Le allanaron la casa a José Luis Espert, el diputado que se pidió licencia pero no soltó el salvavidas de los fueros. El operativo, que duró más de cinco horas, necesitó el permiso por escrito de sus colegas de bancada. Porque el Profe, como le dicen, no renunció al escudo antiprocesos. Se tomó un recreo. Aun así, lo que pasó en esa casa de Beccar ya es el chisme grueso que circula entre togas y escritorios legislativos.
Dos fuentes que no se conocen entre sí aseguran que hubo un teléfono de Espert que hizo un viaje improvisado. Un celular que, según parece, desarrolló de pronto un instinto migratorio y voló por encima de la medianera para aterrizar en el patio del vecino. Los investigadores, que no estaban para una búsqueda del tesoro, tuvieron que ir a rescatarlo. Con la causa bajo siete llaves, tendremos que esperar para saber qué fue lo que realmente pasó. Y si existió tal aparato volador.
Lo concreto es que en la casa del diputado, el juez Lino Mirabelli, a pedido del fiscal Fernando Domínguez, se llevó puestos tres teléfonos, algunos dispositivos electrónicos que almacenan información y un puñado de papeles interesantes para la causa.
¿Por qué el caso genera tanto interés? Se investiga si el economista estrella, el que se presentó como la cara limpia de La Libertad Avanza, metió las manos en una olla de plata sucia, del narcotráfico para más datos. En criollo, se sospecha que firmó un contrato de fantasía con el presunto narco Fred Machado: un millón de dólares por asesorar a una empresa guatemalteca a la que, al parecer, nunca siquiera saludó. La denuncia, presentada por Juan Grabois, conecta los puntos: la casa que hoy habita Espert se compró en fechas cercanas a ese pago millonario. El dinero habría venido de la empresa ligada a Machado, un argentino con el pasaporte listo para un viaje sin retorno a Estados Unidos, donde lo espera un juicio por narco.
En la casa de Machado, en Viedma, también hubo una cacería de teléfonos. También hubo que rastrearlos, como a animales asustadizos, hasta encontrarlos escondidos en una finca de la familia. Y ahí, entre tanta basura, apareció una joya: una copia del contrato con Espert. Dicen que Machado lo dejó tirado ahí, como un regalo envenenado, un mensaje en una botella lanzada al mar de la causa. Un guiño.
Pero los allanamientos no fueron los únicos que hicieron vibrar al oficialismo nacional a lo largo de esta semana. El viernes pasado hubo 25 operativos en simultáneo ordenados por el juez Sebastián Casanello. El fiscal Franco Picardi los había requerido porque quiere saber si en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) se cobraba peaje para que las droguerías hicieran negocios con el Estado.
El mecanismo, según pudo saber este medio hace semanas, era de una perfección cínica. “Todo se cocinaba afuera”, contó una fuente que conoce la receta. Un “armador”, un hombre de la política con conoce la gestión, manejaba los hilos. Él y sus laderos –varios allanados esta semana– le bajaban la línea a la ANDIS. Las droguerías, entre ellas la Suizo Argentina de la familia Kovalivker, se reunían antes para repartirse la torta con elegancia. La competencia de precios era un teatro. La obra ya estaba vendida.
En este gobierno libertario, el “armador” ni siquiera necesitó volver a sentarse en un despacho. Siguió manejando el negocio desde la penumbra, y para ocupar su silla en la luz puso a Daniel María Garbellini. El engranaje funcionaba. Hasta que algunas droguerías que se quedaron fuera del reparto le recriminaron al ex titular de la ANDIS, Diego Spagnuolo, que la coima había subido. Que del “5” habían pasado al “8”. En las escuchas que revelaron los periodistas Mauro Federico y Jorge Rial, Spagnuolo suelta la perla: ese tres por ciento extra, dice, es “el que le debe llegar a Karina”.
No esperen encontrar una factura firmada por Karina Milei, la secretaria General de la Presidencia, ni por su subordinado, Eduardo “Lule” Menem. Pero ahora empiezan a brotar, de entre las grietas, los testimonios, las grabaciones, los celulares que vuelan, los contratos que aparecen como regalos en la basura. Los hombres de atrás, esos que se creían intocables en sus segundas líneas, ya tienen la cara descubierta. La pregunta que flota en el aire, la única que importa ahora, es: ¿quién será el primero que empiece a cantar?