Históricamente se habló de “la” familia y se construyó un modelo que se impuso como el ideal, el deseado y es de la pareja heterosexual con al menos dos hijxs. Si son “parejita”, nene y nena, cartón lleno. Si hay dos nenas, ¿no van a buscar el varón?
¿Podemos seguir hablando de "familia tradicional"?
Las nuevas generaciones cuestionan cada vez con más fuerza a la familia tradicional. ¿Por qué es obligatorio que nos llevemos bien, que nos vinculemos o que tengamos los mismos valores que nuestra familia biológica? ¿Pueden otras personas convertirse en la "familia elegida"?
Es decir, un modelo marcado por las normas de género binarias (femenino/masculino), el mandato de ser madres o padres -cueste lo que cueste-, del matrimonio hasta que las muerte nos separe, del trabajo no remunerado en el hogar, a cargo de la mujer, y un largo etcétera. Todo lo que se salia de la norma: el divorcio, las parejas no cis o no heterosexuales, o quienes maternan o paternan sin estar en pareja representaban un gran riesgo para la sociedad, algo que todavía hoy se escucha en algunos discursos. Pero no hay ni nunca hubo un solo tipo de familia.
En nuestro país, se considera familia a cualquier grupo de personas que estén unidas por relaciones de filiación o de pareja que se reconozcan como tal y se establece que quienes la integran tienen derechos y obligaciones familiares.
Antes se ocultaban las familias con composiciones y tamaños diferentes del modelo “deseado”. Pero hoy y siempre existieron familias monoparentales (integradas por personas viudas o unx solx progenitorx), ensambladas (con vínculos procedentes de otras uniones), homoparentales (uniones entre personas del mismo género), entre otras. Hoy la ley se supone que debería proteger a todas las familias por igual y les reconoce derechos y obligaciones a sus integrantes, algo que antes no era así necesariamente.
Si bien las familias pueden ser lugares de amor y cuidado también son, con demasiada frecuencia, espacios donde se vulneran los derechos de mujeres, niñxs y adolescentes. Los datos de Naciones Unidas indican que cada año alrededor del 20% de las mujeres de todo el mundo declara haber sido objeto de violencia física o sexual a manos de su pareja. Según el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora que sí nos ven”, en el 2021 el 39,5% de los femicidios cometidos en Argentina fueron a manos de parejas de esas mujeres, el 27% por exparejas y el 11,3% por un familiar. El año pasado 121 niñxs perdieron a sus madres por femicidio, en muchos de esos casos en manos de sus propios padres y siendo testigos de las agresiones.
¿Pero por qué es obligatorio que nos llevemos bien, que nos vinculemos o que tengamos los mismos valores que nuestra familia biológica? ¿No pueden otras personas convertirse en nuestro refugio y contención, volverse la “familia elegida”? ¿Podemos pensar a nuestras amistades como familia? Estas son preguntas que cada vez aparecen con más fuerza en las nuevas generaciones.
El protagonismo, la presencia y la permanencia de nuestros vínculos depende de cada persona. Pero lo que está es claro, es que es necesario repensar el rol de la familia tradicional a la hora de vincularnos, de realizar tareas cotidianas, tareas de cuidados, y a veces incluso para concebir o mapaternar, sin que implique una relación de pareja, lo que hoy en día se ve cada vez más gracias a las técnicas de reproducción asistida, alquileres de vientre, adopciones, entre otras prácticas.
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