Las urgencias del Gobierno y los debates de fondo

El oficialismo intenta hacer pie en medio de una de las mayores corridas cambiarias de los últimos tiempos y con la inflación en alza. La pelea por la puja distributiva.

Si bien la semana que pasó estuvo centrada en las grandes turbulencias financieras y cambiarias (y en cómo estás repercuten en la economía real) tuvo un componente político fuerte que condiciona lo que viene. En efecto, tanto en su origen como en sus consecuencias, la política es el componente central de una de las mayores corridas contra el peso de los últimos tiempos.

Han sido muy mencionados los aspectos económicos y no es el objeto de esta nota abundar en ellos, por eso nos centramos en el contexto en el que se producen. Para algunos, en la semana en que nos enteramos que una familia necesita de 104 mil pesos para no ser pobre, la discusión central no debe residir en la pobreza sino en la distribución de la riqueza y en cuánto puede hacer el Estado para regular eso. Una respuesta rápida a esto muestra que en los últimos años ha demostrado que puede hacer poco. En efecto, Si pensáramos por fuera del sufrimiento de gran parte de los argentinos que no llega a fin de mes, podríamos señalar que el bienio 21-22 ha mostrado a nuestro país en un crecimiento que no muchos en el mundo pueden ostentar.



¿Esta mención nos permite minimizar la crisis que enfrentamos? Claramente no. Pero sí avanzar en el análisis previo. La puja distributiva que se instaló en los tiempos post pandemia alcanza niveles insospechados con un gobierno que por momentos parece no poder mensurar sus alcances.

Todos los debates internos del Frente de Todos están cruzados por el tema. Es por eso que, más allá de acercamientos momentáneos, son tan difíciles de sintetizar. Porque no se trata de intrigas palaciegas o peleas de poder sino de diagnósticos enfrentados acerca de cómo se debe incidir en la puja distributiva. El problema es que ese enfrentamiento también generó las condiciones de debilidad para que el sector más poderoso de nuestra sociedad, presionara para conseguir mayores beneficios.

La tormenta perfecta se viene desatando desde hace mucho y, por supuesto, tiene algunos componentes inesperados e inevitables y otros que no. La pandemia y el alza de precios de energía y alimentos por la guerra están entre los primeros. La endeblez de nuestra economía a partir de la toma de deuda irresponsable del macrismo está en el límite entre las dos circunstancias porque el acuerdo con el FMI fue uno de los orígenes del debate fratricida en el que se sumergió la coalición de gobierno.

Las dilaciones a la hora de tomar decisiones, las marchas y contramarchas y los errores no forzados forman parte de lo que el Frente de Todos puso de sí para agravar la situación. En este punto, nos parecería injusto no reconocer que lo que vivimos aquí se replica en casi todas las latitudes. No hay oficialismo en el mundo que haya tenido las cosas fáciles en los últimos tres años con situaciones de extrema inestabilidad incluso en países centrales. Allí están las renuncias de Boris Johnson, Mario Draghi y la debilidad del propio Joe Biden como ejemplos rápidos. De hecho, con su compulsión por importar situaciones de otros lugares, la oposición de derecha ha respondido a la situación política que produjo la crisis financiera de estas semanas con una extemporánea y desestabilizadora violencia.

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No fueron pocos ni marginales los dirigentes de Juntos por el Cambio y sus satélites de derecha que hablaron acerca de la finalización del mandato o situaciones parecidas. No hay ninguna razón objetiva para dudar acerca de la estabilidad institucional de la Argentina y dudarlo parece de una irresponsabilidad supina, teniendo en cuenta los sufrimientos que se produjeron en el pasado cuando vivimos episodios como los que auguran.

Pocas cosas pueden señalarse como positivas de momentos como este pero hay una que si es interesante destacar. Las justificaciones de ciertos representantes de las patronales agrarias a la demanda para que liquiden sus existencias granarias alojadas en silobolsas a la largo de todo el territorio mostraron algo nuevo. Por primera vez en mucho tiempo no recurrieron a hipérboles patrióticas o a eufemismos. Admitieron que defienden intereses económicos y que su presión por conseguir liquidar con un dólar más caro está vinculada a una puja económica.

silobolsas

Parece un consuelo menor contar con esa aceptación pero es la condición de posibilidad de que los debates sean más honestos. Quizás así se puedan delimitar mejor las pulseadas por intereses concretos y avanzar en intentar encausarlas.

El Presidente y varios de sus ministros aseguraron en muchas oportunidades que el objetivo de este año era que los sueldos le ganaran a la inflación. Hoy parece eso una quimera compleja en función de las condiciones internas y externas, pero tranquiliza saber que el objetivo no ha variado. Alberto Fernández dijo el viernes: "Haremos todo lo que esté en nuestro alcance para que la puja distributiva esta vez se vuelque en pos de los que trabajan y de los más necesitados". El objetivo parece claro, el camino para alcanzarlo lleno de dificultades.

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