Malvinas es uno de esos temas que los argentinos llevamos prendidos en el alma y el corazón, de los que necesariamente deberíamos hablar todo el tiempo, pero a sabiendas de que detrás de cada palabra pronunciada se mueve un hilo sagrado que nos conecta con la intrusión británica de 1833, una guerra que nos robó 649 de los nuestros y una disputa de soberanía que cuenta con casi dos siglos de historia. No es un tema menor, es política de Estado, un tema en el que no caben dudas ni falta de certezas y en el que hay que moverse siempre en la misma dirección.
Nuestro presidente nunca escondió su profunda admiración por Margaret Thatcher, más allá de lo que significa la ex primera ministra en nuestro inconsciente colectivo, asociada al conflicto y, en especial, al hundimiento del crucero ARA General Belgrano, que causó la muerte de 323 tripulantes argentinos. Una admiración —disculpe, señor presidente— maldita, perversa para el sentir nacional.
El 24 de septiembre de 2024, con Diana Mondino como canciller, se firmó el entendimiento Mondino-Lammy, donde se acordó avanzar en medidas de conservación pesquera y conectividad con las islas, dos puntos nada inocuos. Por un lado, la cooperación pesquera, suspendida desde 2005 tras el avance unilateral británico dispuesto a otorgar licencias de 25 años en aguas que forman parte de nuestra disputa soberana; por el otro, la comunicación de las islas con el continente, donde Londres obtenía avances concretos mientras la discusión sobre soberanía quedaba congelada.
Tampoco resultó gracioso ver, el 14 de octubre de 2024, al ex primer ministro británico Boris Johnson asomado al balcón de la Casa Rosada. Una imagen que hoy se estrella contra los buenos recuerdos de Milei, porque Johnson, frente al actual endurecimiento de la posición argentina, acaba de señalar a nuestro presidente como “anglófilo y admirador de Thatcher”, al tiempo que pidió se refuerce la presencia militar en las islas. Con amigos como Johnson, para qué enemigos.
Desde la Resolución 2065 de la ONU, que sentó en 1965 las bases de la negociación con el Reino Unido, la Argentina ha mantenido firme su postura histórica, que rechaza la posibilidad de aplicar el principio de libre determinación de los pueblos a la población de las islas por no tratarse de una población originaria, sino implantada. Sin embargo, el 2 de abril de 2025 Milei expresó su deseo de que algún día los habitantes de las islas eligieran “votarnos con los pies”, una frase que rozaba el corazón del histórico argumento británico y se alejaba de nuestra postura tradicional. Un descuido en la elección de las palabras que genera dudas innecesarias.
La comedia de enredos siguió a lo largo del tiempo y algunos ministros hicieron su aporte. En abril pasado, el ministro de Defensa, Carlos Presti, declaró en televisión que el hundimiento del General Belgrano había sido un acto de guerra, una definición que provocó el rechazo de veteranos y organizaciones que sostienen su carácter de crimen de guerra.
En julio se nos metió una bandera en los ojos. El día 4 apareció el episodio del HMS Medway, un patrullero militar británico que salió de Malvinas rumbo a Punta Arenas y atravesó espacios marítimos bajo jurisdicción argentina. El Gobierno demoró la protesta ante Londres hasta el 13 de julio y solo difundió públicamente el reclamo dos días después, el 15, inmediatamente después del triunfo argentino sobre Inglaterra en el Mundial. ¿Oportunismo? Está claro que el Gobierno lo niega.
Pero veníamos de días agitados por las polémicas declaraciones de la ministra Monteoliva, “el mapita de Malvinas” y las restricciones para ingresar al estadio con símbolos alusivos a las islas. Y sucedió lo impensado. Argentina dio vuelta un partido, lo ganó 2 a 1 y desplegaron “nuestro trapo” en la cancha, a la vista del mundo entero: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS. De pronto, el fútbol nos dio revancha y bandera, recuperó el sentimiento nacional que parecían querer sofocar y mi Argentina se pintó de Malvinas.
Otra vez la confusión apareció a fines de agosto. El buque petrolero de bandera británica VS Promise amarró en el puerto de Ushuaia, puerto provincial intervenido por el Gobierno nacional desde enero de este año. El Gobierno de Tierra del Fuego lo repudió invocando la Ley Provincial 852, Gaucho Rivero, que restringe la permanencia y el abastecimiento de buques británicos en las costas del Atlántico, mientras el Gobierno nacional sostuvo que no existía una prohibición aplicable al caso.
Y acá estamos ahora, tratando de proteger nuestro petróleo en Malvinas. Un reclamo que tiene muchos años, aunque el Gobierno nacional se empeñe en negarlo, intentando desconocer a Malvinas como una causa afín a todos los argentinos, y tratando de llevar agua a su molino. Penoso de verdad.
En 2013, el Estado argentino declaró ilegales las actividades de Premier Oil próximas a Malvinas y la inhabilitó durante quince años para operar en el país. Hoy, lamentablemente, esa compañía bajo la denominacion Wintershall Dea pasó a participar de negocios estratégicos argentinos, entre ellos Vaca Muerta y el proyecto offshore Fénix, frente a Tierra del Fuego. Poco después tomó, además, una participación del 15 por ciento en Southern Energy, el proyecto de exportación de GNL presentado al RIGI. La Argentina Continental no repudió a los capitales que pretendieron usurpar Malvinas.
Por eso, cuando el Gobierno anuncia ahora una ofensiva contra la explotación en Malvinas, uno mantiene cierta reticencia, aunque en el fondo rece porque esta vez sea verdad.
Pero, y siempre hay un pero. Antes del discurso del jueves 3, Milei viajó a Chile para reunirse con el presidente Kast, y lamentablemente no tuvo mejor idea que elogiar el período abierto tras el derrocamiento de Salvador Allende y reivindicar sus resultados económicos. Pocas horas después pronunció uno de los discursos más duros sobre Malvinas de todo su mandato. Y nos dejó otra controversia. Hay antecedentes históricos difíciles de soslayar, puesto que la dictadura de Pinochet colaboró secretamente con Gran Bretaña durante la guerra de 1982, proporcionando inteligencia y apoyo a las fuerzas británicas. ¿Era necesario el elogio, en un dia tan sensible?.
En su discurso del jueves, Milei negó cualquier derecho legítimo de autodeterminación de los isleños y anunció sanciones económicas, judiciales y legales frente a la explotación británica de recursos. Es un endurecimiento concreto y, en varios aspectos, un regreso a principios tradicionales de la posición argentina sobre Malvinas. Prometió ampliar recursos en Defensa para avanzar con la Base Naval Integrada de Ushuaia , una base creada en 2022, que con el recorte feroz de Milei, quedo en el olvido.
Tampoco el andamiaje jurídico comenzó esta semana. La Ley 26.659, sancionada en 2011, prohíbe actividades hidrocarburíferas en la plataforma continental argentina sin autorización nacional y establece sanciones e inhabilitaciones. En 2013, la Ley 26.915 endureció ese régimen con penas de prisión, multas, decomisos y responsabilidades para empresas y directivos. Y fueron leyes que se utilizaron.
Ese andamiaje sirvió para la denuncia penal que en 2015, el Estado hizo a Rockhopper Exploration, Premier Oil, Falkland Oil and Gas, Noble Energy y Edison International por actividades hidrocarburíferas realizadas sin autorización argentina. La investigación quedó radicada ante la Justicia Federal de Río Grande. Once años después, el CECIM La Plata y la Asociación Argentina de Abogados/as Ambientalistas volvieron a esa Justicia contra Rockhopper y Navitas por el proyecto Sea Lion.
Es cierto que el último discurso de Milei contiene medidas que pueden resultar valiosas y que deberán juzgarse por sus resultados. Pero la diplomacia tiene memoria, porque las declaraciones y los acuerdos quedan. Y enfrente hay una potencia que lleva casi dos siglos sosteniendo, con gobiernos de distinto signo, esencialmente el mismo objetivo.
Gran Bretaña tiene una política sobre Malvinas. La Argentina no puede darse el lujo de tener una distinta cada año. No hay lugar para provocaciones, cabronadas ni improvisaciones. La seriedad del conflicto así lo exige.
¿De Donald Trump y la geopolítica? De eso hablamos en próximas entregas.
Recordá “las Malvinas fueron, son y serán argentinas”