Bergoglio, un porteño situado en el Vaticano

Once años de un Papa de Flores Sur que abrió una era aún en proceso. El líder y profeta de un nuevo humanismo más allá del catolicismo.

Membrillar y Bilbao. Barrio porteño de Flores, al sur, hoy una pequeña plaza. Hace 87 años atrás, puro potrero. En esas calles de tierra se embarró Jorge Mario. Su capullo familiar olía a cultura italiana. Familia numerosa, cinco hermanos, la fe y la migración por la guerra en Europa. Mientras que la patria, al fin del mundo, brindó todo: la comida en abundancia, la escuela pública gratuita, la fe bajo espiritualidad salesiana, y lo más porteño del mundo: el tango. Una teología aún no trabajada. Aunque él nos ha dado pistas.

Bergoglio se forjó por su propio poderoso carácter, su familia y el pueblo, la tribuna del viejo gasómetro en avenida La Plata, convirtiéndose en “el hombre de una sola pieza”. Sus amigos y amigas de vieja data, quedan pocos, lo sintieron en las milongas. Luego vendría su baile preferido: el servicio a Dios y al prójimo.

Aunque las biografías hasta el 2021 lo ignoraron, Francisco es el primer Sucesor de Pedro que integró la cofradía de los adoradores del Santísimo Sacramento. En las noches rezando delante de la eucaristía. La constancia en la oración fue practicada inclusive antes de ingresar al seminario y conocer a la Sociedad de Jesús, los llamados jesuitas. Desde Flores al sur partía en transporte público, con uno de sus hermanos y un amigo del barrio hasta la bella Basílica del Santísimo Sacramento ubicada frente al edificio Kavanagh, en Retiro.

Lo que el mundo ve y siente desde hace once años está ligado a este origen. No se puede soslayar si se pretende comprenderlo.

Claro que Jorge Mario aprendió a ser Papa. Aunque la naturalidad demostró a los minutos que el Espíritu Santo lo guiaba. En su salida al balcón de la Basílica de San Pedro, esa noche lluviosa del 13 de marzo de 2013, nos enseñó dos cosas centrales.

La primera enseñanza fue que tenía legitimidad por ser elegido en el cónclave de sus hermanos cardenales pero que buscaba en el pueblo presente la bendición para convertirse en legítimo.

La segunda enseñanza, fue que a su lado lo acompañaba un líder de la iglesia latinoamericana, el cardenal Claudio Hummes. La dupla argentino y brasileño. Jesuita y franciscano de los pastores amorosos y luchadores venidos del nuevo continente, la región donde nacen la mayor cantidad de bautizados en el mundo, pero que demoró 500 años para desembarcar con su cultura mariana en el corazón del poder terrenal del catolicismo.

Estamos celebrando los once años desde que uno de los nuestros es líder, no sólo del catolicismo terrenal sino también como hermano mayor de todos aquellos con espiritualidad, y combinado con algo no común en los líderes, ser profeta, denunciante, de los males humanos, desde el Vaticano. De allí que algunos leídos del antropólogo y filósofo Rodolfo Kusch nos enseñan que Francisco está situado en Roma: “Desde allí ejerce un cambio de paradigma cultural para la iglesia. Que venía con un encuadre eurocéntrico, sesgado y clericalista. Pero que él propone restituir y transformar con algunas dimensiones conceptos como mirar desde las periferias y que nadie se salva sólo. Este magisterio abre una Era, la Era Francisco, aunque a él no le gusta por ser un antiyo”, reflexionó en un reportaje al programa “La Periferia”, en Radio Sur, Luis Liberman, un judío observante de los hermanos menores, los católicos, quien bajo el acompañamiento personal y espiritual de Francisco lleva adelante desde hace años la rectoría del Instituto Universitario del Agua y Saneamiento (IUAS), desde el primer piso, de la sede principal de la empresa AySA, que se dedica a brindar el servicio de agua potable y cloacas en el AMBA, por el trabajo mixto entre el Estado Nacional y el sindicato de trabajadores de obras sanitarias.

Las transformaciones en once años, y que aún siguen en proceso y profundizando, aunque pese, hablan de un Papa ecológico, ver nada más su más amoroso documento “Querida Amazonía” pos-sínodo amazónico donde llenò de indígenas y misioneros amazónicos las entrañas del Vaticano.

También es un Papa feminista, viendo que reconoce que las mujeres “son el signo de los tiempos” pero sobre todo por lo que hace Francisco al realzarlas en los cargos de la Curia Romana, y que se brinda en reiterados comentarios elogiosos al sexto sentido femenino para la conducción de la economía, de los gobiernos y hasta de las cárceles.

Es un Papa de los movimientos populares. Su organización y el trabajo de los pobres como el reciclado, en buenos aires los llamados cartoneros, lo impactó y marcó para brindarles varios encuentros presenciales y virtuales. Son su legado más concreto en los territorios de las megaciudades o en el campo.

Es el Papa ecuménico, quien más profundizó el vínculo con las otras religiones y espiritualidades del mundo, que la pone en práctica concreta para construir la paz mundial. De allí que su geopolítica llega primero por Dios, no sólo por las sedes diplomáticas del Estado más pequeño del mundo y con mayor conexión planetaria que ningún otro imperio. La paz fatigada, producto de una tercera guerra mundial en cuotas, lo alarma por la destrucción de vidas humanas como de la casa común, que nos lleva a matar el futuro de las generaciones que vienen, el “Moloch” que nace de endiosar al dinero o la ganancia.

El Papa de los jóvenes con un sínodo sobre y para ellos, pero aún más impacto hacia afuera de la iglesia su reportaje producido por el periodista español Jordi Evole para Disney: “Amén. Francisco responde”. Donde Bergoglio sale de las murallas vaticanas, se pone en salida como lo hizo en la isla de Lampedusa para los migrantes, para ir a un loft en la periferia de Roma y sentarse en modo sinodal frente a jóvenes con complejidades a flor de piel, uno de ellos abusado sexualmente por un sacerdote, otra que apoya el aborto, y donde discuten la bisexualidad sin tapujos. Una clase magistral de Francisco para los que llevan horas y horas, encuentros, documentos para entender la sinodalidad (que se traduce “caminar juntos”).

De todo lo dicho lo más profundo en la Era Francisco es lo eclesial. Allí la enseñanza más relevante. Haber creado la primera Conferencia Eclesial (no episcopal que se reduce sólo a los obispos) con eje en Amazonía que significa la transformación interna más potente en la organización humana más numerosa y antigua de occidente, de la iglesia católica, apostólica y romana.

El capítulo de su regreso a la Argentina aún sigue abierto. Es uno de los viajes más desafiantes, sumando a China, la India o Rusia. Las potencias no occidentales.

Al interior de los templos no se vive un desborde de fe, a excepción de algunas parroquias en las periferias. En Argentina siguen siendo devoción popular las peregrinaciones, la iglesia en salida. Mientras que en la militancia política sea partidaria, sindical, estudiantil o el activismo social tampoco los argentinos con pensamiento nacional están viviendo una primavera. Los partidos políticos históricos están en crisis de identidad. Las implosiones de sus coaliciones lo evidencian en el surgimiento de un presidente de concepción anarco-capitalista. Un 2001 en las urnas. Una experiencia única en el mundo. La crisis es profunda.

Quizás la mirada de Marcelo Figueroa, el teólogo protestante, puede ayudar: “Jesús miraba a Roma desde Galilea o Jerusalem. Francisco mira a Roma desde América Latina. De la periferia al centro”.

Las periferias son resultados de las expulsiones, de las migraciones, las desigualdades de la injusticia social y también son la creatividad a flor de piel de los pueblos, la sangre viva no sólo en Argentina en todo el continente que trabaja el futuro todos los días, allí en los territorios, eso implica revisión de los pensamientos hegemónicos poniendo el eje en las periferias, escuchando el clamor de las periferias y de la tierra.

Así hace el pibe de 87 años nacido en Membrillar y Bilbao.

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