Los jóvenes en nuestro país constituyen el 23% de nuestra población: más de 9 millones de personas. Y a menudo, esta franja generacional sufre cierta estigmatización, como quedó claro durante la pandemia, cuando se decía que solo iban a fiestas clandestinas y que no se cuidaban de los contagios.
Muchos de estos prejuicios surgen del adultocentrismo, que sostiene que quienes no están en la vida adulta debe ser excluida como una voz ciudadana importante. Una inclinación que tenemos que evitar, porque construye miradas estereotipadas hacia los jóvenes.
Sin embargo, la realidad fue otra. Los jóvenes tuvieron un rol protagónico durante el aislamiento, como los trabajadores esenciales que efectuaron trabajos de deliverys, en su mayoría menores de 25 años. O los enfermeros, enfermeras y residentes, menores de 30. Todos ellos hicieron tareas solidarias, militantes y de organización comunitaria durante esos duros meses. Incluso en plena pandemia hubo récord de inscriptos en la Universidad de Buenos Aires.
Al mismo tiempo, las estadísticas muestran que en esos tiempos crecieron la depresión, los intentos de suicidios, la ansiedad y el desgano, lo que nos habla del impacto profundo que tuvo en ese sector. Es necesario construir un diálogo intergeneracional, teniendo en claro que la juventud no es el futuro, es el presente.