Irán y Ucrania: las dos guerras que Occidente no puede terminar

Mientras Estados Unidos e Israel chocan contra la resiliencia iraní, Ucrania supera los cuatro años de guerra sin final a la vista. Dos escenarios que parecían distantes hoy se entrelazan y exponen el límite de la diplomacia occidental.

Mientras Estados Unidos e Israel chocan contra la resiliencia iraní, Ucrania supera los cuatro años de guerra sin final a la vista. Lo que pasa en un frente ya impacta directo en el otro. Occidente esperaba resoluciones rápidas gracias a su poder militar y económico superior. Pero se topó con Estados dispuestos a resistir en las famosas guerras de desgaste.

En ambos conflictos hubo un colapso de las líneas diplomáticas. Los acuerdos rotos -el reciente Memorando de Islamabad con Irán, los acuerdos de Minsk en su momento con Ucrania- muestran por qué es tan difícil que las partes vuelvan a sentarse a negociar, ya que las palabras se vuelven efímeras y la desconfianza crece tanto que ningún país se anima a creer en el otro de nuevo.

Un oficial frente a un edificio en llamas en Avdiivka, Ucrania, el 17 de marzo de 2023.

Un oficial frente a un edificio en llamas en Avdiivka, Ucrania, el 17 de marzo de 2023.

Lo más llamativo es que la diplomacia occidental no logra cerrar algún acuerdo para terminar los dos conflictos que hoy golpean el comercio, las finanzas y el bolsillo de millones de personas en el mundo.

La resiliencia de Irán fue incalculable para Washington

La disonancia entre los objetivos de la coalición atacante (Estados Unidos e Israel) y la resiliencia del Estado agredido (Irán) hace que un acuerdo sea difícil de firmar.

Israel percibe a Irán y a Hezbollah en el sur del Líbano como una amenaza existencial y busca desmantelar por completo el aparato militar de ambos países. Washington, en cambio, lidia con las presiones internas ya que su población pide el fin del conflicto a poco de las elecciones de medio término, lo que empuja a Estados Unidos hacia soluciones transaccionales de corto plazo antes que a transformaciones estratégicas profundas. El problema es que eso no convence a Irán, que requiere acuerdos más estructurales y el cese definitivo de las hostilidades en el Estrecho de Ormuz, el sur del Líbano y la Franja de Gaza.

El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, arribando a la cumbre de Islamabad.

El vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, arribando a la cumbre de Islamabad.

El colapso llegó en junio de 2026, con el Memorando de Entendimiento de Islamabad. Su ambigüedad diseñada para esquivar los temas más divisivos, habilitó interpretaciones irreconciliables. Bastaron las primeras acusaciones cruzadas de sabotaje y los ataques de Israel en el Líbano para que los bombardeos volvieran y el pacto se desintegrara.

Cumbre en Islamabad, Pakistán. El ministro de Exteriores de Irán, Abás Araqchí, en una reunión con el jefe de las Fuerzas de Defensa de Pakistán antes de abandonar las negociaciones.

Cumbre en Islamabad, Pakistán. El ministro de Exteriores de Irán, Abás Araqchí, en una reunión con el jefe de las Fuerzas de Defensa de Pakistán antes de abandonar las negociaciones.

La lección es clara en cuanto a la deficiencia de la diplomacia, porque no tiene herramientas para generar confianza real entre las partes. Mientras eso no cambie, ambos bandos van a seguir creyendo que pueden tolerar el desgaste mejor que su rival.

Ucrania: cuatro razones detrás del estancamiento

La guerra en Ucrania ya superó los cuatro años y es el conflicto interestatal más largo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Podemos encuadrar este desgaste prolongado en cuatro simples razones:

La primera es tecnológica: el 80% de las bajas militares las causan los drones, no la artillería o la infantería, lo cual crea un nuevo fenómeno en las guerras actuales. Esto hace que el campo de batalla se vuelva "transparente", ya que ningún bando puede mover tropas o blindados sin ser detectado y atacado en minutos.

La industria bélica ucraniana está teniendo un gran desarrollo a través de los drones de combate.

La industria bélica ucraniana está teniendo un gran desarrollo a través de los drones de combate.

La segunda razón es que atacar sale muy caro en vidas humanas. Tanto el ejército ruso como el ucraniano lograron adaptarse rápido a las tácticas del otro, por lo que ninguno logró sostener una ventaja el tiempo suficiente como para romper las líneas enemigas. A mediados de 2026, el avance territorial de Rusia se redujo a la mitad frente a las defensas ucranianas. Tomar unos pocos kilómetros cuadrados cuesta miles de soldados.

La tercera causa es que ni Rusia ni Ucrania pelean solas, lo que evita el colapso por agotamiento. Rusia absorbió las sanciones occidentales, viró su industria hacia una economía de guerra y sostiene su arsenal con municiones y misiles de Irán y Corea del Norte. Ucrania, por su parte, depende de la industria de defensa europea -sumada a la propia- para no quebrar.

El cuarto motivo se refiere a que una guerra termina cuando un lado colapsa, o cuando ambos concluyen que ganan más negociando que luchando en el frente. Hoy no se da ninguno de los dos fenómenos. Rusia exige quedarse con el territorio ocupado (cerca del 20% de Ucrania) para frenar el fuego. Ucrania se niega a cederlo y sabe que una paz sin garantías de seguridad -como entrar a la OTAN- solo le daría tiempo a Moscú para rearmarse y volver a atacar.

Regiones de Ucrania anexadas por Rusia hasta el momento.

Regiones de Ucrania anexadas por Rusia hasta el momento.

Mientras ninguno logre una victoria contundente ni sufra un quiebre interno, la guerra seguirá en alta intensidad. Los dos confían en que el otro Estado se agote primero.

La interconexión entre las guerras en Irán y Ucrania

Más allá del colapso diplomático que comparten en la resolución del conflicto, también tienen una conexión militar entre sí, ya que ambos conflictos dependen uno del otro.

El uso masivo de drones y misiles de largo alcance redefinió los dos campos de batalla. Rusia usa drones iraníes Shahed en Ucrania desde septiembre de 2022; a cambio, el Kremlin le da a Irán inteligencia tecnológica para resistir la ofensiva israelí y estadounidense.

Los drones Shahed-136 comprados por Rusia a Irán. son altamente efectivos porque combinan un bajo costo de producción con un largo alcance de vuelo.

Los drones Shahed-136 comprados por Rusia a Irán. son altamente efectivos porque combinan un bajo costo de producción con un largo alcance de vuelo.

Washington, sin embargo, se niega a reconocer esta conexión. Mantiene un trato preferencial hacia Moscú -se denota en cómo suavizó las sanciones petroleras que le había impuesto-. Marco Rubio, secretario de Estado, llegó a decir que el rol de Rusia en Irán no estaba "impidiendo ni afectando" las operaciones de Estados Unidos. Esto demuestra claramente que la buena relación con Moscú le sigue siendo conveniente a la actual administración estadounidense.

El rol de Rusia y Ucrania en Medio Oriente

Además, esta interdependencia no es solo militar, sino también económica. El cierre del Estrecho de Ormuz disparó la demanda energética global, y los países asiáticos afectados salieron a comprar petróleo ruso en masa. Eso le da a Rusia un salvavidas económico justo cuando perdía aliados clave como Bashar al-Assad y Nicolás Maduro, y le permite exhibir la vulnerabilidad de Estados Unidos ante el mundo.

Por otro lado, el gobierno de Zelensky empezó a exportar tecnología de drones y guerra electrónica a los países del Golfo, lo que le permite recaudar más dinero y posicionarse como un proveedor internacional de tecnología bélica.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su gira de 2026 por Medio Oriente para promocionar tecnologías antidrones y acuerdos de defensa aérea con Arabia Saudita, Catar y Emiratos Árabes Unidos.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su gira de 2026 por Medio Oriente para promocionar tecnologías antidrones y acuerdos de defensa aérea con Arabia Saudita, Catar y Emiratos Árabes Unidos.

La moralidad occidental

En 2022, la invasión a Ucrania paralizó al mundo: condena inmediata, sanciones, banderas ucranianas en los edificios públicos en toda Europa y Estados Unidos. Sin embargo, la ofensiva sobre Irán no genera la misma indignación en la población mundial. Es así que la comunidad internacional parece haber normalizado la destrucción en Medio Oriente. Esa asimetría no es casual: expone que el valor de una vida humana, para buena parte de la opinión pública global, depende del pasaporte de la víctima.

Desde el 28 de febrero, más de 2.100 niños y niñas han resultado heridos o han muerto como consecuencia de la violencia en Medio Oriente.

Desde el 28 de febrero, más de 2.100 niños y niñas han resultado heridos o han muerto como consecuencia de la violencia en Medio Oriente.

Conclusiones

Irán y Ucrania no son dos guerras paralelas, sino que son el síntoma de un mismo cambio de época. Durante décadas, la arquitectura de poder occidental descansó en una premisa simple: la superioridad militar y económica alcanza para imponer términos y forzar una resolución. Lo que exhiben ambos conflictos es que esa premisa ya no alcanza. Ni el poderío israelí-estadounidense doblega a Irán, ni el aislamiento económico quiebra a Rusia, porque ambos Estados encontraron, en la resiliencia y en la tercerización de sus cadenas bélicas, una forma de neutralizar el instrumento que Occidente daba por decisivo.

Esa es, en el fondo, la primera derrota silenciosa del modelo de coerción que asumía que el desgaste era un arma exclusivamente occidental.

La segunda derrota aquí es diplomática. Las cumbres de Islamabad y Minsk no fracasaron por falta de buena voluntad, sino porque ambos se firmaron sobre una ambigüedad que evitaba el verdadero problema en juego: en Ucrania, quién controla el territorio; en Irán, quién se queda con las armas para defenderse en el futuro. Un acuerdo que esquiva la pregunta central no compra la paz, solo compra tiempo que se usa para rearmarse.

La tercera derrota es moral, y quizás la más incómoda de las tres: la comunidad internacional demostró que su capacidad de indignarse no es universal, sino selectiva. Esto no es un detalle sociológico menor, sino que es una señal que los propios Estados agresores internalizan. Es así que el costo reputacional de una guerra depende de la identidad de la víctima.

Estas tres derrotas convergen en la conclusión de que el orden internacional liberal de posguerra, basado en la disuasión económica, la mediación diplomática y la presión moral colectiva, está siendo puesto a prueba simultáneamente en dos frentes. Y en ambos está perdiendo terreno frente a Estados dispuestos a pagar el precio del desgaste con tal de no ceder. Mientras Washington y Bruselas sigan tratando a Irán y Ucrania como crisis separadas, en lugar de síntomas de un mismo reacomodamiento de poder global, la diplomacia occidental seguirá llegando tarde y el desgaste seguirá siendo, como hasta ahora, la única variable constante.