongadas, interrupciones abruptas— con el consiguiente deterioro del proceso clínico.

psiclloga

Los niños, los más expuestos

El impacto se vuelve especialmente crítico en la clínica infanto-juvenil. Los niños, sensibles a las tensiones del entorno, absorben la preocupación de los adultos y la traducen en síntomas: trastornos del sueño, terrores nocturnos, miedos intensificados, irritabilidad o retraimiento.

“Las urgencias económicas de los adultos terminan silenciando el malestar de los más chicos”, advierte la especialista. Paradójicamente, cuando el niño logra poner en palabras la angustia que atraviesa al sistema familiar, muchas veces el tratamiento se interrumpe por falta de recursos.

La consecuencia es doble: procesos terapéuticos truncos y menores expuestos a una realidad que los desborda. La salud emocional infantil queda así supeditada a un presupuesto familiar tensionado por la inflación y la pérdida de ingresos.

La salud mental como prioridad social

La crisis económica no solo erosiona el bolsillo: también fragiliza el entramado emocional de la sociedad. Cuando la salud mental se convierte en una variable ajustable, el costo a mediano y largo plazo puede ser mayor que cualquier indicador financiero.

“Mi compromiso sigue siendo el mismo: ser la voz de esos niños cuando el ruido de la urgencia material intenta callarlos”, concluye la profesional. En tiempos de incertidumbre, la clínica se transforma en un acto de sostén humano frente a un escenario que exige respuestas integrales.

La pregunta que queda abierta es colectiva: ¿puede una sociedad permitirse relegar la salud mental cuando las crisis económicas se vuelven estructurales? En los consultorios, la respuesta ya se está escribiendo todos los días.