Un joven identificado como Julián implementó un sistema para cobrar una tarifa fija por cada entrevista laboral a la que es convocado. El mecanismo, que establece un costo base de $20.000 (más viáticos y costos de gestión), surgió como una respuesta al desgaste y el tiempo invertido en procesos de selección con alto índice de rechazo.
La metodología fue revelada cuando una reclutadora lo contactó por una vacante. Tras confirmar la inusual cláusula de cobro en su currículum, la empresa aceptó la condición. La tarifa base de $20.000 aplicó para las reuniones presenciales, mientras que las entrevistas virtuales se cobraron a una tarifa reducida de $10.000, bajo el argumento de respetar la dedicación de su tiempo profesional.
El proceso de selección avanzó a lo largo de tres instancias: una reunión virtual y dos presenciales. Para la segunda entrevista, el candidato calculó un monto de $32.000, incluyendo el valor base más los kilómetros recorridos y viáticos. La disposición de la compañía a aceptar estos términos evidenció la valoración de su "perfil comercial", según el análisis del propio postulante.
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A pesar de no resultar seleccionado al término de la tercera instancia de evaluación, la compañía honró el acuerdo económico. La empresa solicitó el CBU de Julián para liquidar el monto correspondiente a su participación en el proceso.
La transferencia final ascendió a un total de $74.000 por el conjunto de las tres entrevistas realizadas. El candidato explicó que su estrategia se enfoca en puestos de ventas, donde su inusual actitud de cobro es interpretada por los reclutadores como un rasgo de audacia y habilidad comercial.