“Sí, fue así. Yo nací y crecí viendo básquet, rompiendo portarretratos en casa con pelotas de básquet, jugando con las figuritas, viendo videos de básquet y siguiendo a mi padre a todos lados. Me acuerdo de estar todo el día con la pelota, primero en Echagüe, luego en Santa Paula y Ferro, ya fuera en el playón o en el estadio, cuando terminaba el entrenamiento. Iba de un lado a otro, picando la pelota y lanzando en los aros chicos y grandes. Recuerdo que me iba a tirar con jugadores, como Charles Parker y el Pipi Vesco, en Echagüe. O con el Pitu Rivero en Gálvez”, recuerda.
Luciano todavía tiene muy frescos los recuerdos emocionantes de aquella infancia tan especial. “Me acuerdo de muchas cosas de cuando mi viejo era jugador, sobre todo de cuando estuvo en Ferro. Vivíamos en Buenos Aires, yo iba al jardín del club. Cuando me buscaba, había como un túnel que te llevaba al Etchart y yo entraba… También me metía en la utilería y el utilero me daba un jugo exprimido para que no entrara a la cancha a hacer quilombo porque estaban entrenando y había que hacer silencio. Me retenían ahí hasta que era mi momento y me metía a jugar. Me desesperaba”, rememora.
de cecco
El padre de De Cecco era un pibe en el Obras que salió campeón del mundo en 1983.
De chico era tal el fanatismo que en su habitación tenía pegados varios posters en las paredes (de Jordan, Shaquille O’Neal, Kareem Abdul-Jabbar y Magic Johnson, por ejemplo) y, como comenta su padre, “en la tele se la pasaba viendo partidos. Yo grababa y guardábamos los VHS. Todavía hoy los tengo, algunos pasados a DVD, en mi oficina. Luciano estaba fascinado con la NBA”. Shaq era uno de sus ídolos y, cuando Ricardo viajó a Orlando, le trajo varios artículos de Orlando Magic, donde jugaba el pivote que había irrumpido como una estrella de la NBA a mediados de los 90. Eso fue el sueño del pibe. “Sí, era muy fan de Shaq. Mi viejo me trajo su camiseta del Magic, también los pantalones y las zapatillas, que lamentablemente me duraron poco porque estaba en pleno crecimiento. Pero además tenía todo de él, posters, la película, de todo”, precisa.
Luciano sigue siendo fan de la NBA aunque también ha quedado atrapado por el básquet europeo, en especial la Euroliga, la Champions del básquet. “Es muy fan de LeBron James. Todavía no entiendo cómo hace para estar tan a tope a su edad. Me gustan muchos jugadores, pero no tanto los Curry, Lillard o Harden, que tiran 700 triples por partido. Disfruto más ver a (Luka) Doncic, por ejemplo. Y también miro y me encanta la Euroliga. Hay más juego, en cambio en la NBA el que la agarra la tira. Y me parece que estoy jugando a la Play y no mirando un partido”, comenta quien estuvo en el equipo ideal del vóley en Tokio 2020 y hace algunos meses se tomó un tiempo y pegó la vuelta momentáneamente al país para fichar en Ferro, a los 35 años.
Pero lo más interesante, además de su pasión por la naranja, es la historia de amor y desamor que tuvo, sobre todo cuando quiso ser basquetbolista profesional. “Si a los 14 me preguntabas qué quería ser cuando sea grande, decía jugador de básquet. Ni se me pasaba por la cabeza ser jugador de vóley. Yo soñaba con la NBA”, aclara. Fundamentos para la ilusión tenía. Jugó en selecciones provinciales santafesinas y, a los 15 años, fue reclutado por Ben Hur de Rafaela, mientras era un gran animador de la Liga Nacional –fue campeón en 2005 con Julio Lamas como DT y Leo Gutiérrez como su gran estrella-. “Esto se dio luego de aquella recordada inundación de Santa Fe, en 2003. Como la gente que perdió sus casas bajo el agua terminó en los clubes y escuelas, los equipos perdieron su lugar de entrenamiento y a Luciano le salió esta chance. Estaba Facundo Müller en Ben Hur, que reclutaba mucho y él se fue, ilusionado. Debutó en la liga local pero empezó a extrañar bastante y a los nueve meses quiso volverse. Tal vez en el club no tuvo la contención necesaria… Se produjeron algunos episodios de querer volverse y al final un día me llamó, con bolsos en la vereda, y lo fui a buscar”, detalla Ricardo.
“Lo recuerdo bien a Luciano. Jugaba ambas posiciones, de base y de escolta. Era alto para esos puestos y sus virtudes eran el tiro de tres puntos, la inteligencia, la visión del juego y el pase, que habitualmente los veía un segundo antes. Lo reclutamos en Ben Hur, junto a otros jugadores, estuvo un tiempo y le costó adaptarse. Era muy chico, tenía 14 ó 15 años. Extrañaba su familia y decidió regresar a su casa en Santa Fe”, precisa Facundo Müller, quien apareció en la escena nacional siendo asistente de Julio Lamas y ahora lleva años dirigiendo en Japón (en el Veltex Shizuoka).
“No me pude acostumbrar a Ben Hur. Desgraciadamente, hubo una inundación muy grosa en Santa Fe y me volví a casa. No fue la mejor decisión en ese momento… O, al menos, con la cabeza que tengo hoy no lo habría hecho, me hubiese quedado y habría intentado sobreponerme a la adversidad de extrañar a mi familia y todo lo que significaba ser reclutado por un club que en ese momento era el boom en la Liga Nacional”, explica de primera mano. Para colmo de males, cuando regresó a Santa Fe y a Gimnasia de Santa Fe, el club de sus orígenes, surgieron problemas con su pase. Ben Hur lo trabó durante seis meses, “tal vez pensando que Luciano podía rever su decisión y regresar”, y Luciano se cansó de esperar.
Fue cuando el vóley le abrió definitivamente sus puertas. No importó que le dijeran que “era un deporte de mujeres” o que él sintiera que era menos espectacular y le gustaba menos que el básquet… Los amigos terminaron de convencerlo y el empujón final fue una convocatoria a una selección provincial de vóley. Luego llegó el reclutamiento de Bolívar, el club de Marcelo Tinelli que generaba una revolución a nivel local. Luciano quedó en el Proyecto Talentos y tomó la decisión de dedicarse de lleno al otro deporte.
”Decidí agarrar el otro tren, tratando de no cometer los mismos errores que con el básquet, sobre todo desde el punto de vista de superar las dificultades. Pero, claro, me quedó la espina de no saber qué habría pasado si me hubiera quedado en Ben Hur y hasta dónde habría llegado”, admite quien hasta hace poco fue una de las figuras de la Lube Civitanova, equipo top de la SuperLega de Italia, la NBA del vóley. “Con certeza no sé decirte hasta dónde podría haber llegado con el básquet.
Como jugador era un base inteligente, con una buena mano de tres puntos, que tomaba decisiones, que jugaba bien el pick and roll, aunque era medio vago defensivamente. Yo siempre le decía que en mi equipo nunca hubiese jugado (se ríe). Pero quizá a la Liga Nacional podría haber llegado. Es difícil decirlo hoy, pero hizo buena parte del proceso y la chance la habría tenido”, analiza Ricardo, quien mandó un video en el que se lo ve tirando muy bien de tres, corriendo la cancha y hasta tirando una faja…
Dejar un deporte y seguir con el otro no fue una decisión fácil para Luciano. Ni por su fanatismo por el básquet ni por lo que podría decir su padre. “Al principio no se animaba a decirme lo que había decidido. Junto a mi esposa, Graciela, maquinaron cómo lo iban a anunciar… Ella había jugado al vóley en Unión y recuerdo que ella me lo vino a decir. Fue una charla corta, no hubo discusión, sólo le pregunté si estaba convencido…”, recuerda Ricardo. El padre sentía que podía haberlo intentado algo más pero, como persona de bien que es, priorizó lo que sentía su hijo, no él.
Justamente hay una anécdota con Rubén Magnano, el mítico DT argentino que ayudó a construir a la famosa Generación Dorada, que pinta la humanidad de Ricardo pero, además, el talento que tenía Luciano. “Yo estaba en un curso de entrenadores en Buenos Aires y me lo crucé a Rubén, quien ya era el entrenador campeón olímpico… Me dijo quería hablar conmigo sobre Luciano, me preguntó que había pasado que no se había presentado a la preselección, creo que U15, a la que había sido convocado. Entonces yo le conté lo que había pasado”, recuerda.
-¿Vos qué le dijiste cuándo te dijo que dejaría el básquet y seguiría con el vóley?
-Que hiciera lo que sintiera, lo que lo hiciera feliz.
-Te felicito, Ricardo. Hiciste muy bien.
“Sí, fue así. Parece que Magnano quería citarme a una preselección o algo así y papá le dijo que me había ido a otro deporte…. Y es verdad que mi viejo me dijo varias veces que hiciera lo que me hiciera feliz. Recuerdo que me lo dijo la primera vez que me subí a un colectivo para ir a jugar al vóley”, admite el hijo, quien cuenta cómo se bancó en silencio haber perdido a su hijo-basquetbolista. “Después le pesó un poco, porque muchos de sus amigos más cercanos todavía lo joden con que me fui a jugar al vóley. Pero bueno, a con estos resultados que he conseguido, mi viejo puede decirles ‘bueno, tenía razón el pibe’”, tira entre risas. Y así as. “Tan mal no le fue, porque él estaba convencido y lo ha hecho muy bien”, deja claro Ricardo, orgulloso del camino de Luciano en el vóley
Pero, claro, la profesión es una cosa y el amor, otro. “Cuando hay un partido de básquet y otro de vóley, y ambos me interesan, trato de ver los dos en simultáneo. Pero cuando el de básquet me interesa más, miro ese, sin dudas. He aprendido a disfrutar de lo que es el deporte de mi vida y lo que es mi pasión, tratando de no confundirme respecto de dónde vengo y qué es lo que hago. El vóley me gusta, he aprendido a consumirlo. Pero por el básquet me levanto a las 4 de mañana para ver un partido, algo que no haría por el vóley. Me pasó con el Mundial de básquet en China. Yo estaba en Santa Fe y me levantaba, con mi viejo, desayunábamos y mirábamos los partidos. Y ahora fíjate que lo mismo pasó en estos Juegos con muchos argentinos, que se levantaron temprano para ver a mi Selección, algo que yo por el vóley todavía no lo he hecho”, compara.
Tampoco es casualidad que tenga una amistad con tres jugadores del seleccionado, como Facu Campazzo, Nico Laprovittola y Patricio Garino, con quienes ha compartido varios momentos en Juegos Olímpicos y Panamericanos. Con ellos se conecta, incluso durante sus temporadas europeas, a charlar o jugar en línea al NBA2K o algún otro juego. “En Tokio compartimos cafés, charlas, de todo un poco...”, apunta. Toda su vida está relacionada al básquet. Sigue la Liga Nacional a la distancia, sobre todo a Unión SF y cada vez que puede se calza algunas de sus pares de zapas para ir a lanzar al aro en alguna cancha.
“No me pregunten por qué me pasé al vóley porque no me acuerdo con certeza. Tendría que haberme quedado... Es un deporte que me gusta, que sigo mucho y me encanta jugar. Si tengo una cancha de vóley y una de básquet me la paso más tirando que otra cosa. Y lo mismo me pasa cuando hay dos partidos en la tele…”, repite.
-¿Y qué significa el básquet en tu vida, Luciano?
-Mucho. Siento que el básquet me dio un medio de querer ser alguien más allá de que al final no me haya dedicado. También me dio el placer de jugarlo, de competir y el compromiso de un deporte que siempre me ha enseñado algo.