ver más

La bandera que incomodó al Gobierno: el grito por Malvinas en la cancha frente al silencio oficial

Un episodio que demostró que la transgresión sirve, muchas veces, para poner sobre la mesa temas de los que algunos prefieren no hablar u ocultar.

  • Agregar C5N en
  • “Banderas en tu corazón, yo quiero verlas ondeando, luzca el sol o no”, susurraría el Indio Solari mientras la tribuna se sacude en devoción. Y esa devoción bajó en coro, al unísono, desde las gradas, desde la tele, desde el cielo, desde cada rincón de la Argentina hacia un lejano campo de juego en Atlanta. Devoción a nuestra patria, a la pelota, a los colores, al fútbol y a los trapos. El miércoles, en el centro de la cancha, no se instaló un trapo cualquiera. Fue un reclamo nacional que a muchos les hizo comprender aquello del vox populi y, a decir verdad, a algunos les tembló la banqueta.

    Porque el miércoles quedó en claro lo que puede una bandera, pintada a los apurones, desprolija, improvisada, pero llena de pasión, que cobró una significación sin precedentes. Un episodio que nos demostró que la transgresión sirve, muchas veces, para poner sobre la mesa temas de los que algunos prefieren no hablar u ocultar; que nada se logra si unos pocos rebeldes no se atreven a desafiar la regla impuesta; y que toda prohibición nace para algún día ser burlada. Una bandera que unió a todo un país porque es memoria compartida, es el reclamo que atraviesa generaciones y es una derrota profunda que todavía duele.

    Una sábana convertida en hazaña, desplegada por los tipos más famosos del mundo, unos atrevidos con chapa, que solo llevaba una frase que los argentinos aprendimos desde chicos en el colegio: "Las Malvinas son argentinas". Y el mundo se detuvo unos segundos. Por primera vez, millones de personas vieron un reclamo que la Argentina sostiene desde 1833.

    Pero ellos no solo estaban celebrando una victoria deportiva, sino que estaban rompiendo el absurdo de una prohibición aceptada por el Gobierno argentino, a espaldas y en contramano del sentimiento de toda una Nación, que impedía el ingreso de consignas con referencias a nuestras islas.

    Un dislate, un sinsentido que no impedía el ingreso de mensajes discriminatorios, sino que dejaba fuera una consigna respaldada por la Constitución Nacional, por décadas de política exterior argentina, por resoluciones de las Naciones Unidas y por un reclamo diplomático sostenido, sin interrupciones.

    Resultó irritante ver a la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, ratificar la decisión en un programa de televisión, equiparando nuestro legítimo reclamo histórico con los llamados “mensajes de odio” y reduciendo la imagen entrañable del recorte de nuestras islas Soledad y Gran Malvina al despectivo término de “mapita”.

    Las redes estallaron y todos los sectores de la sociedad rechazaron una medida que pretendía ignorar que la cuestión Malvinas pertenece al corazón del pueblo y que atravesó la vida de muchos de nuestros compatriotas en 1982.

    Ninguna persona con un gramo de sensatez confunde un partido de fútbol con una guerra. Pero, al mismo tiempo, no queda argentino que no sepa que un partido con Inglaterra jamás puede ser considerado un partido más. Para nosotros y para ellos, las emociones mezcladas y los sentimientos cruzados lo convierten en algo distinto. Basta ver las expresiones de la mayoría de los medios británicos tras la derrota.

    Como si lo vivido, lo prohibido y lo dicho no hubieran sido suficientes, apenas terminado el encuentro, el presidente Javier Milei decidió profundizar la polémica. En una entrevista radial concedida a Radio Mitre cuestionó el gesto de los futbolistas y sostuvo que “las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patriotismo barato”.

    Vale entonces hacerse una pregunta. ¿Dónde está esa diplomacia sabia?

    Porque mientras cuestiona una bandera desplegada durante algunos segundos en una cancha de fútbol, el proyecto petrolero Sea Lion continúa avanzando en la Cuenca Norte de Malvinas, en aguas cuya soberanía la Argentina reclama desde hace casi dos siglos. Y mientras se habla de prudencia diplomática, la petrolera israelí Navitas Petroleum lidera hoy el desarrollo del mayor emprendimiento hidrocarburífero, asociado con la británica Rockhopper Exploration, explotando recursos cuya autorización la República Argentina jamás concedió. Un proyecto que comenzó hace quince años y que, en 2015, fue condenado por nuestra Justicia Federal, que ordenó embargos y resoluciones que favorecían a la República Argentina, pero que no pudieron ejecutarse frente a la negativa británica de cooperar y a la ausencia de herramientas internacionales eficaces para hacer cumplir la sentencia impuesta.

    En diciembre de 2025, el Mercosur volvió a respaldar el legítimo derecho que asiste a la Argentina para promover acciones legales contra esas actividades no autorizadas a través del Derecho Internacional. Pero, desde entonces, ninguna acción concreta se ha impulsado, salvo una queja formal ante el Reino Unido.

    Existe una pregunta que se nos ocurre legítima.

    Si el Presidente mantiene una relación política privilegiada con Israel, ¿por qué nunca intentó utilizar ese vínculo para abrir una instancia de diálogo con Navitas Petroleum o solicitar una intervención del gobierno israelí frente a una empresa que controla el 65 % del proyecto y que promete comenzar sus extracciones hacia 2028? La diplomacia consiste en utilizar todas las herramientas políticas disponibles para defender los intereses nacionales.

    En esta comedia de enredos en la que parece haberse convertido la realidad argentina, el mismo día en que la Selección le ganaba a Inglaterra, la Cancillería hacía público un comunicado en el que informaba sobre la nota de protesta presentada al gobierno británico por los movimientos del HMS Medway, un patrullero de la Marina Real que atravesó el mar territorial argentino entre las Islas Malvinas y Punta Arenas sin completar los procedimientos exigidos por la Prefectura Naval Argentina. Lo que nadie logra comprender es por qué, si el derrotero del buque se desarrolló entre el 4 y el 8 de julio, el comunicado oficial recién fue emitido el día 13. Una curiosidad que sería saludable que el canciller Pablo Quirno explicara, sin necesidad de convertir cada pregunta en un enfrentamiento político o en una discusión de redes sociales.

    En el marco de las contradicciones habituales, nuestro Presidente, en abril de 2025, pronunció una frase que, quizá, le pareció ingeniosa: “Anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies. Por eso buscamos ser una potencia, a punto tal que ellos prefieran ser argentinos”.

    Una afirmación que se estrella contra una contradicción difícil de ignorar.

    La frase tensiona la posición histórica de la Argentina respecto del principio de libre determinación de los pueblos, tal como quedó establecido durante el tratamiento de la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, aprobada el 16 de diciembre de 1965, durante el gobierno del doctor Arturo Illia. La comunidad internacional reconoció entonces la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido, la encuadró como una situación colonial pendiente de resolución e instó a ambos países a negociar para alcanzar una solución pacífica.

    Desde entonces, la Argentina sostuvo con absoluta claridad que el principio de autodeterminación no resulta aplicable al caso Malvinas porque la población británica establecida en las islas constituye una población implantada luego del desalojo por la fuerza de las autoridades y habitantes argentinos en 1833. Esa ha sido, durante más de medio siglo, la posición jurídica de nuestro país y el fundamento central de todos sus reclamos diplomáticos.

    Alguien debería recordarle al Presidente que la diplomacia no consiste en decir todo lo que se piensa. Por el contrario, la buena diplomacia suele callar aquello que puede debilitar una negociación. Una palabra pronunciada con ligereza puede hacer retroceder años de trabajo paciente y silencioso.

    Así las cosas, nuestra bandera improvisada terminó siendo más heroica y eficiente que decenas de discursos cuidadosamente redactados. Según Google Trends, el interés mundial por la palabra “Malvinas” creció un 2.400 % en las horas posteriores al partido. En el Reino Unido, las búsquedas aumentaron un 1.700 %, el registro más alto desde que la plataforma elabora esas estadísticas. En todo el mundo comenzaron a multiplicarse las consultas sobre “Malvinas”, “Falklands” y el significado político de la consigna que exhibieron los jugadores argentinos. En Inglaterra, millones de personas empezaron a formular una pregunta que durante décadas jamás se habían hecho: ¿por qué la Argentina reclama las Islas Malvinas? De pronto, un tema que durante años había permanecido fuera del radar internacional volvió a instalarse en la conversación pública.

    Pasarán los años, así como pasaron desde que Ratín se sentó sobre la alfombra roja de la Reina, en señal de rechazo y desaprobación, en 1966, a pesar de la derrota; así como pasaron desde que Maradona selló el gol con la Mano de Dios y, cuatro minutos después, el Gol del Siglo.

    Ya nunca ningún argentino olvidará esa bandera con letras desparejas, sin molde ni diseño, mal recortada, resultado del apuro y la urgencia por llegar a tiempo para cantarle al mundo que nadie puede prohibirte aquello que te asiste por derecho, por verdad y por amor a la patria. Una bandera que nació para contarle al mundo que, en los mares del sur, hay un lugar cautivo llamado Malvinas, que para los argentinos sigue expresando una convicción y un sentimiento que atraviesa generaciones enteras y al que nunca vamos a renunciar.

    Las Malvinas fueron, son y serán argentinas.

    últimas noticias

    Las emocionantes palabras que Dalma Maradona le dedicó a Messi tras la final del Mundial 2026

    Hace 15 minutos

    EEUU no da tregua y volvió a atacar a Irán: desde Teherán amenazan con un contraataque

    Hace 25 minutos

    Reforma laboral: el Gobierno cambió por decreto el cálculo de contribuciones a los sindicatos

    Hace 34 minutos

    Los salarios registrados cayeron en ocho de lo últimos nueve meses

    Hace 43 minutos

    Mario Pergolini se mostró enojado y reveló lo que menos le gustó de la final del Mundial 2026: "Ojalá lo prohíban"

    Hace 54 minutos