“¿Realmente crees que puedo hacerlo bien allá? ¿No soy demasiado joven para ser tu asistente en Puerto Rico? Estoy dispuesto a dejarlo todo. Mis días son estudiar abogacía, trabajar en Tribunales, entrenar en divisiones inferiores del club y estar con mi novia. Pero soy valiente: estoy dispuesto a apostarlo todo por seguirte, por seguir este sueño”. Néstor tenía 23 años recién cumplidos cuando le escribió, de puño y letra, a Julio Toro, por ese entonces ya una eminencia en la dirección técnica boricua. Su padre lo había conocido cuando este ex veterano de guerra (estuvo en Vietnam) dirigió a Olimpo de Bahía Blanca, el club de los García, a comienzos de los 80 y un día, al ver la pasión de su hijo por la dirección técnica, papá Carlos lo aconsejó. “Escribile a Julio, para que sepa y sacate las dudas”. Así, con cartas que tardaban un mes en llegar hasta la hermosa isla boricua, empezó la increíble carrera que hoy escribe otra página gloriosa como coach.
El 3 de marzo, apenas dos meses después de quedar cautivado por la oferta de Toro de sumarse a su cuerpo técnico, García respondió con un cautivante sí. “Con tu carta siento que fue mi padre el que se dio cuenta que amo ser entrenador. No nos da ni para sacar el pasaje, pero papá ha cumplido su promesa y vendió su auto para que yo pueda ir. Acepto. Voy para allá. Me lanzo. Renuncio a todo por este sueño. Por aprender básquet, por convertirlo en mi vida. Voy hacia allá dispuesto a entregarme, sin dejarme nada dentro”. Las frases aún cautivan y emocionan. Y reflejan la convicción y pasión que aún conviven en el Che. Así lo apodaron (fue el hijo de Flor Meléndez, otro entrenador mítico) en Puerto Rico, porque allí “un poco a todos los argentinos nos consideran el Che Guevara”, explica.
El Che fue siempre precoz en lo suyo. En su segundo año en Puerto Rico le pasó algo insólito: su equipo contrató a uno de los entrenadores NBA que llegaban a la isla durante el receso estadounidense, Paul Westhead, campeón con los Lakers de Magic Johnson. Pero como el coach pidió una semana para sumarse, a García le tocó dirigir unos partidos. Con 25 años, con menos edad que muchos de los jugadores, algunos consagrados, como Ramón Rivas. El equipo ganó el primer partido, al puntero y de visitante. Ganó otro, y otro y otro. Al quinto, el dueño le informó que Westhead ya no vendría... “Fue mi gran oportunidad, a veces pienso que lo decidió Dios”, recuerda.
En 1990 tuvo un llamado que no pudo resistir: de la Argentina, de su ciudad... Y así pegó la vuelta para revolucionar el juego de la Liga Nacional, primero con Estudiantes de Bahía Blanca (90-92, fue subcampeón) y luego al frente de Peñarol de MdP (92-97, campeón en 1994). También dirigió a Boca (97-99) siendo, a los 32 años, el primer técnico en alcanzar tres finales con tres equipos diferentes. En esa época ya era un personaje cautivante, distinto a todos. Tanto que, cuando supo que dejaría Estudiantes, se apareció en el negocio del principal directivo de Peñarol, con un recorte de diario que tenía las posiciones históricas de la Liga, donde Atenas figuraba en lo más alto y Peñarol estaba bien abajo. “¿Vos querés estar arriba? Entonces contrátame a mí”, le dijo.
Luego de recibirse de ídolo en Mar del Plata, una voz interior le indicó que un ciclo estaba cumplido en el país, que era la hora de emprender un periplo que, con el tiempo, sería mundial. Cada tanto volvió (a Boca, Libertad y Argentino, por ejemplo), pero su espíritu viajero, la búsqueda de desafíos y nuevos lugares pudieron más. “De a poco empecé a sentirme un nómade y desde siempre estuve con la valija preparada para partir”, admite. Puerto Rico, Venezuela, Uruguay, México, Brasil, España y hasta Arabia Saudita. Ocho países distintos contando Argentina. Siempre dejando su huella. Un aventurero que siempre supo adaptarse a nuevas culturas, entenderlas y cautivar con un carisma único. “Néstor es un seductor”, aseguran quienes han sido dirigidos por él. Siempre fue capaz de crear vínculos muy estrechos con jugadores y la gente que rodea a los planteles. Por eso ha sido amado en prácticamente todos los lugares que frecuentó.
Lo más loco le pasó en Arabia, cuando dirigió Al-Ahli en 2004.”Allí descubrí otro mundo. Al quinto día, en el entrenamiento, los jugadores sacaron la alfombra y se pusieron a rezar en dirección a la Meca. Lo primero que pensé es que lo hacían para que me fuera, porque los estaba matando en los entrenamientos. Pero luego volvió a pasar en un partido. Ganábamos por 8 a dos minutos para el final y, en un instante, todo se paró porque era el momento del rezo. Se fueron los equipos y hasta el público... Para mí significó un choque cultural, pero lo entendí y acepté. Y eso me dio una lección que no olvidaré”, recordó. La lección llegó cuando García sufrió un grave accidente con una moto de agua. El Che se rompió la primera lumbar y por milímetros no se cortó la espina dorsal. “Cuando desperté en la cama del hospital escuchaba murmullos. Eran los hinchas, estaban todos rezando en la habitación, en los pasillos… Pero eso no quedó ahí. En mi recuperación me bañaban, me daban de comer… Me convertí en su familia”, contó, emocionado. Su último paso a nivel de clubes por Argentina, tras muchos años, fue uno corto por San Lorenzo, donde ganó un Súper 4, en 2020.
Su impacto más grande, igual, fue con los seleccionados. Arrancó con el de Uruguay, siendo el primer DT extranjero que se hizo cargo de la selección celeste. Tuvo su impacto, generando un recambio generacional y logrando un par de grandes resultados. Así fue luego, con su impronta, se hizo cargo de cuatro más, siendo el DT que más selecciones ha dirigido (hay que sumar la Argentina, en torneos puntuales, tras ser asistente de Hernández en la principal). Nada se compara igual con lo que vivió y les hizo vivir a los venezolanos. “Venezuela me cambió la carrera, me cambió la vida”, le admitió a Toro en otra de las cartas publicadas por el periodista Daniel Barranquero que el Che, casi como ritual y cábala, le siguió escribiendo al veterano DT desde cada lugar del mundo.
Lo más difícil cuando se toma un equipo de otro país es cómo cambiar costumbres, rutinas, tradiciones, estilos y características que llevan décadas instaladas, sobre todo cuando uno cree que es esencial para poder ganar a nivel internacional. “A Venezuela llegué planteando cosas diferentes para crecer. Necesitábamos competir contra los mejores para entender cómo se juega a ese nivel. La meta fue aprender a explotar el talento venezolano, compensando los déficits de altura y técnica. Siempre me gustó su juego alegre, rápido, pero para correr hay que defender muchísimo, tener compromiso atrás y cambiar la mentalidad para sumar desde lo colectivo porque nada ni nadie es más importante que el equipo”, reza el Che como un mandamiento.
La casi clasificación al Mundial 2014 fue un aviso de que la Vinotinto estaba lista para el zarpazo. Poco después, la conquista del Sudamericano, tras vencer a Brasil en semi y la Argentina en la final, los llenó de confianza. Néstor se acordó de Julio en los festejos cuando los periodistas le recordaron que el otro gran precedente era la clasificación a los Juegos Olímpicos 1992, con Toro como entrenador vinotinto. Todo estaba unido. Pero, claro, todavía faltaba lo mejor, en el Preolímpico de México, un año después. Venezuela se ganó el respeto mundial al eliminar a Canadá (con sus NBA) en semi y nuevamente a la Argentina, en una definición consagratoria. El Che, fiel a su estilo, recuerda cómo motivó a sus jugadores. “La previa la preparé con el documental 30x30 de ESPN sobre la Generación Dorada argentina para que entendieran lo que tendrían enfrente. Los rivales y la oportunidad”, recuerda. Sus muchachos lo hicieron, ganando el primer título de este nivel para un equipo venezolano. Entre lágrimas, Néstor se lo dedicó a Julio. “Fue el momento más feliz de mi carrera”, rememora, sin dudar.
Pero, claro, García vive de desafíos. Y al tiempo fue a buscar otro a España, a la segunda liga más importante del mundo después de la NBA. Con un equipo chico, aunque con historia, como el Fuenlabrada. Y en la ACB sorprendió a todos, con el equipo siendo protagonista, ganándole a los poderosos y metiéndose en la Copa del Rey. Allí, cuando lo consultaron de la clave de la gran temporada, dio una pista de lo que es su estilo. “Tengo jugadores de 11 nacionalidades diferentes. Hay que meterse dentro de ellos, preguntarles cómo están, saber de sus familias y necesidades. Antes que jugadores, son personas”, contó. Así es su relación, estrecha, emotiva, casi de amistad, aunque cuando hay que poner los límites, lo hace. Es cercano al jugador pero no pierde de vista que los DT deben tomar decisiones difíciles. Lo hace por convencimiento, con fundamentos, no de forma dictatorial.
-No, estoy bien, déjame en la cancha…
-No, no te voy a sacar dos minutos, yo conozco el juego FIBA.
Hace un par de días, durante un tiempo muerto ante Italia, Anthony Towns le dijo que no quería salir, pese a que tenía dos foules. Pero García se impuso. Le dijo claramente que iba a a poner a Eloy Vargas durante dos minutos para evitar que cometiera otra falta que lo dejara complicado por el resto del partido. El bahiense es así. Un DT jugadorista que no tiene problemas en imponerse, incluso por sobre los de más nombre y cartel, en este caso la figura de Minnesota Wolves que decidió, después de 10 años, volver a su seleccionado. Así ha pasado una y otra vez.
En España le fue muy bien con el Fuenlabrada en la ACB, la mejor liga de Europa. Querían que se quedara en 2019. Pero, lejos de quedarse en la comodidad, no renovó y acudió al llamado de Dominicana para dirigir el pasado Mundial. “¿Por qué? Un poco me guié por sensaciones. Siempre me interesaron las formas para convencer y entrar en la cabeza de distintos jugadores de diferentes nacionalidades. Por eso tomé el nuevo desafío. Así soy yo”, explicó. Así fue que asistió al Mundial sin Al Horford, Anthony Towns y Angel Delgado, los tres NBA que decidieron bajarse de este Mundial. Con un conjunto de jugadores “normales” y apenas cuatro meses de preparación, el Che metió al seleccionado por primera vez dentro de los 16 mejores del Mundial. Fue segundo en su zona, ahora ya fue primero. Un nuevo salto de calidad en su carrera.
“Es un orgullo que ellos crean en lo que uno propone y que sepan que uno está en todos los detalles para que ellos sean mejores”, opina. Motivador, y seductor, asegura que tiene dos personalidades en su ser. “Me di cuenta que en mí conviven Néstor y el Che. En cancha soy pasional y temperamental. Afuera, nada me pone nervioso. Una vez comprobé que tenía las mismas pulsaciones tras una siesta que un minuto antes de empezar uno. Con la pelota al aire, soy otro, me transformo. Esta profesión es una montaña rusa de emociones que es imposible de entender sin pasión. Me entrego porque lo siento, soy de entregarme a la gente que me contrata, aunque la relación solo dure meses. En la cancha no tengo nada que ver con lo que soy en mi vida. Tengo sensaciones que solo me da un juego y el día que no las tenga, no dirigiré más”, explicó en otras de las históricas cartas. Por ahora las tiene y en Latinoamérica, ya un prócer, disfrutan de este personaje cautivante que vive para los nuevos y más grandes desafíos.
De García se dijeron sus cosas, que durante muchos años “vivía” de noche, que los excesos, que no era un profesional… Néstor respondía en la cancha y, en general, evitaba las respuestas. “¿La joda? Sí, no es la primera vez que lo escucho. Salir, salía. Sí, como ustedes con sus amigos. Tenía 25, 30 años… Nunca dejé que el rol de entrenador estuviera por encima de mi vida. Viví y cumplí con mi trabajo. Siempre”, respondió hace tiempo, una de las pocas que se puso serio. Ahora, cuando esos fantasmas volvieron a aparecer, en Mar del Plata, hizo silencio, mientras audios, videos y rumores se viralizaban por las redes sociales. El, como siempre, decidió hablar en la cancha, su lugar en el mundo, donde demuestra que realmente es un entrenador especial, distinto. “Está claro por qué existe el refrán de que nadie es profeta en su tierra”, repiten muchos argentinos…