Gualeguaychú no amaneció como un sábado cualquiera. Desde el viernes 1 de mayo las calles de la ciudad entrerriana se fueron llenando de fanáticos de La Renga que comenzaban el banquete para disfrutar el último recital de la banda antes de su gira por Europa.
Pasaron trece años desde aquella mítica noche de 2012 en el Corsódromo, pero la ansiedad de los mismos de siempre se sentía como si hubiera sido ayer.
La ciudad se tiñó de rojo y negro. La calle Morrogh Bernard dejó de ser un paso costero para transformarse en un santuario pagano. Las banderas con frases de la banda, con el nombre de las ciudades de donde venían, adornaron las calles y el clima acompañó la jornada.
Esta vez, el escenario no fue el centro de la ciudad, sino el flamante Espacio Astra. Ubicado estratégicamente en el ingreso al Camino de la Península, el predio tuvo su bautismo de fuego. La Renga fue la encargada de cortar la cinta de este nuevo polo de eventos, y lo hizo de la mejor manera: con un lleno total que promete posicionar a Gualeguaychú en el mapa grande de los estadios nacionales. A pesar de la marea humana, la logística funcionó como un reloj.
A las 21.30 sonaron los primeros acordes de Buena ruta hermano, uno de los últimos temas que forma parte de la película Totalmente poseído. El rugido de la bestia rock se hizo sentir por más de tres horas de show y la marea de fanáticos saltó, agitó y pogeó en cada canción.
Chizzo, Tete y Tanque, junto a la potencia de Manu en el saxo, desplegaron un setlist que fue un viaje de ida y vuelta entre las nuevas canciones y los clásicos que ya son parte del ADN del rock argentino. Una de las sorpresas fue cuando la banda interpretó Blues de Bolivia, una canción que no sonaba en vivo desde el 2012 cuando la banda se presentó en el Estadio Cubierto Unión de Santa Fe.
Las banderas se agitaban como mareas en el campo, y cada estribillo era gritado con la urgencia de quien recupera algo que le pertenece. La banda mostró esa solidez de tres décadas de ruta, sonando tan cruda y real como en sus comienzos.
Como en cada despedido, La Renga se fue, como siempre, hablando de la libertad. Pero el eco de sus guitarras quedó flotando en el río, confirmando que, pase el tiempo que pase, el banquete siempre está servido para quienes saben esperar.