Nuevo récord de gasto militar mundial: el negocio detrás y el riesgo para América Latina

El informe anual del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) confirmó que el gasto militar mundial superó los $2.887 billones en 2025. Detrás del récord hay un sistema financiero que apuesta fuerte al negocio de la defensa. Y en el medio, América Latina: dueña del litio, el cobre y el petróleo más disputados del planeta, pero sin capacidad para defenderlos.

El récord que nadie detiene: qué dice el informe SIPRI

La seguridad internacional en 2026 ha consolidado un cambio de paradigma: la fuerza militar se ha convertido en la variable central de la política exterior de las grandes y medianas potencias. El informe anual del SIPRI, publicado en abril de este año, confirma que el gasto militar mundial alcanzó un nuevo máximo histórico de $2.887 billones de dólares en 2025, el undécimo año consecutivo de crecimiento ininterrumpido.

Esto significa que hay una "normalización" de la economía de guerra. La carga militar global —el gasto como proporción del PIB— escaló al 2,5%, el nivel más alto desde 2009. Para los Estados, este tipo de gasto ya no es una carga fiscal indeseable, sino una inversión percibida como necesaria para la supervivencia de la soberanía. El contexto lo explica debido al conflicto en Ucrania, la escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos, y la militarización del Indo-Pacífico configuran un entorno de policrisis que no da señales de revertirse.

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Gasto militar mundial según la región, entre 1988 y 2025. Fuente: SIPRI.

La concentración del poder militar sigue siendo notable: los tres principales gastadores —Estados Unidos, China y Rusia— representan el 51% del total global, con un gasto combinado de $1.480 billones. Sus cargas militares sobre el PIB difieren significativamente: Estados Unidos destina el 3,1%, China el 1,7% y Rusia el 7,5%. A continuación, podemos observar el ranking de los ocho países con mayor gasto militar en 2025:

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Fuente: Stockholm International Peace Research Institute. Creado por la autora.

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El “Dragón dorado”, el nuevo perro robot chino con ametralladora capaz de liderar equipos de combate. Fuente: CCTV.

Europa abandona el pacifismo

Europa ha dejado de ser el continente del "poder blando" para convertirse en el epicentro del rearme global. El gasto militar en la región alcanzó en 2025 niveles no vistos desde el fin de la Guerra Fría, impulsado principalmente por la invasión rusa de Ucrania, que entra en su quinto año sin señales de distensión.

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Avión de combate Caza de Sexta Generación con Inteligencia Artificial creado por Francia, España y Alemania. Fuente: Infodefensa.

Este crecimiento refleja un esfuerzo regional sostenido donde la Unión Europea se concentra en reconstruir sus capacidades industriales de defensa. El detonante político fue la postura de Donald Trump, quien en 2024 declaró que no solo no defendería a los aliados europeos que no cumplieran con sus compromisos de gasto, sino que incluso alentaría a Rusia a actuar con libertad frente a ellos. El mensaje fue claro para los europeos: no pueden depender de Washington como proveedor de seguridad.

En ese sentido, en Europa la defensa nacional ya no compite con el bienestar social en el debate público con la misma intensidad de antes. La seguridad se ha vuelto prioridad por encima de cualquier otra política estatal.

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El tanque MGCS (Main Ground Combat System) conocido como el "tanque del futuro", una creación entre Alemania y Francia. Fuente: European Security & Defense.

La OTAN: la alianza que se prepara para la guerra

La Cumbre de la OTAN celebrada en junio de 2025 marcó un hito al elevar el objetivo de gasto de sus miembros del 2% al 5% del PIB para 2035. Este nuevo compromiso se divide en dos categorías estratégicas:

  • Defensa principal (3,5%): tropas, armamento pesado, municiones y capacidades de combate directo.
  • Resiliencia e infraestructura (1,5%): ciberdefensa, protección de infraestructura crítica, innovación tecnológica y fortalecimiento de la base industrial.

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Cumbre de la OTAN en junio de 2025. Fuente: El País.

La OTAN opera hoy bajo lo que su Secretario General Mark Rutte describió como una "mentalidad de tiempo de guerra", orientada al autoabastecimiento y con implicancias directas sobre el comercio. En esa misma línea, la Estrategia Industrial de Defensa Europea (EDIS) fija objetivos concretos para 2030: que al menos el 50% de las adquisiciones de defensa se realicen dentro de la base tecnológica e industrial europea y que el 40% de los equipos se adquiera de forma conjunta entre los Estados miembros.

El gran negocio detrás del rearme

En 2026, la relación entre el capital financiero y la industria bélica ha entrado en una fase de simbiosis profunda. Ante la volatilidad de los mercados tecnológicos y la incertidumbre inflacionaria, los bancos de inversión han identificado al sector de defensa como un refugio de alta rentabilidad y demanda garantizada por los Estados a largo plazo.

Esto tiene una implicancia concreta: el sector de defensa se ha convertido en un activo estratégico para el sistema financiero global, y por esa razón los presupuestos militares siguen batiendo récords. Hay un sistema financiero que ahora depende de que esos presupuestos sigan creciendo.

Por qué los inversores apuestan a las armas

En un mundo dominado por la inteligencia artificial, donde el software se deprecia a velocidad vertiginosa, los inversores buscan refugio en empresas con infraestructura física difícil de replicar y protegida por el Estado. Mientras el software se vuelve un commodity —la IA facilita que cualquiera pueda programar—, los activos físicos complejos, como astilleros o fundiciones de alta precisión, ganan valor por su exclusividad industrial. La defensa suma además barreras legales y de seguridad nacional que impiden la entrada de nuevos competidores: desarrollar un submarino o un avión caza de sexta generación requiere décadas de especialización, respaldadas por presupuestos nacionales estructuralmente inelásticos.

Por eso el capital financiero prioriza a las empresas de defensa, ya que son activos estratégicos cuya demanda no fluctúa con el mercado, lo que se traduce en mayores ganancias.

América Latina: rica en recursos, desarmada ante el mundo

Expertos del SIPRI como Xiao Liang y Nan Tian subrayan que el gasto militar actual no es una reacción coyuntural, sino una política de largo plazo. América Latina es la excepción, ya que el vacío de capacidades disuasorias ha convertido a la región en un espacio desocupado para las grandes potencias.

Y no es casual. Los recursos de la región tienen valor estratégico-militar directo. El litio de Argentina y Chile es insumo esencial para las baterías de alta densidad que alimentan desde drones de vigilancia hasta sistemas de propulsión naval. El cobre —del que Chile y Perú son líderes mundiales— es la base de toda la electrónica embarcada en aviones cazas de sexta generación y sistemas de guiado de misiles. El crudo venezolano sigue siendo un imperativo de seguridad energética para movilizar las flotas de las grandes potencias. Y Brasil concentra depósitos de tierras raras necesarias para fabricar los imanes permanentes y láseres que equipan el armamento de alta precisión.

El Salar del Hombre Muerto, en el norte de Argentina, es actualmente la mayor mina de litio del país. Fuente: Dialogue Earth.

Sin embargo, la región mantiene un gasto militar significativamente inferior al promedio global. Eso refuerza su imagen histórica como "zona de paz", pero genera una vulnerabilidad profunda en un contexto de competencia voraz por esos mismos recursos. La pregunta estratégica es si esa moderación representa una oportunidad o una desventaja. ¿Zona de neutralidad o blanco sin defensa?

La intervención estadounidense en Venezuela en enero de 2026 —que resultó en la captura de Nicolás Maduro— ilustra cómo los imperativos de seguridad energética pueden prevalecer sobre las normas de soberanía. El caso no es aislado: Argentina y Chile suministran el 97% de las importaciones de litio de Estados Unidos, según el USGS, pero carecen de sistemas de defensa aérea o naval capaces de proteger sus zonas de extracción e infraestructura de exportación frente a una eventual coerción externa.

Conclusiones

El análisis de 2026 deja un panorama sin ambigüedades donde los mercados financieros apuestan a la infraestructura bélica porque es duradera, predecible y respaldada por Estados que ya no distinguen entre economía y seguridad nacional. El rearme no es una reacción a una crisis puntual, sino una política de largo plazo que está rediseñando el orden global.

En ese reordenamiento, América Latina ocupa un lugar paradójico ya que es la única región que no se arma pese a concentrar algunos de los recursos naturales más codiciados del planeta, tener extensas fronteras, múltiples salidas al mar y una posición geográfica que ninguna potencia ignora. Aporta los materiales con los que el mundo se arma, pero no construye capacidades para proteger los territorios donde esos materiales se extraen.

El gasto militar no es solo un indicador de agresión sino que es ante todo una herramienta disuasoria, tal como lo hacen India y China. Esa lógica es directamente aplicable a América Latina, especialmente cuando hace apenas cinco meses una intervención militar en Venezuela dejó en claro que la soberanía, sin capacidad de defensa, es una promesa frágil.

En un mundo que se hipermilitariza con el respaldo de los mercados financieros, América Latina enfrenta una pregunta que ya no puede ignorar: si su bajo gasto militar es una elección soberana o una vulnerabilidad no reconocida y no tratada. La diferencia entre ambas depende, en gran medida, de si la región es capaz de transformar su riqueza natural en poder negociador antes de que otros lo hagan por ella.