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Quién era Celso Arrastía, el asesino en serie que causó terror en Mar del Plata

Durante un tiempo, la ciudad convivió con una amenaza silenciosa que parecía no dejar rastros claros y que mantenía en vilo a toda la comunidad.

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  • La historia criminal argentina tiene episodios que, con el paso del tiempo, siguen despertando asombro, inquietud y preguntas sin respuestas sencillas. En Mar del Plata, una de las ciudades más emblemáticas del país, hubo un caso que durante años alimentó rumores, temor y una sensación de inseguridad difícil de explicar.

    El nombre de Celso Arrastía quedó ligado para siempre a una etapa oscura que marcó a la ciudad y que todavía hoy genera interés entre investigadores, periodistas y lectores. Apodado por la prensa como “el asesino de las sombras”, su figura se fue construyendo entre versiones, hipótesis y un clima de misterio que creció con cada nuevo episodio. Lo que más desconcertaba no era solo la sucesión de hechos, sino la manera en que ocurrían y la dificultad para anticiparlos.

    Cuál es la increíble historia de Celso Arrastía, conocido como el asesino de las sombras

    Celso Luis Arrastía quedó asociado para siempre a uno de los capítulos más oscuros y perturbadores de la historia criminal de Mar del Plata. No hay homenajes ni recordatorios públicos, pero su nombre sigue circulando en relatos y expedientes como el de un criminal que actuó en silencio, casi sin dejar huellas.

    Durante un verano marcado por el miedo, se convirtió en una presencia invisible que elegía a sus víctimas en espacios marginales (hoteles de paso, calles poco iluminadas, ámbitos nocturnos) y las atraía con engaños hacia un destino trágico. Electricista de profesión y de apariencia absolutamente común, se camuflaba con facilidad: podía hacerse pasar por policía, cliente o alguien de confianza. Su mayor arma no era la fuerza, sino la capacidad de convencer.

    El primer caso que rompió la calma ocurrió en octubre de 1987. Un adolescente apareció herido de bala en una ruta, después de haber sido interceptado junto a su novia, Ana María Palomino, de 16 años, por un hombre que simuló ser autoridad. Los separó, el chico logró sobrevivir, pero la joven fue hallada horas más tarde en la zona de Barranca de los Lobos: estaba semidesnuda, había sido abusada y estrangulada con su propia ropa interior. En ese momento, el crimen fue tomado como un hecho aislado. Sin embargo, con el paso de los meses, comenzaron a aparecer otros cuerpos y el patrón se repitió.

    Entre las víctimas estuvieron Margarita López, de 19 años, encontrada en un hotel céntrico; Nélida Quintana, de 53, en un alojamiento cercano a la terminal; y otra mujer en el barrio La Perla. Todas compartían el mismo escenario y el mismo final: abuso, estrangulamiento y abandono en hoteles de tránsito.

    Arrastía actuaba con frialdad y método, construyendo una falsa sensación de seguridad para dominar a sus víctimas. No buscaba robar ni saldar cuentas: su objetivo era ejercer un control total.

    Recién en abril de 1988, una mujer que logró escapar de un ataque en un albergue transitorio pudo denunciarlo y aportar datos clave. Así se cerró el círculo sobre él. Años después, tras cumplir su condena, recuperó la libertad y volvió a perderse en el anonimato, como si su historia quedara flotando en una zona gris de la memoria colectiva.

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