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Los ingenieros del hartazgo: por qué América Latina castiga a sus gobiernos y abraza la disrupción

Tras el triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia, se consolida en América Latina una tendencia ineludible del ciclo post-pandemia: los votantes, exhaustos por las crisis económicas y de seguridad, aplican un pragmático "voto castigo" contra los oficialismos y empoderan a los nuevos líderes disruptivos de la derecha.

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  • A principios de siglo, América Latina vivió una marcada hegemonía de gobiernos progresistas. Su hito fundacional fue el rechazo al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) en 2005. Ese ciclo se fue apagando de a poco, hasta encontrar un quiebre definitivo con la llegada de Jair Bolsonaro al poder en Brasil.

    Desde la pandemia, la región tiene una nueva norma: el oficialismo pierde, sin importar su color político. Pasó en Argentina, donde el peronismo de Alberto Fernández cayó ante el libertarismo de Javier Milei. Pasó en Brasil, donde la derecha de Bolsonaro fue desplazada por el regreso de Lula. Pasó en Chile, donde la izquierda de Gabriel Boric acaba de perder el poder ante el conservador José Antonio Kast. Y pasó en Colombia, donde el candidato afín a Petro, Iván Cepeda, fue derrotado en el balotaje por el outsider de derecha Abelardo de la Espriella.

    El mismo patrón se repitió en Uruguay (salida de Lacalle Pou, llegada de Yamandú Orsi), en Bolivia (Rodrigo Paz Pereira reemplazando a Luis Arce) y en Perú, donde el voto antisistema ya había barrido al establishment en 2021.

    Javier Milei, Eduardo Bolsonaro -hijo de Jair Bolsonaro- y José Antonio Kast en un foro "contra el socialismo" en Brasil.

    De todas formas, esto no es necesariamente un giro ideológico profundo de la sociedad, sino un agotamiento de la gestión. El electorado no se volvió fanático de la "derecha" o la "izquierda" de la noche a la mañana: está castigando la falta de resultados, en economía y en seguridad, del gobierno de turno. El voto es pragmático y reactivo. Castiga al que estuvo.

    Yamandú Orsi, presidente de Uruguay, junto a Lula Da Silva, presidente de Brasil.

    Este nuevo ecosistema político tiene tres rasgos: polarización, partidos tradicionales en crisis, y una ciudadanía que exige resultados ya, sobre todo en seguridad y en la economía.

    Ese terreno es el que permitió el ascenso de nuevas fuerzas conservadoras, outsiders y antisistema, con narrativas y formas de hacer poder muy distintas a las de la derecha clásica. Porque la derecha de comienzos de los 2000 hablaba de tecnocracia, libre mercado y respeto institucional. Esta nueva ola combina otra cosa: conservadurismo moral, nacionalismo punitivo y una retórica antisistema que funciona a pura disrupción.

    Abelardo de la Espriella, outsider, actual ganador de las elecciones presidenciales de Colombia.

    El voto castigo

    Andrés Malamud, destacado politólogo y analista político, refuerza esta idea al señalar que en las democracias latinoamericanas contemporáneas el electorado no acude a las urnas en busca de una identidad política: "Cuando se vota, no se busca una identidad positiva, sino un castigo: la gente está enojada y quiere que alguien sufra", advierte Malamud.

    Steven Levitsky, politólogo de Harvard, coincide en que hay una tendencia real hacia una "nueva derecha" en la región. Pero advierte que sería un error leerla como una conversión ideológica masiva hacia el conservadurismo radical.

    Javier Milei, actual líder libertario y presidente de Argentina.

    Para Levitsky, el éxito de estas nuevas fuerzas se explica porque los votantes castigan la incapacidad crónica de los gobiernos para resolver problemas básicos de la vida cotidiana. Esa nueva derecha capitaliza el descontento con un discurso punitivo, prioriza las guerras culturales, ataca a las minorías, desarma consensos progresistas y, sobre todo, ofrece políticas de seguridad de extrema dureza.

    El eje económico: La Alianza del Pacífico y el libre comercio

    Resulta interesante observar que de los cuatro países que integran la Alianza del Pacífico —el bloque económico que bordea el Pacífico y que es la octava economía del mundo, con libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas— tres están hoy gobernados por la derecha: Chile, Colombia y Perú. También podemos sumar a Ecuador, que es un Estado asociado. La excepción es México, donde gobierna Morena.

    Esto no es casual. Estas son economías muy integradas al comercio global, con arquitecturas macroeconómicas ortodoxas. Cuando un gobierno de centro-izquierda no logra resolver la desigualdad sin espantar la inversión, el péndulo vuelve con más fuerza hacia una derecha que promete orden económico. El libre comercio funciona en estos países casi como un límite estructural a los gobiernos de izquierda: acelera el retorno de modelos pro-mercado en cuanto llega la crisis.

    Mapa de la Alianza del Pacífico. Ecuador es un "Estado Asociado".

    Por eso la hipótesis central de este tema es: ¿el compromiso irrestricto con el libre comercio genera una inercia que favorece los modelos de derecha, y le pone un techo a las agendas de izquierda o centro-izquierda?

    A diferencia de los foros regionales puramente políticos, la Alianza del Pacífico estableció compromisos jurídicos y económicos vinculantes. Y ahí está el problema para los gobiernos de izquierda: cuando el voto castigo —el mismo que describimos antes— hizo virar a estos electorados hacia gobiernos progresistas (las victorias de Gabriel Boric en Chile, Gustavo Petro en Colombia, López Obrador en México o Pedro Castillo en Perú), esos mandatarios heredaron Estados ya atados a una red de tratados de libre comercio y compromisos de protección a la inversión extranjera.

    El resultado: la capacidad de estos gobiernos para alterar el modelo económico queda muy limitada. Renacionalizar sectores estratégicos como la energía o la minería, aplicar políticas proteccionistas, o meter reformas fiscales redistributivas, choca contra esa arquitectura liberal ya construida.

    José Antonio Kast, actual presidente de Chile, líder de la Alianza del Pacífico.

    ¿Cómo ha mutado el ADN del populismo moderno?

    El intelectual italiano Giuliano Da Empoli lo explica en Los ingenieros del caos: los nuevos líderes populistas —generalmente de la nueva derecha— entendieron que el algoritmo y las redes sociales premian la ira, la indignación y la polarización. Y eso logró mutar el ADN del populismo moderno.

    Si bien los gobiernos tradicionales buscan estabilidad y consenso, eso resulta "aburrido" e ineficaz para una sociedad enojada. La nueva derecha, en cambio, actúa como "ingenieros" que canalizan esa furia al gobernar con pura disrupción: el caos no es un error de cálculo, es su sistema operativo. Mantienen a la sociedad en shock permanente, y así fidelizan a su base y paralizan a la oposición.

    Para Da Empoli, la frustración social acumulada en décadas de estancamiento es una "fuente colosal de energía". Bien direccionada, con la tecnología adecuada, esa energía puede llevar a liderazgos disruptivos hasta la cima del poder, arrasando en el camino con los partidos centenarios. Dentro de ello, las plataformas digitales y sus algoritmos no son neutrales sino que tienen un rol central: están diseñados para viralizar lo que genera indignación moral, sesgo de confirmación y reacción visceral.

    Es así que los líderes populistas de hoy operan bajo esa lógica carnavalesca: sus insultos a figuras de autoridad, sus declaraciones escandalosas, su transgresión constante de las normas de corrección política, no son errores no forzados que los avergüencen ante la opinión pública, sino que los corona.

    Conexiones regionales: Argentina, El Salvador y Colombia

    Es así como la política exterior de Javier Milei es el ejemplo perfecto del "caos como estrategia". Sus cruces con líderes de España, Colombia o Brasil no son "errores diplomáticos", son movimientos calculados para el consumo interno y la viralidad global. Es la diplomacia del algoritmo: romper el status quo multilateral para posicionarse como el líder global de la extrema derecha libertaria.

    Nayib Bukele, presidente de El Salvador.

    Acá también entran Nayib Bukele (El Salvador) y Abelardo De la Espriella (Colombia). Bukele es el epítome de resolver el "hartazgo" (la inseguridad) rompiendo las reglas del sistema democrático tradicional. Es así que la región mira a Centroamérica y se pregunta: ¿estamos dispuestos a ceder calidad democrática a cambio de eficiencia?

    Conclusiones

    Queda pendiente una tensión estructural donde las democracias modernas de Latinoamérica aún no han sabido procesar: el electorado busca castigar al sistema, pero con frecuencia elige para reemplazarlo a figuras que, en realidad sí conocen las reglas de juego y se presentan desde la disrupción.

    En este sentido, los votantes latinoamericanos están tendiendo a elegir a sus propios "ingeniero del caos" para sancionar a un oficialismo que no supo capitalizar su mandato. El interrogante central es si este fenómeno seguirá expandiéndose por el resto de la región, abarcando a las economías atlánticas que quedan -Uruguay y Brasil- como a los bloques de libre comercio del Pacífico. Los casos de Javier Milei en Argentina y la reciente asunción de Rodrigo Paz Pereira en Bolivia confirman que esta dinámica no reconoce fronteras.

    El interrogante ineludible que plantea este nuevo diseño democrático —dominado por los algoritmos y la disrupción constante— es si la indignación ciudadana encontró verdaderamente su solución en las urnas. Hasta ahora, el caos ha demostrado ser una herramienta formidable para castigar oficialismos y ganar elecciones, pero su capacidad para garantizar el bienestar social y la estabilidad en América Latina sigue siendo la gran deuda pendiente, lo que dependerá de las respuestas a las siguientes preguntas: ¿el hartazgo encontró su solución cambiando de presidente o sigue estando en pie? ¿Qué pasará cuando los agitadores pasen a ser la norma en lugar de la excepción? ¿Cómo mantienen fresca la iniciativa?

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